La hermana de Primo Levi

Dos ganchos de escalada, tres clavos y un piolet fueron los regalos que Primo Levi recibió de Anna Maria al cumplir 19 años. De esa forma, la hermana pequeña animaba al mayor a que fortaleciera cuerpo y espíritu, pues como indica el biógrafo del escritor, Ian Thomson, el chico tenía de su padre Cesare “cierta tendencia a fanfarronear” pero no su dinamismo ni su don de gentes. Tampoco poseía el arrojo de su abuelo materno, el empresario textil Cesare Luzzati, que ayudó a desenterrar 84.000 cadáveres que dejó en Sicilia el terremoto de 1908.

El brío y la chispa los heredó Anna Maria, pues Primo fue un niño apocado al que una infección grave de las vías respiratorias volvió aún más introvertido. Durante el año que pasó en cama, recibió clases particulares de dos profesoras que lograron que hiciera dos cursos en uno. Pero lo que parecía un progreso se volvió un problema en el instituto: Primo era un niño delicado y enclenque al lado de sus compañeros, ya preadolescentes, el único judío entre gentiles. Se convirtió en la presa predilecta de los abusones, a quienes Anna Maria, más alta y más recia que su hermano, plantó cara alguna vez.

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