No hay música en el futuro

Ni el pasado ni el futuro son difíciles. Uno pasó, el otro aún no ha llegado. Al primero hay que enfrentarse, al segundo, solo esperarlo. Complicado es el presente, eso que en la nueva Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo llaman, con un poco de desdén, “cortoplacismo”. El Gobierno de Pedro Sánchez, cuentan, no la ha creado para adivinar el porvenir sino para adelantarse a él y poner remedio a aquellas cosas que puedan necesitarlo. Parece que quieran cambiar algo que hace algo más de 20 años lamentaba en un artículo el catedrático de Filosofía, y hasta hace poco presidente del Senado, Manuel Cruz: que el futuro se hubiera convertido en algo poco deseable. “El tiempo venidero ha perdido los rasgos y las determinaciones que poseía aquella venerable idea, para pasar a ser el espacio de la reiteración, de la proyección exasperada del presente”, decía, criticando que tanta gente -incluida la progresista– volviera sus ojos al pasado para usarlo y abusarlo, también políticamente.

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