Cuidadoras frente a la muerte

La parca es un tabú. Así lo explica Philippe Ariès en su libro de ensayos ‘Historia de la muerte en Occidente’, donde narra la forma en que la hemos ocultado hasta convertirla en algo que sucede pero apenas se ve. Primero se protegió a los niños de cadáveres, ataúdes y entierros; luego, se mintió al moribundo al no informarle sobre su esperanza de vida. Con el tiempo, también se alejó a la familia, que apenas se encarga ya de amortajar a sus muertos. Luego, avanzado el siglo XX, el tabú se hizo extensible a la enfermedad y a la vejez y eso explica por qué tanta gente no pase ya la última etapa de su vida ni muera en casa. “Es muy duro ver que alguien se apaga. Aunque no sean de mi familia”, dice Lorena Espinola, una mujer de 34 años que trabaja desde los 20 en un geriátrico. La Ley de Dependencia de 2006 multiplicó el sector de los cuidados y el número de empleadas –alrededor del 90% son mujeres– que atienden a quienes ya no pueden valerse por sí mismos. Entre sus tareas: asear, lavar la ropa, dar de comer, evitar llagas, curar, vestir o suministrar medicación. También proporcionan otras cosas imposibles de medir: “Un mimo, un abrazo, escuchar”, dice Carmina Puig, doctora en Antropología de la Universitat Rovira i Virgili, sobre los intangibles del cuidado, acciones sin precio pero con valor. Y aunque no es su misión, también contribuyen a apartar enfermedad, vejez y muerte de nuestras ocupaciones y de nuestras casas.

El reportaje completo en Mujer Hoy.

El fenómeno Marisol: de ídolo a traidora

Desde principios del siglo XX hasta hoy, 6.646 familias españolas han elegido “Marisol” como nombre para sus hijas. El 60% se bautizaron en las décadas de 1960 y 1970, años en los que Pepa Flores se transformó en Marisol y desarrolló su carrera. El dato lo proporciona el Instituto Nacional de Estadística y da idea del fenómeno en el que se convirtió la niña con dotes para cantar, bailar y actuar que apareció en las pantallas durante el franquismo.

Su primera película fue Un rayo de luz, estrenada cuando ella tenía 12 años y en una España que acababa de estrenar etapa: el desarrollismo. A esos años le puso la malagueña cara, voz y movimiento cuando el subgénero denominado “cine de niño” dejaba atrás a los críos como Pablito Calvo (Marcelino pan y vino) y Joselito (El pequeño ruiseñor) para fijarse en las niñas.

El artículo completo en Vanity Fair.

Maja Aretz, una sirvienta entre dadaístas

En El País Semanal publiqué la historia de Luise Strauss, primera esposa de Max Ernst. Historiadora del arte, curadora, periodista y artista judía nacida en Colonia y asesinada en Auschwitz en 1944. Con este artículo amplío la historia desde abajo y con un personaje clave en su vida: Maja Aretz, la niñera de su hijo Jimmy.

Continuar leyendo “Maja Aretz, una sirvienta entre dadaístas”

Manuel Alejandro: “Siempre escribí por encargo y este coronel ya no recibe cartas”

“El azar manda”, dice Manuel Alejandro por escrito, coqueto y juguetón, pero sin dejar ni una palabra al albur. El jerezano habla de casualidad para explicar por qué se dedicó a componer canciones: una fractura en el codo derecho lo retiró del piano y lo lanzó a lo que él denomina, poniéndole comillas, canción ligera. Fruto de esa lesión es parte de la memoria sentimental de España y Latinoamérica y lo que le puso palabras al vozarrón de Nino Bravo, a las tribulaciones de Luis Miguel o a la metamorfosis de niña prodigio a adulta de Marisol.

A todos esos cantantes y a otros muchos los moldeó Manuel con sus palabras: “Siempre escribo las canciones pensando en el perfil del artista y, sobre todo, en cómo creo que el público lo ve. En realidad, escribo ahondando en el personaje como si fuera el protagonista de una novela y me adentro en situaciones que pueden suceder o han sucedido”. Por eso dice Raphael que más que su compositor, Manuel Alejandro es su biógrafo.

La entrevista completa en Vanity Fair.

Ser abogado gitano en Europa

Ostalinda Maya (tercera por la derecha), con un grupo de abogados gitanos en las escaleras del Tribunal Supremo de EE UU.
Ostalinda Maya (tercera por la derecha), con un grupo de abogados gitanos en las escaleras del Tribunal Supremo de EE UU.

Parte de la sangre de Ostalinda Maya es mexicana, y otra, española y gitana. La romaní le viene de su padre, el bailaor Mario Maya, autor de Camelamos naquerar, un espectáculo que en 1976 abrió el debate sobre los derechos de su pueblo en España. El título, en caló, significa “Queremos hablar” y podría ser un prefacio a la tarea que hoy desempeña su hija, una abogada y antropóloga de 36 años empeñada en dar voz a su comunidad y que ha organizado la primera reunión de abogados gitanos de Europa.

El articulo completo en El País Semanal