La brecha personal

“Para mí eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia”. Ese que leen ahí, enamorado, es Andre Gorz, discreto discípulo de Sartre, no solo en su repercusión teórica, también en su vida privada. La frase está en ‘Carta a D.’ (Ático de los libros, 2019), dirigida a Dorine, su esposa durante 58 años y escrita antes de suicidarse juntos en el 2007 por la enfermedad terminal de la mujer y el pavor insostenible de aquel hombre a vivir sin ella. Pionero de la ecología política y enemigo de la automoción, a la que culpó de la mutación caníbal del capitalismo, Gorz explica su primera noche de amor, en 1947, la primera de muchas que celebraron en una cama de 60 centímetros –cómo mengua la comodidad en amores, epidemias y posguerras– donde la pasión se volvió necesidad y luego, matrimonio. En la misiva, se arrepiente de haberle amputado a su obra las caricias, los bailes y la luz que Dorine inyectó a su pensamiento.

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Testosterona y golpes bajos

Rambo es ‘testosterónico‘. Y Sylvester Stallone, el actor que lo interpreta. También la sociedad que critica ‘Lo inevitable’, obra de la compañía Dunacatà. Y James Bond, Schwarzenegger o Hollywood entero. La palabra se ha empezado a usar aquí este 2019 y aún no está en el diccionario, pero en Estados Unidos se emplea desde hace dos décadas. Por ejemplo, en artículos que analizan la imagen de grupos como Led Zeppelin: mano al paquete, letras sexistas o las fans como medida de su capital erótico.

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