Ferlosio y el periodismo

A Rafael Sánchez Ferlosio no lo enseñan en colegios, institutos, ni facultades. Lo pude comprobar en un viaje que hice siguiendo los rastros que quedan en España de un personaje tan bello como Alfanhuí, el niño de los ojos amarillos por el que conocí al autor cuando era cría. Luego leí El Jarama, pero nadie, ni maestra, ni catedrática, ni jefes de redacción me avisaron nunca de todo lo que podía ofrecerme, como lectora, ciudadana, ser pensante y periodista el autor de El testimonio de Yarfoz. 

El reencuentro sucedió sin buscarlo y con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, un libro que descubrí en 1996, cuando empecé la universidad, y gracias a mis amigos. Era un volumen que no se prestaba porque había que leerlo con calma y muchas veces; había que subrayarlo e íbamos a quererlo, pues vino a confirmarnos muchas cosas que cualquiera que no esté sordo y quiera oír barrunta en cuanto empieza la carrera de Periodismo.

Ese libro, que tuvo cierto eco porque ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1994, hizo que algunos nos enamoráramos de Ferlosio, de su manera de sentenciar a la vez mudable y tajante y de esa forma de ir contra todo que resulta tan refrescante ver en un adulto para alguien que aún está verde. Creo que muchos de los que después serían mis colegas se quedaron en ese punto, incluida yo durante un tiempo.

El artículo completo en El Ministerio de Ctxt

Periodistas pródigos

“Ahora los poderes viven en promiscuidad”, decía Rosa María Calaf hace poco lamentando que tanta proximidad impida a los periodistas cumplir su tarea principal: fiscalizar al poder político y económico. La prensa es el cuarto poder solo de nombre y el papel de un informador no es equiparable al de juez o legislador, pero como escribía María Rodríguez en Politibot a propósito de Katharine Graham y el Washington Post, “es uno de los pocos negocios privados donde el principal interés es el servicio público”.

Para llevarlo a cabo se recomienda que el periodista mantenga la distancia y esté vigilante. De esa máxima que se enseña en primero de periodismo se derivan muchos debates sobre el oficio, pero ninguno ahonda en la figura del informador que da el salto a la política y luego vuelve a informar.

El artículo completo en Letras Libres

Ladrillo, turismo y desfachatez

Playa Burbuja Un viaje al reino de los señores del ladrillo es eso que tanta gente dice que escasea y es mentira: periodismo. Lo que pasa es que a veces no está en los medios sino en los libros. El que practican Ana Tudela y Antonio Delgado en este ejemplar autoeditado está hecho a partir de datos y de investigaciones, con esmero y sin prisa, e informa de las consecuencias de la fiebre constructora en la costa mediterránea en el siglo XX.

Tudela y Delgado forman Datadista, un proyecto informativo que huye del ruido y que nació con los Cuadernos de la Corrupción, donde se explicaban de forma sencilla las macrocausas judiciales españolas de los últimos tiempos. De ahí a Playa Burbuja, un libro que han hecho, dicen, también para demostrar que se puede practicar el periodismo lejos de la obsesión actual que tiene los medios por conseguir clics y más clics. Y lo han conseguido.

El artículo completo en Altaïr Magazine.

Franco, el primer periodista de España

Hoyo Negro llevaba doce días arrojando lava y había dejado más de 1.500 evacuados en La Palma. El mismo día murió Ramón Montoya, el guitarrista gitano que junto a Sabicas abrió el camino para que existiera luego Paco de Lucía. Pero en la portada de ABC del 21 de julio de 1949 la foto, única, era para un grupo de directores de periódicos y presidentes de asociaciones profesionales visitando El Pardo para darle a Francisco Franco el carné número 1 de la Asociación de Prensa. Así se convirtió el dictador en el “Primer Periodista de España”.

El reportaje completo en Vanity Fair.

Clases de periodismo en postales

El periodista no juzga. El periodista no juzga. El periodista no juzga. Esta repetición no es errata, es tatuaje que Caparrós nos recuerda desde El Salvador, donde entrevista a un ex-pandillero de la mara Salvatrucha o en Sri Lanka, donde cohabita con pederastas que se encaman con chiquitos de ocho años. Esas cosas no las hace un periodista porque sea un depravado ni porque crea de veras que todas las voces valen lo mismo, lo hace más bien porque usted, su madre y su abuela tienen derecho a conocer (¿es también obligación?) la parte más repugnante del mundo, del turismo y de los seres humanos.