Antonio ‘El Bailarín’, el genio que empezó bailando por una caja de bombones

El apodo con el que Antonio se convirtió en una estrella fue fruto del desprecio de su padre. “El bailarín”, le decía Paco Ruiz a su hijo despectivamente cada vez que lo veía taconear o volver de la academia de Realito. Su madre, Lola Soler, echaba horas fregando suelos para abonar las tres pesetas semanales que costaban aquellas lecciones. Para ayudarla, Antonio bailaba por las calles con un músico callejero, Juan El organillero, pues Lola no siempre contaba con el apoyo de un cabeza de familia alcohólico y ausente. Así lo contó el artista en Memorias de un bailarín de España.

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Peret, un Elvis gitano al que Alain Delon intentó seducir

“Nos vamos a divertir”, dice el protagonista de Peret, yo soy la rumbanada más empezar la película. La cinta que firma Paloma Zapatay que se estrena hoy en los cines habla de cómo un gitano del barrio de Raval de Barcelona consiguió discos de oro en varios países, tradujo sus canciones a otros idiomas y se codeó con estrellas como Deborah Kerr u Orson Welles. Como artista, la estampa que da la cinta es la de un joven que no es feliz vendiendo telas con su padre, que tiene buena planta y mucha gracia, un enamorado de Elvis que, borracho de rock y de música negra, pone a funcionar su flow y le demuestra al mundo que la rumba no es pachanga.

El artículo completo en Vanity Fair.

 

Los últimos fichajes del PP son periodistas: ¿es una buena idea para los partidos?

Los casos de la Pasionaria, Benito Mussolini o Winston Churchilldemuestran que el camino que une las redacciones con los escaños es viejo, transitado y variopinto. Esa es la ruta que emprenden ahora Pablo Montesinos y Cayetana Álvarez de Toledo al unirse a las listas del PP. Porque si en las generales de 2016 Podemos fue el partido que más informadores sumó a sus listas con fichajes como los de Ángeles Caso o Rosa María Artal, en las que se celebrarán el 28 de abril es Pablo Casado quien, de momento, ha encontrado más aliados en este colectivo.

El artículo completo en Vanity Fair.

La aburrida vida de los colonos del Imperio Británico

Dickens inauguró el aburrimiento. El novelista empleó la palabra en inglés, boredom, en Casa desolada y en Tiempos difíciles, y a partir de ahí extendió su uso. Quien no la utilizó fue Rudyard Kipling en El hombre que pudo reinar, una de las novelas que según Jeffrey A. Auerbach romantizó el relato sobre las colonias y protectorados que Reino Unido gobernó hasta 1949. Así lo explica el historiador en Imperial Boredom, donde analiza el papel del tedio en la construcción del Imperio Británico.

El artículo completo en El País Semanal