Laura Huxley, el nexo psicodélico entre Winona Ryder y el autor de ‘Un mundo feliz’

En marzo de 1996, Timothy Leary descubre que el cáncer de próstata que padece va a matarlo. Para despedirse convoca en su casa de Beverly Hills a una multitud de amigos que desde ese día hasta su muerte, el 31 de mayo, acuden a decir adiós al profesor de la Universidad de Harvard que ha pasado media vida investigando y promoviendo el uso de drogas psicodélicas en terapias piscológicas: Susan Sarandon, Tim Robbins y Oliver Stone. También un grupo de rastafaris, músicos del grupo The Mamas and the Papas, Yoko Ono y por supuesto, la ahijada del enfermo: Winona Ryder, que ya tiene en su curriculum títulos como Reality Bites, Mujercitas y está a punto de estrenar Jóvenes salvajes y El Crisol. Todos llevan algo de beber o de comer e intentan convertir el encuentro en lo que el agonizante quiere: una fiesta. Pero solo una de esas persona sabe de verdad de qué va todo eso: Laura Archera, la mujer que casi 30 años antes había estado en una “celebración” parecida, un encuentro en el que ella misma le administró a Aldous Huxley los 100 mg de LSD con los que el escritor, harto del cáncer que lo devoraba, le pidió ayuda para quitarse de en medio.

El artículo completo en Vanity Fair.

Cartas desde París

Amado J.,

te escribo de camino a París. «¿Por qué una carta?», preguntarás. Te la debía. Tenía que responderte desde el mismo lugar desde el que me escribiste sabiendo ya que me querías pero sin querer decirlo. Vengo donde estuviste, pero no me acompañas. Tampoco vienen Scott Fitzgerald ni Kerouac. Crecí con ellos, también contigo, y a ratos mengüé porque el proceso de maduración nunca es constante, pero hoy voy en busca de Davis, Wharton o Pardo, porque un día fueron suplemento, pero en este viaje van a ser mi pan y mi agua. He vuelto a leerlas, a seguirlas y ahora quiero caminar junto a sus casas, recordarlas y probar, si hiciera falta, lo que bebieron.

Tranquilo, no voy a París a reflejarme, voy a morirme. A anular mis ojos tan hechos a lo evidente y probar otras miradas que las revivan, que las traigan de un silencio y un olvido que no merecen. Pero no hablaré de Marianne, ni de Juana de Arco. Ni del dúo de Simones que más me ha hecho pensar, Beauvoir y Weil. Las que deben guiarme en mi paseo son extranjeras porque eso es lo que es cualquiera que viaja y siente la «experiencia insular» de la que habló Susan Sontag.

Me pregunto para qué hicieron este trayecto: para trabajar, para salvar la vida, la cabeza y por amor, cómo no. Discrepo con ellas en ciertas cosas, ya lo imaginas, pero preparando el camino he encontrado alguna hermandad inesperada. «Si yo fuera rica, no tendría casa. Una maleta grande y a viajar siempre», escribió Carmen de Burgos «Columbine», primera corresponsal de guerra española, pero más publicitada por haber sido pareja de Ramón Gómez de la Serna que por su valentía. Por eso, amor, en estas cartas, tú serás sólo inicial y yo nombre y apellidos: no porque yo sea mejor, sólo porque es necesario.

El reportaje entero en Altaïr Magazine.