Sobre el sexo impreso

Pushkin_(by_Mate)A cerca de la importancia testimonial del diario secreto de Pushkin y la manía, no tan del pasado, de ocultar la sexualidad en los libros.

La editorial Funambulista ha publicado el Diario secreto 1836-1837 de Alexander Pushkin, que vio la luz por primera vez en 1986. Este libro, que acumula anécdotas y mucha leyenda, es todavía objeto de agrios enfrentamientos entre quienes creen que se le atribuye a Pushkin para ofender al héroe de las letras rusas y quienes consideran que es una obra fundamental para entender su vida, su obra y el carácter ruso en su conjunto.

El libro empieza con una nota del editor que dice lo siguiente :

“El manuscrito del Diario secreto de Alexander Pushkin es una obra de culto cuya paternidad, atribuida al gran poeta ruso, sigue siendo objeto de controversia, como se verá en el prefacio. Con todo, nos ha parecido interesante publicarlo en español pues si el manuscrito fuera de Pushkin, aportaría unos matices nada desdeñables a la vida y a la obra del gran autor ruso.”

Independientemente de quien sea el autor, este libro es interesante porque plantea algunas cuestiones fundamentales que trascienden a los escritores. Me explico.

Un libro que levanta ampollas

¿Es tan escandaloso el contenido de este libro? Si usted es un lector que vive en un país donde existe cierta libertad de expresión, la respuesta es no. Es un libro donde se explican toda suerte de hazañas sexuales con pelos y señales. En el que se narran escenas de alcoba matrimonial sin ningún reparo, sin adornos ni cursilerías.

Pero si usted hace el ejercicio de situarse o simplemente vive en un lugar en el que la libertad de expresión se ve reducida a una expresión tan mínima que incluso ese pedacito resulta una farsa, la respuesta es sí. Para los patriotas que ven en Pushkin (todavía) un héroe, el sol que ilumina sus caminos y sus destinos, decirles que este libro le pertenece es una agresión frontal. No pueden entender que su héroe haya participado en una orgía donde el principal objetivo era que cinco señores dieran satisfacción a una dama de la alta sociedad y diga cosas como que sus penes se encontraron al unísono dentro del cuerpo de la bella en cuestión.

La ocultación de las cuestiones sexuales en la literatura no es un fenómeno exclusivo de Rusia. Un libro del profesor Dawn B. Dave titulado Banned Books: Literature Suppressed on Sexual Grounds, deja claro que Estados Unidos, que siempre ha hecho bandera de su Bill of Rights, tiene un largo historial (James, Conrad, Hawthorne y algunas decenas más de ilustres escritores) en eso de llevar a los tribunales a autores que se han atrevido a hablar de tetas, penes y coitos o simplemente insinuarlos en sus libros. Hay más casos conocidos del rechazo o la ocultación de escenas sexuales en obras de grandes literatos, como si ser escritor y ser un marrano en la cama fuera algo inconcebible. El empeño por convertir a los escritores en modelos de conducta ha sido un error histórico que ha dado anécdotas de todo tipo. En España, por ejemplo nos escamotearon durante años algunos fragmentos de los Epigramas venecianos de Goethe en los que confesaba sin ambages su afición por las putas, el vino y los coños, eliminando de un plumazo el verso en el que se incluyeran palabras como las citadas. (1) Y así podríamos irnos hasta Aristófanes.

Sin embargo, aunque Rusia no tiene la exclusividad en eso de prohibir, ocultar o censurar lo que tiene que ver con el sexo, sí es cierto que por sus circunstancias históricas, no ha habido en sus dominios ni un momento de respiro para el sexo impreso. Olga Vozdvizhenskaya, autora del prefacio de la versión bilingüe ruso-inglés de este diario añade una información muy valiosa al texto que nos ocupa:

“No fue el Gobierno soviético el que prohibió la discusión pública, hablada o escrita, sobre cuestiones íntimas, incluida la sensualidad y la satisfacción carnal. Por desgracia, Rusia adoptó la cristiandad en su forma bizantina, que animaba a la mortificación de la carne (durante La Cuaresma se prohibía incluso el “sexo legal”, es decir, el que practican los matrimonios). Esta dimensión de la vida humana quedó reducida, en el mejor de los casos, a “un apaciguamiento de los demonios” y en el peor, a la “fornicación”. Por ese motivo, la literatura no ha prestado atención a la necesidad humana de sexo, considerándolo algo bajo, vergonzoso e indigno.” (2)

