Así se vive la pandemia en Moncloa: contagios, frustración y problemas personales

¿Cómo gestionan los ministros la vida de 47 millones de personas cuando en sus casas ha peligrado alguna? ¿Reciben ayuda psicológica? Tomamos el pulso al ánimo de un Ejecutivo ante la peor pandemia de los últimos cien años.

El artículo completo en Vanity Fair.

Miguel Ángel Oliver, el hombre tras la controvertida política de comunicación de Pedro Sánchez

“Es el nivel superior. El lugar inalcanzable, la estrella polar.” Así se refirió en una ocasión Miguel Ángel Oliver a Iñaki Gabilondo, el maestro a quien parecía llamado a suceder. La gran oportunidad para hacerlo se le presentó en 2005, cuando el locutor más admirado de la Cadena Ser dejó Hoy por Hoy después de 20 años de éxitos para presentar un informativo en Cuatro. Pero algo ocurrió porque finalmente fue Carles Francino quien asumió la responsabilidad –y el honor– de sentarse ante el micrófono que dejó vacante uno de los grandes de la radio española.

Un excompañero de Oliver define ese episodio como “una humillación”. Es la misma palabra que emplea alguien que trabajó con él en Cuatro, donde también acabó recalando el periodista nacido en Madrid hace 56 años: “Lo humillaron y luego, lo tuvieron dando vueltas para acabar dándole un informativo de 15 minutos”. De ahí, al Gobierno de Pedro Sánchez, donde llegó en 2018, cuando tras la moción de censura a Mariano Rajoy, el nuevo presidente lo nombró secretario de Estado de Comunicación. En ese cargo, Oliver no ha tenido un mes tranquilo.

 

El artículo completo en Vanity Fair.

No hay música en el futuro

Ni el pasado ni el futuro son difíciles. Uno pasó, el otro aún no ha llegado. Al primero hay que enfrentarse, al segundo, solo esperarlo. Complicado es el presente, eso que en la nueva Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo llaman, con un poco de desdén, “cortoplacismo”. El Gobierno de Pedro Sánchez, cuentan, no la ha creado para adivinar el porvenir sino para adelantarse a él y poner remedio a aquellas cosas que puedan necesitarlo. Parece que quieran cambiar algo que hace algo más de 20 años lamentaba en un artículo el catedrático de Filosofía, y hasta hace poco presidente del Senado, Manuel Cruz: que el futuro se hubiera convertido en algo poco deseable. “El tiempo venidero ha perdido los rasgos y las determinaciones que poseía aquella venerable idea, para pasar a ser el espacio de la reiteración, de la proyección exasperada del presente”, decía, criticando que tanta gente -incluida la progresista– volviera sus ojos al pasado para usarlo y abusarlo, también políticamente.

El artículo completo en El Periódico de Cataluña

Influir, exhibir la decepción o hacer reproches: los políticos españoles y las cartas abiertas

Suelen, o solían, ir en un sobre cerrado con el nombre de quien las escribe en una cara y el de quien la recibe en el reverso. Dentro, palabras, noticias, detalles que nadie más salvo emisor y receptor tienen derecho a leer. No importa que en el interior haya una lista de la compra, un acuerdo de gobierno o un mensaje de amor escrito en clave. Para que una carta sea una carta, tiene que haber entre los dos que se “hablan” cierta distancia. “La carta es una comunicación entre ausentes, un instrumento que ha servido para mantener el contacto con las personas que están lejos o para comunicarse con quiénes de otra forma son inalcanzables: instituciones o personas poderosas, por ejemplo”. Lo explica Guadalupe Adámez, doctora en Historia e investigadora en el Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre la Cultura Escrita, y marca así la principal diferencia entre las cartas que escribe el común de los mortales con la que, por ejemplo, le ha dedicado esta semana Francesc de Carreras al líder de Ciudadanos.

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De Donald Trump a Jeremy Corbyn, la era de los políticos abstemios

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“¡Pues claro que soy de izquierdas! ¡Como chucrut y bebo cerveza!”, dijo el conservador Jacques Chirac con ironía en 1995, año en el que para demostrar entereza, hombría, gallardía o las tres cosas, los políticos del mundo occidental aún bramaban, fumaban y bebían sin complejos. Antes que el mandatario francés, leyendas de la política como Winston Churchill ya presumían de saber beber y por eso al político británico apenas se le ha dedicado un libro que no destine unas páginas a su afición por las bebidas espirituosas: “Las cantidades de alcohol que consumía –champanes, brandis, güisquis- eran increíbles”. Así lo contó sir Oliver Harvey en sus diarios aunque habrá quien piense que siendo secretario de Anthony Eden pudo usar esos detalles para desmerecer al rival de su jefe. Pero solo era una descripción, como demuestra que la propia secretaria de Churchill, Marian Holmes, recurriera a ese hábito en tono laudatorio al decir que a pesar de lo ingerido nunca vio a su jefe “incapaz de sostenerse”.

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