La aburrida vida de los colonos del Imperio Británico

Dickens inauguró el aburrimiento. El novelista empleó la palabra en inglés, boredom, en Casa desolada y en Tiempos difíciles, y a partir de ahí extendió su uso. Quien no la utilizó fue Rudyard Kipling en El hombre que pudo reinar, una de las novelas que según Jeffrey A. Auerbach romantizó el relato sobre las colonias y protectorados que Reino Unido gobernó hasta 1949. Así lo explica el historiador en Imperial Boredom, donde analiza el papel del tedio en la construcción del Imperio Británico.

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Käthe Kollwitz: una piedad en primera persona del femenino singular

La Piedad de Miguel Ángel, la de Tiziano, la de Rubens o la de Fouquet. Y en esa lista de creadores destacados que un día se inspiraron en el dolor de una madre que pierde un vástago, solo una mujer: Käthe Kollwitz, la artista que talló en bronce su propio duelo. La escultora alemana no diseñó una progenitora joven e inmortal como la Virgen de Miguel Ángel, sino una anciana y derribada. Y el hijo, su hijo Peter, no yace sobre sus piernas sino entre ellas. Con ese autorretrato y esa ubicación, Kollwitz despoja su Piedad de toda religiosidad y ofrece un cuadro humano. Tanto, que el cuerpo femenino que agarra el cadáver, además del dolor por la muerte, expresa la impotencia por una menopausia que le impide reemplazar al difunto por un bebé para poner, de alguna forma, la vida en marcha de nuevo.

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La hermana de Primo Levi

Dos ganchos de escalada, tres clavos y un piolet fueron los regalos que Primo Levi recibió de Anna Maria al cumplir 19 años. De esa forma, la hermana pequeña animaba al mayor a que fortaleciera cuerpo y espíritu, pues como indica el biógrafo del escritor, Ian Thomson, el chico tenía de su padre Cesare “cierta tendencia a fanfarronear” pero no su dinamismo ni su don de gentes. Tampoco poseía el arrojo de su abuelo materno, el empresario textil Cesare Luzzati, que ayudó a desenterrar 84.000 cadáveres que dejó en Sicilia el terremoto de 1908.

El brío y la chispa los heredó Anna Maria, pues Primo fue un niño apocado al que una infección grave de las vías respiratorias volvió aún más introvertido. Durante el año que pasó en cama, recibió clases particulares de dos profesoras que lograron que hiciera dos cursos en uno. Pero lo que parecía un progreso se volvió un problema en el instituto: Primo era un niño delicado y enclenque al lado de sus compañeros, ya preadolescentes, el único judío entre gentiles. Se convirtió en la presa predilecta de los abusones, a quienes Anna Maria, más alta y más recia que su hermano, plantó cara alguna vez.

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Formiggini, un suicida en un país sin obituarios

En 2018 se han cumplido 80 años de la aprobación del Manifiesto Racial de Mussolini, el que arrebató la nacionalidad italiana a los judíos e inició su persecución. El mismo año de su entrada en vigor, el editor Angelo Fortunato Formiggini protestó por esas leyes tirándose de un campanario. Continuar leyendo “Formiggini, un suicida en un país sin obituarios”

Ferlosio y el periodismo

A Rafael Sánchez Ferlosio no lo enseñan en colegios, institutos, ni facultades. Lo pude comprobar en un viaje que hice siguiendo los rastros que quedan en España de un personaje tan bello como Alfanhuí, el niño de los ojos amarillos por el que conocí al autor cuando era cría. Luego leí El Jarama, pero nadie, ni maestra, ni catedrática, ni jefes de redacción me avisaron nunca de todo lo que podía ofrecerme, como lectora, ciudadana, ser pensante y periodista el autor de El testimonio de Yarfoz. 

El reencuentro sucedió sin buscarlo y con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, un libro que descubrí en 1996, cuando empecé la universidad, y gracias a mis amigos. Era un volumen que no se prestaba porque había que leerlo con calma y muchas veces; había que subrayarlo e íbamos a quererlo, pues vino a confirmarnos muchas cosas que cualquiera que no esté sordo y quiera oír barrunta en cuanto empieza la carrera de Periodismo.

Ese libro, que tuvo cierto eco porque ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1994, hizo que algunos nos enamoráramos de Ferlosio, de su manera de sentenciar a la vez mudable y tajante y de esa forma de ir contra todo que resulta tan refrescante ver en un adulto para alguien que aún está verde. Creo que muchos de los que después serían mis colegas se quedaron en ese punto, incluida yo durante un tiempo.

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