Tal como demuestra este diario secreto, no es cierto que los escritores no prestaran atención a la sexualidad y al sexo. Lo que quiere decir Vozdvizhenskaya es que la censura se ha cebado siempre en Rusia con las cuestiones sexuales, que se ha perseguido siempre y se sigue persiguiendo ahora. Si no, que se lo pregunten a Vladimir Sorokin, al que jóvenes nostálgicos de lo no vivido amenazan por explicar un acto sexual entre dos personajes llamados Krushev y Stalin en su novela Goluboye Salo (Manteca de cerdo azul) y se enfrenta a un juicio para determinar si es o no un pornógrafo. Si lo declaran culpable se enfrenta a dos años de cárcel y una multa. De nada ha servido, de momento, repetir hasta la saciedad que Goluboye Salo es una novela.

El Diario secreto es interesante porque es una rareza, porque se ha conservado y demuestra que sí se hablaba y se escribía de sexo en la época de Pushkin, aunque los censores a sueldo y los censores por amor al corte se empeñaran y se empeñen en silenciar estos trabajos. Es un libro que llena huecos y silencios e impide que se imponga la voluntad de quienes todavía hoy han intentado prohibirlo a toda costa para salvaguardar la imagen de un héroe que no era más que un hombre que escribía muy bien. Hablamos de un libro que puesto en su contexto se convierte en un documento único, no sólo porque se buscó durante siglo y medio sin saber certeramente si existía; ni siquiera es único por su valor literario, que es más bien escaso comparado con otros trabajos de Pushkin, ni tampoco porque fuera de Pushkin. Es único por su valor testimonial, porque es uno de los pocos relatos de este tipo que se han conservado y han llegado hasta nosotros.

Sobre la autoría (3)

Me encantaría poder desvelarles la autoría del diario, pero temo que eso no está al alcance de mi mano. Es cierto que el estilo de este libro, que incluye el último año de vida del escritor y termina antes del duelo que acabaría con su vida, tiene poco del Pushkin que yo conozco y que es el de las traducciones españolas. Decir esto me resulta desolador, porque según sé por la hispanista Yulia Obolenskaya, esas traducciones han errado hasta la saciedad a la hora de captar el estilo de un Pushkin moderno, sobrio, directo. En lugar de transmitir esa idea, los traductores españoles de finales del XIX y hasta casi mediados del XX, optaban por traducir a Pushkin pensando que estaban ante el Byron ruso, una idea tomada de la crítica francesa, de quienes no sólo copiaron esta y otras ideas un tanto descabelladas sino también sus traducciones. Han tenido que pasar muchos años para tener traducciones directas del ruso y de cierta calidad. Pero esa es otra cuestión.

El idioma en que está escrito el libro es otro tema que me hace dudar que Pushkin sea el autor de Diario secreto. Mijail Armalinsky fue el encargado de sacar el libro de Rusia, allá por los años 70 del siglo XX, y fue el primero en publicarlo en 1986 en ruso a pesar de que el original hallado estaba escrito en francés. Nicolai Pavlovich, el historiador que dijo encontrar el manuscrito lo tradujo al ruso y se lo entregó a Armalinsky, que no tiene empacho en reconocer que el historiador no era precisamente un buen escritor. A mi me resulta cuanto menos curiosa elección la de optar por un idioma distinto del materno para escribir unas memorias. También es sospechoso que el manuscrito desapareciera para siempre una vez se tradujo al ruso y se editó en Estados Unidos.

Hay otro detalle que a mi me lleva a pensar que este libro no es de Pushkin y tiene que ver con el hecho de que está dedicado a su esposa, de la que no dice el nombre en la dedicatoria. Natalia Goncharova era una mujer hermosa, por la que Pushkin se batió en duelo al final de su vida y murió. Este diario narra algunas de las infidelidades cometidas en sus años de casado con todo lujo de detalles y dejando claro cuanto prefería la cama con las prostitutas que con su mujer, a la que deseó locamente durante los dos primeros meses de matrimonio. Pasado ese tiempo se cansó y se tiró a la calle donde vivió episodios que narra sin piedad para con la esposa a la que dice amar y a la que dedica el libro. Reconozco, sin embargo, que esta intuición mía es la más vaga, pues todos sabemos que hay multitud de formas de vengarse, que todas tienen en común cierto grado de crueldad y que esta sólo sería una especialmente cruenta.

