Asquerosa, el pueblo en el que Federico García Lorca vivió y creó a Bernarda Alba

Una cortina de yute. Eso es lo primero que se ve y se lee en La casa de Bernarda Alba. Ni a la señora de negro, ni a las hijas destruidas, ni a las criadas. Una cortina de yute, no una sábana ligera, ni un adorno de ganchillo blanco, crudo o hueso sobre la mesa camilla ni una cortinilla gruesa, quizás de esparto, cáñamo o lino, de las que evitan que se cuelen bocanadas de calor o los mosquitos. Una cortina de yute, textura exótica que Federico García Lorca coronó de “madroños y volantes” para darle un aire andaluz que viene a confirmar que nada de lo que intuyó fue solamente local. Tampoco Asquerosa, el pueblo en el que se inspiró para contar esa historia y donde vivió de chiquito. Allí compró su padre, con el dinero heredado tras quedar viudo de su primera esposa, el cortijo de Daimuz y una casita en el centro, a la que se mudó desde Fuente Vaqueros con su segunda mujer, Vicenta Lorca, cuando Federico tenía alrededor de ocho años.

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