Del prostíbulo a la casa de Christian Dior: así era el París mágico que retrató Brassaï

Vista desde el Pont Royal hacia el Solférino. / Estate Brassaï Succession, Paris.

“Me gustaría alejarme por completo de la atmósfera de París, que mantiene cautivos hasta el último glóbulo de mi sangre y la última fibra de mi ser”. Con esa hipérbole escrita en una carta, el joven Gyulá Halász explicaba a sus padres el efecto que tenía la capital francesa sobre él. Era 1924 y acababa de llegar de Alemania, donde emigró con su familia durante la Primera Guerra Mundial y donde entabló relación con nombres tan relevantes como Kandinsky.

El artículo completo en Vanity Fair.

Guilhermina Suggia, pionera del violonchelo y un amor maldito en la vida de Pau Casals

La artista portuguesa fue la primera mujer en hacer carrera como solista y tocar el instrumento como los hombres, entre las piernas. Fue pareja del músico catalán. Tras su ruptura, ambos borraron su relación.

Fue el episodio más cruelmente infeliz de mi vida”. Así resumía Pau Casals su relación con Guilhermina Suggia, la violonchelista portuguesa que fue su pareja y compañera de escenarios durante siete años y de la que apenas queda rastro en la biografía del artista. Mina, como la llamaba él, conoció a Pau en 1898, cuando ella tenía 13 años y él 22. Fue en Oporto, donde Casals llegó para actuar en el Casino de Espinho, localidad a 16 kilómetros de la capital, al que Augusto Suggia se acercó para pedirle que le diera clases a su hija.

El reportaje completo en El País Semanal.

 

Cartas desde París

Amado J.,

te escribo de camino a París. «¿Por qué una carta?», preguntarás. Te la debía. Tenía que responderte desde el mismo lugar desde el que me escribiste sabiendo ya que me querías pero sin querer decirlo. Vengo donde estuviste, pero no me acompañas. Tampoco vienen Scott Fitzgerald ni Kerouac. Crecí con ellos, también contigo, y a ratos mengüé porque el proceso de maduración nunca es constante, pero hoy voy en busca de Davis, Wharton o Pardo, porque un día fueron suplemento, pero en este viaje van a ser mi pan y mi agua. He vuelto a leerlas, a seguirlas y ahora quiero caminar junto a sus casas, recordarlas y probar, si hiciera falta, lo que bebieron.

Tranquilo, no voy a París a reflejarme, voy a morirme. A anular mis ojos tan hechos a lo evidente y probar otras miradas que las revivan, que las traigan de un silencio y un olvido que no merecen. Pero no hablaré de Marianne, ni de Juana de Arco. Ni del dúo de Simones que más me ha hecho pensar, Beauvoir y Weil. Las que deben guiarme en mi paseo son extranjeras porque eso es lo que es cualquiera que viaja y siente la «experiencia insular» de la que habló Susan Sontag.

Me pregunto para qué hicieron este trayecto: para trabajar, para salvar la vida, la cabeza y por amor, cómo no. Discrepo con ellas en ciertas cosas, ya lo imaginas, pero preparando el camino he encontrado alguna hermandad inesperada. «Si yo fuera rica, no tendría casa. Una maleta grande y a viajar siempre», escribió Carmen de Burgos «Columbine», primera corresponsal de guerra española, pero más publicitada por haber sido pareja de Ramón Gómez de la Serna que por su valentía. Por eso, amor, en estas cartas, tú serás sólo inicial y yo nombre y apellidos: no porque yo sea mejor, sólo porque es necesario.

El reportaje entero en Altaïr Magazine.