Ferlosio y el periodismo

A Rafael Sánchez Ferlosio no lo enseñan en colegios, institutos, ni facultades. Lo pude comprobar en un viaje que hice siguiendo los rastros que quedan en España de un personaje tan bello como Alfanhuí, el niño de los ojos amarillos por el que conocí al autor cuando era cría. Luego leí El Jarama, pero nadie, ni maestra, ni catedrática, ni jefes de redacción me avisaron nunca de todo lo que podía ofrecerme, como lectora, ciudadana, ser pensante y periodista el autor de El testimonio de Yarfoz. 

El reencuentro sucedió sin buscarlo y con Vendrán más años malos y nos harán más ciegos, un libro que descubrí en 1996, cuando empecé la universidad, y gracias a mis amigos. Era un volumen que no se prestaba porque había que leerlo con calma y muchas veces; había que subrayarlo e íbamos a quererlo, pues vino a confirmarnos muchas cosas que cualquiera que no esté sordo y quiera oír barrunta en cuanto empieza la carrera de Periodismo.

Ese libro, que tuvo cierto eco porque ganó el Premio Nacional de Ensayo en 1994, hizo que algunos nos enamoráramos de Ferlosio, de su manera de sentenciar a la vez mudable y tajante y de esa forma de ir contra todo que resulta tan refrescante ver en un adulto para alguien que aún está verde. Creo que muchos de los que después serían mis colegas se quedaron en ese punto, incluida yo durante un tiempo.

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