Mary-Kay Wilmers, 40 años influyendo en el pensamiento de Europa con un fondo millonario y sin miedo a la polémica

Sus padres se conocieron en 1935 a bordo del lujoso Aquitania, el barco que unía Le Havre con Nueva York. Charles Wilmers vio a Cecilia Eitingon jugando al ping-pong y le pidió una partida. Él era inglés; ella, ruso-americana y divorciada. Jugaron, rieron, se gustaron, pero no le pidió el teléfono porque estaba seguro de que se encontrarían de nuevo. Semanas después bailaban en la terraza del hotel Waldorf Astoria y no se separaron nunca más. Mary-Kay Wilmers (Chicago, 1938) es el resultado de esa mezcla: culturalmente europea, americana en los negocios y “víctima” del matrimonio feliz de sus padres. “No es que no me alegrara su felicidad, es que me exasperaba eso que Phillip Roth llama ‘la tiranía del nosotros’, contó en The Eitingons (2009) —libro autobiográfico sobre su familia materna— en referencia a esas parejas que conjugan los verbos en plural y se alían para todo, también para educar a los hijos.

En esas páginas también desvelaba que su padre fue dueño de una multinacional que ofrecía servicios públicos y que la familia de su madre, judíos rusos emigrados a EE.UU, se hizo millonaria gestionando en América la mayor empresa de pieles del mundo. En esa historia, los nombres de su parentela se mezclan con otros como los del dictador Francisco Franco —con quien su padre hizo negocios—; Josef Stalin —para quien trabajó Leonid Eitingonorganizando el asesinato de León Trotsky— o Sigmund Freud, a quien otro pariente, Max Eitingon, financió muchas de sus investigaciones sobre el psicoanálisis.

La entrevista completa en Vanity Fair. 

El día que Stevie Wonder le cantó ‘Happy Birthday’ a Martin Luther King

Stevie Wonder tenía 18 años cuando mataron a Martin Luther Kingen Memphis. El cantante era un chaval, pero ya tenía a sus espaldas 11 discos y con ese currículum bajo el brazo se plantó en Atlanta para unirse a estrellas como Diana Ross o Aretha Franklin y decirle adiós al líder que los había inspirado. Según informa The New York Times de ese día, el ataúd de bronce con el cadáver del líder afromericano iba sobre un carro del que tiraban dos mulas. Acompañándolo en absoluto silencio, 19.000 personas según la policía y 42.000 según la organización (en cualquier acto político las cifras bailan aunque no haya música).

En esa procesión empezaron las gestiones para instaurar un día en el calendario que recordara al adalid de los derechos civiles, trámites que se alargaron durante 15 años y de los que Wonder se hizo cargo. Lo logró en 1983, después de grabar una canción titulada “Happy Birthday”, que convirtió en himno de esa causa y declaración de intenciones: proponía que el 15 de enero, cumpleaños de King fuera el escogido para recordarlo a él y su lucha.

El artículo completo en Vanity Fair.

Prisa y propaganda: así son los libros sobre el juicio al ‘procés’ que se escribieron casi en directo

En La puerta de la infamia, Antonio Muñoz Molina recopiló las crónicas que publicó en El País sobre el juicio por el secuestro de Segundo Marey, un comercial a quien los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL) confundieron con Mikel Lujua, miembro de ETA. Fue uno de los procesos más importantes que ha tenido lugar en España: destapó los GAL, que llevaron a prisión a José Barrionuevo y a Rafael Vera, ministro del Interior y secretario de Estado de Seguridad, y sentó en el banquillo como testigo a Felipe González, entonces presidente del Gobierno.

La sentencia del procés llegó con dos libros bajo el brazo. Uno es El encargo, de Javier Melero, abogado de dos de los encausados, Joaquim Forn y Meritxell Borràs. El otro título lo firma uno de los condenados: Raül Romeva. En su caso, se trata de un cuaderno de dibujos realizados durante las sesiones del proceso. Lleva por título Des del banc del acusats y se ofrece como el relato de “52 jornadas de injusticia caricaturizadas durante el juicio”. También el libro de Muñoz Molina contenía ilustraciones. En su caso, de la dibujante y diseñadora de moda Tíscar Espadas, pero hay algo que diferencia aquel ejemplar de estos dos últimos: La puerta de la infamia salió en 2015 y hablaba de un caso de 1998 en el que se enjuiciaron hechos de 1983. Los títulos anteriores se anunciaron casi a la vez que el fallo judicial.

El artículo completo en Vanity Fair.

Simone Mareuil, la protagonista de ‘Un perro andaluz’ que acabó con su vida quemándose a lo bonzo

.

“Mamona”, llamó Luis Buñuel a Simone Mareuil en una carta dirigida al escritor Pepín Bello. El director eligió esa palabra por la escena de Un perro andaluz en la que Pierre Batcheff le manosea los pechos a su compañera de reparto. De ella también dijo el cineasta que tenía “un cuerpecito excitante” y que daba ante la cámara “bastante bien”. Son descripciones que recoge Ian Gibson en Luis Buñuel: la forja de un cineasta universal y son casi las únicas que hizo el de Calanda sobre la mujer que protagonizó su primera película y una de las escenas más icónicas de la Historia del cine: la del ojo rajado. Es una de las tomas y de las cintas más comentadas, analizadas e incluso psicoanalizadas y sin embargo, su protagonista apenas aparece citada, comentada o biografiada. Simone Mareuil no figura nunca, por ejemplo, entre “las musas de Buñuel”, como sí lo hacen en estudios, congresos o reportajes Jeanne Moreau, Silvia Pinal o Catherine Deneuve a pesar de que podía cumplir, como las anteriores, con el concepto que el escritor alemán Wilhelm Jensen bautizó en el siglo XIX con el nombre de Gradiva.

El artículo completo en Vanity Fair.

Un viaje a París y una medalla de Tiffany: así consoló EEUU a las mujeres que perdieron a sus hijos en la Primera Guerra Mundial

Sobre una medalla de bronce de 37 milímetros, una estrella de oro de 18 quilates separa a la Estatua de la Libertad de la Torre Eiffel. Una cinta tricolor –roja, blanca, azul– de 33 centímetros de longitud permite colgarla del cuello. Para obtener esa medalla solo era necesario un requisito: haber perdido un hijo en la Gran Guerra. La pieza es obra de Tiffany & Co, que entre los años 1930 y 1931 hizo 3.653 copias de una placa que fabricó del mismo modo que hace sus joyas: como si fueran únicas. Pero ese colgante recogía un momento aún más solemne que una pedida de mano o un aniversario: era el souvenir que el gobierno estadounidense entregó a las madres que fueron de Nueva York a París para visitar las tumbas de sus hijos caídos en Europa. No era un viaje cualquiera, era una peregrinación. Y conseguirla había costado más de diez años de lucha.

El reportaje completo en Vanity Fair.