Simone Mareuil, la protagonista de ‘Un perro andaluz’ que acabó con su vida quemándose a lo bonzo

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“Mamona”, llamó Luis Buñuel a Simone Mareuil en una carta dirigida al escritor Pepín Bello. El director eligió esa palabra por la escena de Un perro andaluz en la que Pierre Batcheff le manosea los pechos a su compañera de reparto. De ella también dijo el cineasta que tenía “un cuerpecito excitante” y que daba ante la cámara “bastante bien”. Son descripciones que recoge Ian Gibson en Luis Buñuel: la forja de un cineasta universal y son casi las únicas que hizo el de Calanda sobre la mujer que protagonizó su primera película y una de las escenas más icónicas de la Historia del cine: la del ojo rajado. Es una de las tomas y de las cintas más comentadas, analizadas e incluso psicoanalizadas y sin embargo, su protagonista apenas aparece citada, comentada o biografiada. Simone Mareuil no figura nunca, por ejemplo, entre “las musas de Buñuel”, como sí lo hacen en estudios, congresos o reportajes Jeanne Moreau, Silvia Pinal o Catherine Deneuve a pesar de que podía cumplir, como las anteriores, con el concepto que el escritor alemán Wilhelm Jensen bautizó en el siglo XIX con el nombre de Gradiva.

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Un viaje a París y una medalla de Tiffany: así consoló EEUU a las mujeres que perdieron a sus hijos en la Primera Guerra Mundial

Sobre una medalla de bronce de 37 milímetros, una estrella de oro de 18 quilates separa a la Estatua de la Libertad de la Torre Eiffel. Una cinta tricolor –roja, blanca, azul– de 33 centímetros de longitud permite colgarla del cuello. Para obtener esa medalla solo era necesario un requisito: haber perdido un hijo en la Gran Guerra. La pieza es obra de Tiffany & Co, que entre los años 1930 y 1931 hizo 3.653 copias de una placa que fabricó del mismo modo que hace sus joyas: como si fueran únicas. Pero ese colgante recogía un momento aún más solemne que una pedida de mano o un aniversario: era el souvenir que el gobierno estadounidense entregó a las madres que fueron de Nueva York a París para visitar las tumbas de sus hijos caídos en Europa. No era un viaje cualquiera, era una peregrinación. Y conseguirla había costado más de diez años de lucha.

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Asquerosa, el pueblo en el que Federico García Lorca vivió y creó a Bernarda Alba

Una cortina de yute. Eso es lo primero que se ve y se lee en La casa de Bernarda Alba. Ni a la señora de negro, ni a las hijas destruidas, ni a las criadas. Una cortina de yute, no una sábana ligera, ni un adorno de ganchillo blanco, crudo o hueso sobre la mesa camilla ni una cortinilla gruesa, quizás de esparto, cáñamo o lino, de las que evitan que se cuelen bocanadas de calor o los mosquitos. Una cortina de yute, textura exótica que Federico García Lorca coronó de “madroños y volantes” para darle un aire andaluz que viene a confirmar que nada de lo que intuyó fue solamente local. Tampoco Asquerosa, el pueblo en el que se inspiró para contar esa historia y donde vivió de chiquito. Allí compró su padre, con el dinero heredado tras quedar viudo de su primera esposa, el cortijo de Daimuz y una casita en el centro, a la que se mudó desde Fuente Vaqueros con su segunda mujer, Vicenta Lorca, cuando Federico tenía alrededor de ocho años.

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Lo que deberíamos preguntarnos sobre que Greta Thunberg se embarque rumbo a Nueva York con Pierre Casiraghi

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El verano ha traído dos noticias distintas pero ligadas entre sí. Una es el anuncio de que Greta Thunberg viajará a la Cumbre sobre la Acción Climática de la ONU que se celebra el 23 de septiembre en Nueva York a bordo de un velero capitaneado por Pierre Casiraghi. La otra es el estreno de un corto de animación basado en la vida de Iqbar Masih, un niño que trabajó como esclavo en una fábrica de alfombras en los años 90. Lo primero sucede en el siglo XXI y va de Suecia a Estados Unidos; lo segundo ocurrió en el XX en Paquistán y lo recuerda hoy la ganadora de dos Oscar por sus cortos documentales, Sharmeen Obaid Chinoy. ¿Qué tienen en común ambas historias? Un menor de edad convertido en símbolo de una causa que excede su capacidad y su responsabilidad.

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