Fuera quien fuera el que escribió este libro, veía claro cuál sería su importancia, pues ya en la introducción asevera lo siguiente:

“Dentro de unos doscientos años, cuando seguramente quede abolida la censura en Rusia al primero que le van a publicar su obra es a mi compatriota Barkov, y solamente después este diario, aunque me es imposible imaginar una Rusia sin censura.”

 


 

(1) Y no sólo en la traducción española, pues en “Nietsche contra Wagner el filósofo alemán critica la manía de sus compatriotas de ver en los escritores ejemplos de moralidad: “Es sabido el destino de Goethe en la avinagrada moralina de una Alemania solterona. A los alemanes siempre les resultó un tipo escandaloso, sólo entre las judías tuvo auténticas admiradoras. Schiller, el “noble” Schiller que les atronaba los oídos con grandes palabras, ése sí que estaba cerca de sus corazones. ¿Qué le echaban a Goethe en cara?: el “monte de Venus”; y que hubiese compuesto epigramas venecianos. Ya Klosptock le endilgó un sermón moral; y hubo una época en que Herder, al referirse a Goethe, usaba de preferencia la palabra ‘Príapo’”. (Siruela, 2002, traducción de José Luis Arántegui, pp 27-28).

(2) La traducción es mía.

(3) A la profesora Obolenskaya le pregunté sobre la autoría del libro de Pushkin y,aunque su respuesta llegó después de que se publicara el artículo, me parece conveniente resumir su opinión al respecto: “Como todos los pushkinistas, rusos y extranjeros, estoy segura de que este libro no lo escribió Pushkin. Es una falsificación cien por cien, hecha por un sexopatólogo, un libro que se vende bien entre el público ignorante que prefiere lo picante. Siempre es un alivio para la gente mediocre sacar algo sucio para decir: ‘¡Vaya genio, si es un psicópata sexual!’. En ruso están publicadas todas las cartas del poeta, sobre su mujer y sus relaciones. Son una maravilla y considero que sería mejor traducirlas en lugar de dar esta imagen del Marqués de Sade”

Obolensakaya también apunta a que el autor de este libro es el propio Armalinsky y en contra de los que dicen que el libro es de Pushkin, la profesora alega que no tiene sentido que estuviera escrito en francés: “Pushkin escribió bastantes poesías eróticas o de temática sexual, pero siempre en ruso y con gran cantidad de tacos y descripciones muy fuertes. En la época estalinista las publicaban sustituyendo estrofas enteras por puntos hasta el punto de que algunos poemas como “Guinda” (en su edición de 1937) tenía entre 40 y 50 líneas de puntos que sustituían los versos más fuertes para no herir la sensibilidad del lector discreto. Para Pushkin, como para muchos sus contemporáneos la sal de este tipo de obras estaba en las sabrosas palabrotas del idioma ruso y para él era como un juego, una chulería del gran artista y creador del riquísimo idioma ruso literario. En francés el famoso argot ruso, llamado ‘mat’ no tiene ningún sentido.”

Obolenskaya quería que añadiera una cosa que para ella resulta importante: “Hay que decir que el mismo Armalinsky fue sexólogo y autor de muchos versos (varios libros) y obras en prosa sobre sexo y relaciones perversas”.

 

Otra ocasión perdida de entender a Céline

L.-F._Céline_c_Meurisse_1932Todo sucedió en cuestión de horas. El ministro de Cultura francés, Frederic Miterrand, anuncia la Selección de Celebraciones Nacionales para 2011, un listado de las personalidades de la cultura a las que hay que conmemorar. Serge Klarfeld, un conocido cazador de nazis y presidente de la asociación de familiares de deportados judíos en Francia exige que se retire de la lista a Louis-Ferdinand Céline por su antisemitismo. Enseguida salta la polémica, sobre todo cuando otros personajes entran en escena. “Céline es un excelente escritor pero un perfecto cabrón”, dice por la radio el alcalde de París, Bertrand Delanoë. ¿Resultado? Que el ministro de Cultura da un paso atrás y Céline sale de la lista de los celebrados.

