Mairena y el tiempo jondo

ad06457_0“Nuestro tiempo está pasando”, dijo la bailaora sevillana Matilde Coral en el patio de la Academia de Mairena del Alcor (Sevilla) el 4 de septiembre de 1983, día en que Antonio Mairena no pudo asistir al festival de cante que lleva su nombre porque se estaba muriendo. Las palabras de Coral lamentaban la ausencia del cantaor y auguraban el fin de una era. Pero los finales en el flamenco son eternos y si alguien en aquel patio pensó que el mairenismo desaparecería con la muerte de Antonio es que no conocía los tiempos del mundo jondo.

Han pasado 32 años y las líneas que trazó Antonio Cruz García, Antonio Mairena para la historia, siguen dando munición a quienes se encargan de debatir sobre los límites del cante. Y esa discusión sin final tiene consecuencias sobre un festival que se creó a la medida del cantaor y que celebra su 54ª edición buscando la forma de adaptarse al siglo XXI. La tarea no es fácil: los organizadores buscan cambios consecuentes con la ortodoxia que marcó el maestro y topan con una parte de la afición que se resiste a cualquier innovación.

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El genio ‘especial’

articulo-pacodelucia_327-1Paco de Lucía lo intentó abortar su madre, cansada de pasar fatigas con tantas bocas a las que alimentar, pero no lo consiguió. “Se bebió una mezcla de aguardiente, clavo y azafrán con la que casi explota”, explica el crítico Manuel Bohórquez, refiriéndose a la portuguesa Luzia Gomes, la mujer de quien tomó el nombre artístico el guitarrista. Pero el crío salió adelante demostrando una resistencia que exhibiría muchas veces a lo largo de su vida y que sería la clave de su éxito. ¿Tenía talento? Sí. ¿Tenía una habilidad inconmensurable para tocar la guitarra? También. Pero es en las miles de horas de práctica donde hay que buscar las claves de su brillantez, pues los que lo conocieron saben que jamás bajó la guardia y que se encerraba días enteros tocando un instrumento que solo se doma a base de ensayo. Su padre, Antonio Sánchez Pecino, le dejó muy claro desde pequeño que para superar al fantástico trío que conformaban las bases del flamenco –Ramón Montoya, Niño Ricardo y Sabicas– tendría que tocar hasta la extenuación.

Sobre la genialidad de Paco de Lucía se ha dicho de todo. Y es posible que muchos le atribuyan ese genio porque todavía hay quien ve imposible que alguien sin nociones de composición y que no sabía leer una partitura fuera capaz de tantas cosas. Es una atribución, esa del genio, que también hacen algunos cuando escuchan a un flamenco abrir la boca y transformar, cuando no inventar directamente, unos versos que a cualquier escritor le llevaría media vida componer. La cultura, eminentemente oral, en la que se criaron Paco de Lucía, su hermano Pepe o Camarón de la Isla resulta muy lejana para la alfabetizada sociedad del siglo XXI, pero en la parte del siglo XX en la que ellos vivieron, así como en el lugar donde crecieron, Cádiz, y las condiciones sociales y económicas con que se hicieron mayores, la formación del espíritu pasa por las canciones, por los poemas recitados de memoria y por dichos populares que suelen albergar no solo sabiduría, sino también nociones de métrica y armonía. No es que en Andalucía se pasen la vida cantando y bailando, como les gustaba creer a los escritores románticos que la visitaron en el siglo XIX, es que se vive rimando porque aún es, en parte y afortunadamente, una sociedad oral, es decir, musical. Paco de Lucía poseía unas cualidades innegables para el toque de guitarra, un oído finísimo para la música, pero, sobre todo, un tesón inconmensurable que suplió las carencias teóricas que pudiera tener al principio: “En la composición, como dijo alguien, hay un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración”, le dijo a José Maria Gaztelu en una ocasión, quizá un poco harto de que se le preguntara una y mil veces por el origen de su talento.

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