Contra el flamenco de liar

“Aquí empezó todo.”  El Perla dice esto mientras señala en dirección al mar, hacia unas Ramblas repletas de turistas medio vestidos que parecen sufrir la ciudad más que gozarla. “Aquí me estrené como artista en esta ciudad”, cuenta El Perla indicando la puerta del Teatro Capitol, ante la que se ha presentado con moño, pantalón blanco y camisa oscura. Las manos de un guitarrista son importantes, por eso cuando levanta el dedo para señalar el paseo que lo recibió cuando llegó a Barcelona destacan tanto sus uñas de porcelana. “Me las hace un chino cerca de casa. Imagina la cantidad que gasto con dos actuaciones al día.” Esas garras artificiales son la única licencia que se permite un guitarrista de corte gitano que tiene una idea muy clara de lo que es flamenco: “Cada cual le da su chispa, pero este arte acepta poca invención. Es una herencia a la que estamos faltando el respeto.”

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“El flamenco que yo bailo es puro y duro”

image_11892_anapalma_0510_472267276432504688Karime aúna en su habla acentos de dos orillas. A pesar de llevar desde los 18 años corriendo por España mantiene esa mezcla de dulzura y contundencia que tienen los mexicanos pero emplea con frecuencia giros y expresiones andaluzas. Esa mixtura también se nota en sus rasgos: al mirarla, no se sabe si sus ojos son gitanos o lo es su piel o si es México lo que se ve en sus facciones. Karime es nieta de Antonia, una de las hermanas de Carmen Amaya que se quedó en México buscando la estabilidad que no le proporcionaban las giras de La Capitana. El padre de Karime, Santiago Aguilar, es mexicano y el día que entró por la puerta de la academia de Antonia para aprender flamenco, se encontró con una saga y se enamoró de la hija de su profesora. Y de ese amor nació Karime, la generosa, que es lo que quiere decir su nombre en árabe.

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Como un jaguar

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Una de las cosas más interesantes que ha ofrecido la Bienal de Flamenco de Países Bajos son unas master class a imagen y semejanza de las que ofrecen los músicos clásicos. Son clases magistrales ofrecidas con público y en un teatro, donde un artista enseña y unos alumnos aprenden ante un público que paga una entrada para observarlos.

Juan Manuel Fernández Montoya, Farruquito, ofreció dos en esta edición, una en Ámsterdam y otra en Utrecht. Sus enseñanzas sirvieron a la que escribe para ratificar algunas cosas. La primera: que el flamenco también tiene groupies que se gastan las rodillas y el sueldo en estar cerca de sus ídolos. La segunda: que como todo en la vida más vale un profesor bueno, que ciento mediocres. Y la tercera: que un maestro que se precie no se limita jamás a explicar lo que dice un manual.

Y es que el bailaor no fue a mostrar solamente tres pasos y alguna pirueta. Gastó tanta saliva como pierna, ejerció de profesor con chispitas de showman y me confesó, al acabar, lo mucho que le había hecho sufrir una de las alumnas. Y es que a la pupila se la vio más nerviosa que si estuviera de estreno. Él, que se dio cuenta, se echó su peso y el de ella a las espaldas. Es un comportamiento que practica el bailaor con cierta frecuencia. Sin ir más lejos, la noche anterior en el Teatro Carré.

La clase, a pesar de los tropiezos, siguió su curso. El auditorio RASA de Utrecht estaba casi lleno. Lección de arte, de técnica y de vida. En Farruquito es habitual, habla como lo siente. Como le enseñaron. Por eso casi todas sus intervenciones parecen sentencias gitanas, que igual valen para ejecutar una pataíta, un replante o una cabriola, que para esquivar los golpes que da la vida.

“Nunca tengas prisa.” 

“Lo importante no es saberlo todo, sino aprovechar lo que sabes.” 

“Bailad como camináis, el baile tiene que ser natural.”

“No te precipites, tómate tu tiempo.” 

 “Usa el paso que necesites, el que mejor te expresa. ¿Para qué usar todos los colores en la misma pintura?”

“El flamenco no nació en un estudio ni con espejo. Hay que buscar el compás dentro de uno.”

 “Sal andando, no salgas bailando. Empieza a bailar cuando te lo pida el cuerpo.”

“El cuerpo tiene memoria.”

“Nunca, nunca, jamás tengas prisa.”

 

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Podéis llamarme Farruco

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Un rato antes del estreno de Cara y cruz, se encendían las luces navideñas que adornan estos días las calles de Barcelona. Pero a la Sala Apolo le salió otro ornato: la cola que se formó para entrar a ver bailar a tres “farrucos” por el precio de uno. En la hilera se apiñaba muchísima gente joven, algo que alegró el ambiente porque no siempre sucede que en un evento flamenco la media de edad del público augure futuro. Los “farrucos” siempre generan expectación y esta vez había interés en ver la propuesta de Barullo tras haber ganado el pasado verano El Desplante del Festival de Cante de las Minas de La Unión.

La cosa empezó más de media hora tarde y con una pretensión innecesaria: la de explicar el espectáculo con las voces en off del bailaor y su madre, La Faraona, que vino a explicar quién era el chico. Y ese prólogo, además poco ensayado, no hacía falta. Porque en cuanto Barullo empezó a bailar, a la función le pasó como a las buenas novelas: que beben de otras más viejas pero se explican solitas.

Barullo empezó sentado y con el torso desnudo, pero fue anudarse una camisa al ombligo, arrancar por bulerías y ni nombrar sus apellidos le habría hecho falta, pues cada uno de los elocuentes golpes que fabricó con sus caderas parecían decir con gusto y con esmero: “Podéis llamarme Farruco”. Y es que, salvando las diferencias de bagaje, edad y corpulencia, sus piernas y sus caderas, parecieron las de su abuelo. Hasta el sombrero lucía Barullo, hasta el bastón.

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