Javier Calvo, escritor, tiene clara su postura a este respecto: “Me parece estúpido que se ponga un calendario de celebraciones nacionales por el aniversario de la muerte de un escritor. No me interesa ninguna clase de institucionalización, y es más, no me creo que sea buena para la literatura”. Pero puestos a hacerlas, ¿es de recibo que un escritor a quien todos reconocen su brillantez como autor sea excluido de unos actos pensados para ahondar en su obra? “Fue un hombre de un antisemitismo virulento pero es también el autor de una obra que, con la de Proust, domina la novela francesa de la primera mitad del siglo XX”. Habla Henri Godard, uno de los mayores expertos en la obra de Céline y a quien el Gobierno francés había encargado un ensayo para iniciar las celebraciones de su obra. Un ensayo titulado muy acertadamente ¿Debemos, podemos celebrar a Céline? en el que el académico daba por superada las reticencias que hasta el momento habían existido con el autor francés.

En la misma línea se expresa el editor de Periférica, Julián Rodríguez: “Entiendo, por una parte, el sentimiento de esas familias respecto a todo lo que suene o recuerde al antisemitismo de Céline. Pero, por otra parte, he de confesar que me gustan mucho los libros de Céline, que están llenos de contradicciones, por supuesto, pero que son, sin duda, obras maestras. Como lo son los poemas de Ezra Pound, otro antisemita manifiesto”.

Una obra inmensa, un hombre nefasto

Que la obra de Céline es relevante en la historia de la literatura francesa y universal casi no da lugar a ninguna discusión. Lo que se pone de nuevo en la palestra es el viejo debate nunca resuelto: ¿hay que juzgar a los escritores por razones extraliterarias?

A Céline se le ha leído poco. Eso queda claro con sólo mirar las opiniones que se han vertido estos días en todos los medios de comunicación. “Viaje al fin de la noche” o “Muerte a crédito” son dos cumbres de la literatura francesa del siglo XX, un vómito a la cara del lector de un escritor con indigestión, asqueado de la vida y de los hombres en general. Y de los judíos en particular. “La misantropía muy pronto encuentra al judío en su camino”, dice George Steiner (Extraterritorial, Siruela, 2002) a propósito del enigma Céline, en el que considera que coexisten “un talento literario de primer orden con una evidente bestialidad moral”.

También es cierto que sobre Céline se ha escrito mucho pero pocas cosas han quedado claras y quizás este habría sido un buen argumento para dedicarle un año e intentar profundizar en uno de los autores más contradictorios y complejos del siglo XX. Algunos estudiosos (entre ellos Erika Otrovsky en Céline an his Vision, University Press, Nueva York, 1968) han mantenido la distancia a la hora de ahondar en la obra de un autor que obliga a mojarse y han querido relativizar las opiniones que vierte Céline en Bagatelles per una massacre, Le beaux traps y L’ecole de cadaveres, los tres panfletos que dan pie a la polémica.

Hace unos años era imposible encontrar un ejemplar de los que se editaron en los años 30, pero ahora internet da la posibilidad de acceder a ellos. No hay más que echarles un ojo para ver que Céline no es tibio, habla de matar a todos los judíos, acabar con unos seres a los que considera abortos podridos que pudren todo lo que hay a su alrededor. Estas y otras lindezas son las que se pueden encontrar en estos panfletos. Sus apologistas se empeñen en usar una herida de guerra que recibió Céline en la cabeza para quitar hierro a sus opiniones. Que si confundía la realidad con la literatura, que si tenía un miedo enfermizo a una nueva guerra desde que cayó herido… Su obra posterior demuestra que Céline era perfectamente consciente de lo que decía y escribía y que más que un loco era un cretino. Mandó a la mierda al mismísimo Hitler pero, ¡cuidado!, no se retractó jamás de las barbaridades vertidas en los tres libros citados anteriormente.

Para Steiner, Céline y Jonathan Swift tienen mucho en común y quizás sus panfletos hasta podrían interpretarse en clave de humor negro, bestial y salvaje. Sin embargo, es cierto que Swift nunca intentó matar a un niño para que comieran los pobres (Una humilde propuesta, Alianza, 2002) y por el contrario, hay pruebas suficientes para saber que Céline se reunió con el gobierno nazi de Francia en Sigmaringen y que por eso fue a la cárcel aunque él asegurara que todo había sido un plan de Andre Malraux y otros escritores franceses de izquierdas para quitarlo de en medio por el gran éxito de Viaje al fin de la noche.

Su mujer, Lucette Almanzor, se pasó medio vida intentando que no se editaran los libros de la discordia. Fue a los tribunales en varias ocasiones para secuestrar las obras porque su marido había prohibido que se editaran al considerar que podían malinterpretarse. ¿Una postura sincera o un intento por ahorrarse problemas en sus últimos días de vida? Sea como fuera, estas cosas ya no se tienen en cuenta a la hora de juzgar a Céline, cuyos panfletos no dejan lugar a dudas sobre su antisemitismo pero cuyas obras literarias permanecen y ganan cuanto más tiempo pasa.

