Imperioso homenaje

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La vida de Pastora Imperio era el hilo, el leitmotiv, del que se sirvió La Lupi para ofrecer“Cartas a Pastora” en el ciclo Flamenco Madrid. Su apuesta no fue arriesgada, ni falta que le hacía, y se convirtió en la narración de una metamorfosis, la de la misma Lupi sin duda alguna. Hubo buen baile y una buena homenajeada, cuya vida fue puesta en escena por una bailaora malagueña que supo emular lo poco que las grabaciones nos han dejado de aquel mover los brazos como si quisiera mover la Tierra que tenía Pastora Imperio.

El show arrancó moroso, quizá porque había más interpretación que baile y todos queríamos ver bailar a La Lupi. Pero cuando llegó la danza fue majestuosa. La Lupi no imitó a la que honraba, simplemente tomó de ella lo que le hizo falta para recordarla. Explicó sus amores y sus sentires con una expresividad facial de diva del cine mudo, hermosa, dramática, encarnando a la perfección los rasgos por los que Julio de Romero de Torres llevó a Pastora a su lienzo.

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La magia de un desencuentro

image__Diego50Agnos_111_744574631100155582¿Cuántos de los presentes habrían ido a ver a uno, a dos de ellos o a los tres? El Teatro Españolestaba a tope en la noche en que tres figuras del flamenco, ni jóvenes, ni guapos, ni mediáticos, se reunían en un espectáculo que llevaba el nombre de “50 años de cante”.  Los tres señores en cuestión no eran otros que Fernando de la Morena, Rancapino y José Menese. Salieron juntos al escenario y se marcaron tres tonás de distinto corte para después separarse y cantar cada uno sus cosas. No es que fuera una mala fórmula pero se echó de menos un poco de amasijo, algo calidez entre ellos.

Abrió Fernando de la Morena, que sacó sus muecas a pasear, ésas que explican en buena parte qué es el flamenco: balbuceo, llanto y desinhibición. Como si fuera un niño bebé, De la Morena cantó por soleá, fandangos y bulerías acompañado de Domingo Rubichi y aunque se emocionó por los olés y la pasión del público, no le faltó pulso para pedir una y otra vez que arreglaran el sonido. Merecerían capítulo aparte los problemas de este tipo que ha habido en el Teatro Español con todos los espectáculos de la Suma y del que se han quejado, en público o en privado, casi todos los artistas.

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Un creador desobediente

image__ArcangelEstruna_128_8426308747018476087Estruna, el espectáculo que presentó Arcángel el 24 de junio en la Suma Flamenca de Madrid y del que había dado más de cuatro pinceladas en La Noche Blanca del Flamenco de Córdoba dos días antes, quería ser un viaje de ida y vuelta por la cultura popular búlgara y el flamenco. Estruna, rezaba la presentación del show, “es el río en el que fluye el agua de dos tradiciones” y aunque hubo un delicioso coro de voces búlgaras y letras de aquélla y de esta tierra, lo que se vio en el escenario fue el proceso de maduración, en directo, de un ser humano.

Arcángel se dejó dirigir y cantó temas del folklore búlgaro pero donde se mostró enorme fue por fandangos y en una nana susurrada que demostró por donde iba a ir la cosa. Estas palabras de Félix Grande describen perfectamente lo que hizo el onubense:

 “… la actitud que conforma a un artista: el reconocimiento de lo alcanzado por sus antecesores –en ocasiones el deslumbramiento ante su obra- y la desobediencia, contra ellos si fuera necesario, y siempre contra el conformismo, ese pegamento que tiende a inmovilizar lo que hace al arte temporal y comunitario: el espíritu de aventura.”

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Ni común ni corriente

image__RocioMarquez_078_5104408851275348809Rocío Márquez estrenó “Por qué cantamos” en la Suma Flamenca, una propuesta  que musicó versos de Mario BenedettiErnesto Cardenal e incluso William Shakespeare, entre otros, para contestar a la pregunta que planteaba su espectáculo. Rocío apareció vestida de negro, algo nerviosa, con su aspecto pulcro y su voz límpida y aunque tuvo que pasar un rato hasta que su seso y su garganta tomaran calor, pronto fue evidente que esa noche la onubense iba a dar respuesta a más de un interrogante.

 

Rocío tiene un halo misterioso. Conoce y maneja tonos, ritmos, partituras, es estudiosa del flamenco y buena cantaora. Todo eso se vio desde el inicio: en la granaína invertida con la que empezó; en los tangos con los que homenajeó a Morente y le arrancó unos versos a Shakespeare e incluso en su versión de “La rosa” de Juan Ramón Jiménez. Lo hizo bien, sin ortopedias, pues consiguió que los poemas sonaran flamencos sin que nadie le robara protagonismo: ni poetas, ni poemas, ni la guitarra de Miguel Ángel Cortés, que es inmenso siempre y en todo lugar. Pero la pregunta seguía sin respuesta y su enigma sin desvelarse.

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