Dos mujeres y tres tiernos tigres

image_13884_3guitarras_152_8385770749641418300La fórmula de concierto doble en el Teatro Español no ha sido lo mejor de la Suma Flamenca 2014. Ya se había visto el funcionamiento el día que Diego Carrasco presentaba en Madrid su Hippytano y después le siguió El Mistela con su espectáculo Bailando la vida. Mucha gente vio al Tato y se marchó. Y aunque ambos estuvieron bien, no había hilo ni justificación para unir ambos espectáculos en el mismo escenario y la misma noche.

La historia se repitió el domingo 29 de junio, pues compartieron cartel el “EnCante a dos” de Montse Cortés con Yasmin Levy y “La cuarta dimensión”, un homenaje a Paco de Lucía que hicieron tres guitarristas electrizantes: Gerardo Núñez, Diego del Morao y Dani de Morón.

La primera parte contó con la garantía de dos voces hermosas, de dos mujeres emocionadas por compartir tarima y cantes, que se acompañaron de dos bailaores, Nino de los Reyes y Carlos Chamorro, para completar un cuadro que pretendía poner en comunicación la música sefardí con el flamenco. No es que el cuadro no funcionara, es que le falto cochura. Quizás era demasiado corto para que se entendiera bien, quizás le faltaran creaciones propias en lugar de tirar del repertorio para que el público creyera que estaba ante algo nuevo. El resultado fue, sin embargo, hermoso. Y el Gelem, Gelem que cantaron Montse y Yasmin al final bien valía ir a verlas.

Distintos argumentos, misma causa

Pero el plato fuerte fue el que prepararon los tres tiernos tigres que vinieron a homenajear a Paco de Lucía en el Teatro Español. Empezó Diego del Morao que arrancó lamentos de dos guitarristas que había entre el público  y que está que firma, tenía a su vera: “Qué mierdas somos”, le dijo uno a otro al oír tocar a Diego El pago de la serrana, una seguiriya vertiginosa de su disco Orate. Para homenajear a su padre, de quien también se acordó Núñez al final, Diego remató con unas bulerías tituladas Made in Moraíto con la que puso al público al borde del delirio y le dio paso al siguiente.

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La magia de un desencuentro

image__Diego50Agnos_111_744574631100155582¿Cuántos de los presentes habrían ido a ver a uno, a dos de ellos o a los tres? El Teatro Españolestaba a tope en la noche en que tres figuras del flamenco, ni jóvenes, ni guapos, ni mediáticos, se reunían en un espectáculo que llevaba el nombre de “50 años de cante”.  Los tres señores en cuestión no eran otros que Fernando de la Morena, Rancapino y José Menese. Salieron juntos al escenario y se marcaron tres tonás de distinto corte para después separarse y cantar cada uno sus cosas. No es que fuera una mala fórmula pero se echó de menos un poco de amasijo, algo calidez entre ellos.

Abrió Fernando de la Morena, que sacó sus muecas a pasear, ésas que explican en buena parte qué es el flamenco: balbuceo, llanto y desinhibición. Como si fuera un niño bebé, De la Morena cantó por soleá, fandangos y bulerías acompañado de Domingo Rubichi y aunque se emocionó por los olés y la pasión del público, no le faltó pulso para pedir una y otra vez que arreglaran el sonido. Merecerían capítulo aparte los problemas de este tipo que ha habido en el Teatro Español con todos los espectáculos de la Suma y del que se han quejado, en público o en privado, casi todos los artistas.

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Un creador desobediente

image__ArcangelEstruna_128_8426308747018476087Estruna, el espectáculo que presentó Arcángel el 24 de junio en la Suma Flamenca de Madrid y del que había dado más de cuatro pinceladas en La Noche Blanca del Flamenco de Córdoba dos días antes, quería ser un viaje de ida y vuelta por la cultura popular búlgara y el flamenco. Estruna, rezaba la presentación del show, “es el río en el que fluye el agua de dos tradiciones” y aunque hubo un delicioso coro de voces búlgaras y letras de aquélla y de esta tierra, lo que se vio en el escenario fue el proceso de maduración, en directo, de un ser humano.

Arcángel se dejó dirigir y cantó temas del folklore búlgaro pero donde se mostró enorme fue por fandangos y en una nana susurrada que demostró por donde iba a ir la cosa. Estas palabras de Félix Grande describen perfectamente lo que hizo el onubense:

 “… la actitud que conforma a un artista: el reconocimiento de lo alcanzado por sus antecesores –en ocasiones el deslumbramiento ante su obra- y la desobediencia, contra ellos si fuera necesario, y siempre contra el conformismo, ese pegamento que tiende a inmovilizar lo que hace al arte temporal y comunitario: el espíritu de aventura.”

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Ni común ni corriente

image__RocioMarquez_078_5104408851275348809Rocío Márquez estrenó “Por qué cantamos” en la Suma Flamenca, una propuesta  que musicó versos de Mario BenedettiErnesto Cardenal e incluso William Shakespeare, entre otros, para contestar a la pregunta que planteaba su espectáculo. Rocío apareció vestida de negro, algo nerviosa, con su aspecto pulcro y su voz límpida y aunque tuvo que pasar un rato hasta que su seso y su garganta tomaran calor, pronto fue evidente que esa noche la onubense iba a dar respuesta a más de un interrogante.

 

Rocío tiene un halo misterioso. Conoce y maneja tonos, ritmos, partituras, es estudiosa del flamenco y buena cantaora. Todo eso se vio desde el inicio: en la granaína invertida con la que empezó; en los tangos con los que homenajeó a Morente y le arrancó unos versos a Shakespeare e incluso en su versión de “La rosa” de Juan Ramón Jiménez. Lo hizo bien, sin ortopedias, pues consiguió que los poemas sonaran flamencos sin que nadie le robara protagonismo: ni poetas, ni poemas, ni la guitarra de Miguel Ángel Cortés, que es inmenso siempre y en todo lugar. Pero la pregunta seguía sin respuesta y su enigma sin desvelarse.

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