Käthe Kollwitz: una piedad en primera persona del femenino singular

La Piedad de Miguel Ángel, la de Tiziano, la de Rubens o la de Fouquet. Y en esa lista de creadores destacados que un día se inspiraron en el dolor de una madre que pierde un vástago, solo una mujer: Käthe Kollwitz, la artista que talló en bronce su propio duelo. La escultora alemana no diseñó una progenitora joven e inmortal como la Virgen de Miguel Ángel, sino una anciana y derribada. Y el hijo, su hijo Peter, no yace sobre sus piernas sino entre ellas. Con ese autorretrato y esa ubicación, Kollwitz despoja su Piedad de toda religiosidad y ofrece un cuadro humano. Tanto, que el cuerpo femenino que agarra el cadáver, además del dolor por la muerte, expresa la impotencia por una menopausia que le impide reemplazar al difunto por un bebé para poner, de alguna forma, la vida en marcha de nuevo.

El artículo completo en La Esfera de Papel

Intelectuales nazis: apuestos, cultos y asesinos

Esta entrevista se hizo cuando Creer y destruir salió a la venta: hace año y medio. La pieza no se publicó en el medio que la había comprado por motivos que tienen que ver con la inestabilidad laboral a la que está sometida una periodista autónoma. La promoción del libro caducó, pero no el libro ni lo que cuenta en esta entrevista el historiador francés Christian Ingrao: el papel que tuvieron destacados académicos alemanes en los órganos de represión del Tercer Reich.

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Maja Aretz, una sirvienta entre dadaístas

En El País Semanal publiqué la historia de Luise Strauss, primera esposa de Max Ernst. Historiadora del arte, curadora, periodista y artista judía nacida en Colonia y asesinada en Auschwitz en 1944. Con este artículo amplío la historia desde abajo y con un personaje clave en su vida: Maja Aretz, la niñera de su hijo Jimmy.

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Luise Straus, una vida a la sombra de Max Ernst y sepultada por los nazis

YA NO necesitas un marido. Tienes 28 años. Lo sabes todo del amor”, le dijo Max Ernst a Luise Straus el día que rompió con ella. Corría 1921, Colonia era una ciudad abierta, tolerante y culturalmente intensa, pero Ernst había decidido irse a París para ampliar sus horizontes artísticos. También le empujaba a marcharse el romance a tres que vivía con Gala y Paul Eluard. Ante las lágrimas de Luise, el artista intentó un último consuelo: “Tienes un hijo. ¿Qué más quieres?”. Ella respondió con desesperación: “¡Quiero vivir!”. Lo que Max Ernst no sabía es que estaba de nuevo embarazada. Y nunca lo sabría porque días después de ser abandonada, Luise Straus iniciaba un viaje a Insbruck para abortar.

El reportaje completo en El País Semanal.