Un viaje a París y una medalla de Tiffany: así consoló EEUU a las mujeres que perdieron a sus hijos en la Primera Guerra Mundial

Sobre una medalla de bronce de 37 milímetros, una estrella de oro de 18 quilates separa a la Estatua de la Libertad de la Torre Eiffel. Una cinta tricolor –roja, blanca, azul– de 33 centímetros de longitud permite colgarla del cuello. Para obtener esa medalla solo era necesario un requisito: haber perdido un hijo en la Gran Guerra. La pieza es obra de Tiffany & Co, que entre los años 1930 y 1931 hizo 3.653 copias de una placa que fabricó del mismo modo que hace sus joyas: como si fueran únicas. Pero ese colgante recogía un momento aún más solemne que una pedida de mano o un aniversario: era el souvenir que el gobierno estadounidense entregó a las madres que fueron de Nueva York a París para visitar las tumbas de sus hijos caídos en Europa. No era un viaje cualquiera, era una peregrinación. Y conseguirla había costado más de diez años de lucha.

El reportaje completo en Vanity Fair.

Cartas desde París

Amado J.,

te escribo de camino a París. «¿Por qué una carta?», preguntarás. Te la debía. Tenía que responderte desde el mismo lugar desde el que me escribiste sabiendo ya que me querías pero sin querer decirlo. Vengo donde estuviste, pero no me acompañas. Tampoco vienen Scott Fitzgerald ni Kerouac. Crecí con ellos, también contigo, y a ratos mengüé porque el proceso de maduración nunca es constante, pero hoy voy en busca de Davis, Wharton o Pardo, porque un día fueron suplemento, pero en este viaje van a ser mi pan y mi agua. He vuelto a leerlas, a seguirlas y ahora quiero caminar junto a sus casas, recordarlas y probar, si hiciera falta, lo que bebieron.

Tranquilo, no voy a París a reflejarme, voy a morirme. A anular mis ojos tan hechos a lo evidente y probar otras miradas que las revivan, que las traigan de un silencio y un olvido que no merecen. Pero no hablaré de Marianne, ni de Juana de Arco. Ni del dúo de Simones que más me ha hecho pensar, Beauvoir y Weil. Las que deben guiarme en mi paseo son extranjeras porque eso es lo que es cualquiera que viaja y siente la «experiencia insular» de la que habló Susan Sontag.

Me pregunto para qué hicieron este trayecto: para trabajar, para salvar la vida, la cabeza y por amor, cómo no. Discrepo con ellas en ciertas cosas, ya lo imaginas, pero preparando el camino he encontrado alguna hermandad inesperada. «Si yo fuera rica, no tendría casa. Una maleta grande y a viajar siempre», escribió Carmen de Burgos «Columbine», primera corresponsal de guerra española, pero más publicitada por haber sido pareja de Ramón Gómez de la Serna que por su valentía. Por eso, amor, en estas cartas, tú serás sólo inicial y yo nombre y apellidos: no porque yo sea mejor, sólo porque es necesario.

El reportaje entero en Altaïr Magazine.