Laura Huxley, el nexo psicodélico entre Winona Ryder y el autor de ‘Un mundo feliz’

En marzo de 1996, Timothy Leary descubre que el cáncer de próstata que padece va a matarlo. Para despedirse convoca en su casa de Beverly Hills a una multitud de amigos que desde ese día hasta su muerte, el 31 de mayo, acuden a decir adiós al profesor de la Universidad de Harvard que ha pasado media vida investigando y promoviendo el uso de drogas psicodélicas en terapias piscológicas: Susan Sarandon, Tim Robbins y Oliver Stone. También un grupo de rastafaris, músicos del grupo The Mamas and the Papas, Yoko Ono y por supuesto, la ahijada del enfermo: Winona Ryder, que ya tiene en su curriculum títulos como Reality Bites, Mujercitas y está a punto de estrenar Jóvenes salvajes y El Crisol. Todos llevan algo de beber o de comer e intentan convertir el encuentro en lo que el agonizante quiere: una fiesta. Pero solo una de esas persona sabe de verdad de qué va todo eso: Laura Archera, la mujer que casi 30 años antes había estado en una “celebración” parecida, un encuentro en el que ella misma le administró a Aldous Huxley los 100 mg de LSD con los que el escritor, harto del cáncer que lo devoraba, le pidió ayuda para quitarse de en medio.

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Carlos Pérez Merinero, el hombre que quiso finiquitar el franquismo con una Betacam

n la gala de los Goya de 2012, Elena Anaya recogió su cabezón por La piel que habito, de Pedro Almodóvar, el realizador que coloreó el cine y la Transición. Segundos más tarde, en el vídeo con el que se recuerda a los profesionales fallecidos, aparecía la cara de Carlos Pérez Merinero, un “bicho raro”, según su hermano, que había sido guionista con Ricardo Francoo Vicente Aranda y que solo había estrenado una película como director, Rincones del paraíso, con Juan Diego de protagonista. Se sabía, porque él mismo lo había explicado, que había estado un tiempo trabajando en una trilogía titulada Franco ha muerto, pero nadie tenía idea de dónde paraban esas cintas betamax que daban una imagen menos colorida del postfranquismo que las almodovarianas.

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Influir, exhibir la decepción o hacer reproches: los políticos españoles y las cartas abiertas

Suelen, o solían, ir en un sobre cerrado con el nombre de quien las escribe en una cara y el de quien la recibe en el reverso. Dentro, palabras, noticias, detalles que nadie más salvo emisor y receptor tienen derecho a leer. No importa que en el interior haya una lista de la compra, un acuerdo de gobierno o un mensaje de amor escrito en clave. Para que una carta sea una carta, tiene que haber entre los dos que se “hablan” cierta distancia. “La carta es una comunicación entre ausentes, un instrumento que ha servido para mantener el contacto con las personas que están lejos o para comunicarse con quiénes de otra forma son inalcanzables: instituciones o personas poderosas, por ejemplo”. Lo explica Guadalupe Adámez, doctora en Historia e investigadora en el Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre la Cultura Escrita, y marca así la principal diferencia entre las cartas que escribe el común de los mortales con la que, por ejemplo, le ha dedicado esta semana Francesc de Carreras al líder de Ciudadanos.

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Sarkozy, el mejor hagiógrafo de sí mismo

“Seré presidente como Louis de Funès en El Gran Restaurante: servil con los poderosos, insoportable con los débiles”. Era febrero de 2007 cuando Nicolas Sarkozy decía estabas palabras y tres meses después ya vivía en el Palacio del Elíseo. Ahora acaba de publicar un libro, Pasiones, en el que no recuerda esa frase ni muchas de las cosas que dijo o hizo en los años que se dedicó a la política. En sus páginas, el exmandatario prefiere dar una imagen de sí mismo más indulgente de la que han dado analistas y escritores de todo signo sobre su tarea pública.

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Marion Keisker, la mujer que descubrió a Elvis Presley hace 65 años

1 de marzo de 1960. El sargento Elvis A. Presley da una rueda de prensa en Friedberg, ciudad alemana donde ha cumplido parte de un servicio militar de 24 meses que llega a su fin. El joven, que ha alternado sus obligaciones en el ejército con la grabación de discos y películas, está listo para volver a la vida civil. No hay mucho más que anunciar, pero la sala está llena de oficiales y periodistas que quieren escuchar y fotografiar al fenómeno, que ese mismo año estrenará Estrella de fuego a las órdenes de Don Siegel. Al acabar, una mujer con uniforme y rango de capitana se acerca a saludarlo y él se levanta. “No sé si debo cuadrarme o darle un beso”, le dice él emocionado. “En ese orden”, replica sonriendo la señora acercándose a abrazarlo. A pesar de su rango, otro oficial la riñe por tomarse esas licencias con el músico. Pero Elvis sale así en su defensa: “Sin esta mujer, yo no estaría aquí dando una rueda de prensa”.

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