“Es un caso muy excepcional, porque normalmente no coinciden en la misma persona méritos literarios tan altos con posturas políticas tan odiosas. Quizá Hamsun, cuyo legado en Noruega es tan incómodo como el de Céline”, nos cuenta Miguel Aguilar, editor de Random House Mondadori. Por fortuna es un caso excepcional, lleno de contradicciones, que plantea cuestiones que deberíamos si no resolver, si plantearnos. Sartre en “¿Qué es la literatura?” (Losada, 2004) lanzaba un órdago y pedía que alguien le dijera una buena novela escrita por alguien que defendiera el antisemitismo. Con Céline perdió la apuesta. Porque tal como dice Steiner, la cultura no nos libra de la barbarie.

“Un hombre puede tocar las obras de Bach por la tarde, y tocarlas bien, o leer y entender perfectamente a Pushkin, y a la mañana siguiente ir a cumplir con sus obligaciones en Auschwitz y en los sótanos de la policía”. (Extraterritorial, Siruela, 2002).

Tres lecciones sureñas

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Dos relatos, uno de Flannery O’Connor y otro de Truman Capote recuperados por Nórdica Libros hablan de los pueblos y algo que parece imbatible: la mezquindad.

Nórdica Libros promete que los relatos de su colección Minilecturas duran lo mismo que una película y cuestan lo que una entrada de cine. Lo segundo es cierto. Lo primero no, son algo más cortos, pero no importa. Si siguen editando alhajas como las que acaban de sacar al mercado, destinaré los euros que ahora me gasto en ver bodrios a ampliar mi joyero literario. La cosa va de pueblos, de pueblerinos y de los que creen no serlo.  Una coja, su madre y una criada con dos hijas nacidas para parir son los personajes que Flannery O’Connor presenta en La buena gente del campo, que ni es tan buena y a veces, ni siquiera parece gente. El chico católico piadoso y bondadoso resulta ser un monstruo para una joven deformada y muy formada que tiene datos pero poca vida.  Y aquí está la primera lección que se aprende en un pueblo: el conocimiento no es el arma adecuada para combatir la mezquindad. En los pueblos de los que habla O’Connor (en todos, diría yo y permítanme la sinécdoque) se concentra la maldad como si fuera una pastilla de Avecrem.

De esto sabe algo también Truman Capote. En  Niños en su cumpleaños, el relato seleccionado por Nórdica para Minilecturas, está mi Capote favorito: el sencillo, el brutal,  el del trazo fino. Sus ojos se centran en una niña. La niña nueva que llega de la ciudad. Una niña que en realidad es una mujer de diez años por obra y gracia de los tirabuzones, el maquillaje y una capacidad resolutiva que no tiene ninguno de los adultos del pueblo. Una niña así no quiere vivir en un pueblo. Su sueño es irse. Pero la mata el autobús de las seis justo antes de partir . (No desvelo nada, lo explica Capote en la primera página). Y de esta manera, se queda allí para siempre. La segunda lección: ningún forastero se sale con la suya en un pueblo.

Literatura sureña, la llaman. A mi me gusta más hablar de literatura de pueblo. Porque ninguno, no importa en qué punto de Google Maps se encuentre el pueblo, te ahorra la atosigante pastilla de Avecrem. Capote lo tiene claro y mata a su protagonista : “¿No querías huir? Pues jódete y muere”, parece decirle el pueblo estupefacto. Pero no quiero ser tosca. No la mata sólo la mezquindad ajena, de la misma manera que a la coja de O’Connor no la engaña sólo el chico piadoso que resulta ser un refinado torturador. A ambas las destroza la pastilla de Avecrem mezclada con su propia soberbia y su falta de perspectiva. Ahí va la tercera lección que nos dan estos dos grandes: sentirse superior no significa serlo. Al que llega a un lugar pequeño se le pone la nariz respingona de tanto mirar con asco un mundo que parece hecho a la medida de un liliputiense. Un pensamiento tan pueblerino como tantos otros. Y es que todos venimos de ahí.

Por cierto, le escatimaré unos euros a Nórdica para ir al cine cuando a alguna sala se le ocurra pasar Wise Blood, otra joya de Flannery O’Connor que John Huston convirtió en película.