Miguel Ángel Oliver, el hombre tras la controvertida política de comunicación de Pedro Sánchez

“Es el nivel superior. El lugar inalcanzable, la estrella polar.” Así se refirió en una ocasión Miguel Ángel Oliver a Iñaki Gabilondo, el maestro a quien parecía llamado a suceder. La gran oportunidad para hacerlo se le presentó en 2005, cuando el locutor más admirado de la Cadena Ser dejó Hoy por Hoy después de 20 años de éxitos para presentar un informativo en Cuatro. Pero algo ocurrió porque finalmente fue Carles Francino quien asumió la responsabilidad –y el honor– de sentarse ante el micrófono que dejó vacante uno de los grandes de la radio española.

Un excompañero de Oliver define ese episodio como “una humillación”. Es la misma palabra que emplea alguien que trabajó con él en Cuatro, donde también acabó recalando el periodista nacido en Madrid hace 56 años: “Lo humillaron y luego, lo tuvieron dando vueltas para acabar dándole un informativo de 15 minutos”. De ahí, al Gobierno de Pedro Sánchez, donde llegó en 2018, cuando tras la moción de censura a Mariano Rajoy, el nuevo presidente lo nombró secretario de Estado de Comunicación. En ese cargo, Oliver no ha tenido un mes tranquilo.

 

El artículo completo en Vanity Fair.

Ferlosio y el periodismo

A Rafael Sánchez Ferlosio no lo enseñan en colegios, institutos, ni facultades. Lo pude comprobar en un viaje que hice siguiendo los rastros que quedan en España de un personaje tan bello como Alfanhuí, el niño de los ojos amarillos por el que conocí al autor cuando era cría. Luego leí El Jarama, pero nadie, ni maestra, ni catedrática, ni jefes de redacción me avisaron nunca de todo lo que podía ofrecerme, como lectora, ciudadana, ser pensante y periodista el autor de El testimonio de Yarfoz. 

El reencuentro sucedió sin buscarlo y con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, un libro que descubrí en 1996, cuando empecé la universidad, y gracias a mis amigos. Era un volumen que no se prestaba porque había que leerlo con calma y muchas veces; había que subrayarlo e íbamos a quererlo, pues vino a confirmarnos muchas cosas que cualquiera que no esté sordo y quiera oír barrunta en cuanto empieza la carrera de Periodismo.

Ese libro, que tuvo cierto eco porque ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1994, hizo que algunos nos enamoráramos de Ferlosio, de su manera de sentenciar a la vez mudable y tajante y de esa forma de ir contra todo que resulta tan refrescante ver en un adulto para alguien que aún está verde. Creo que muchos de los que después serían mis colegas se quedaron en ese punto, incluida yo durante un tiempo.

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Periodistas pródigos

“Ahora los poderes viven en promiscuidad”, decía Rosa María Calaf hace poco lamentando que tanta proximidad impida a los periodistas cumplir su tarea principal: fiscalizar al poder político y económico. La prensa es el cuarto poder solo de nombre y el papel de un informador no es equiparable al de juez o legislador, pero como escribía María Rodríguez en Politibot a propósito de Katharine Graham y el Washington Post, “es uno de los pocos negocios privados donde el principal interés es el servicio público”.

Para llevarlo a cabo se recomienda que el periodista mantenga la distancia y esté vigilante. De esa máxima que se enseña en primero de periodismo se derivan muchos debates sobre el oficio, pero ninguno ahonda en la figura del informador que da el salto a la política y luego vuelve a informar.

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