Strummer, Bisbal, Barcelona

Bajo del tren, salgo a la calle y cojo un taxi. “¿Llegas o vuelves?”, me pregunta el dueño. Su pelo oscuro, sus pecas y su descaro me recuerdan a Sandino, invento de Carlos Zanón en ‘Taxi’, propietario de un Prius amarillo y negro que no quiere regresar a casa porque cree que Lola, su mujer, lo va a dejar esa noche. Como él, tampoco yo quiero volver, pero lo hagoaunque vivir en la ficción tiene ventajas. El conductor de la novela es un poquito quien es por The Clash mientras que el mío sintoniza Radiolé porque una cosa es lo que soñamos ser y otra lo que somos. Joe Strummer contra David Bisbal, si los sumo a ambos y los divido entre dos, no salgo yo. Es la fórmula, sencilla, que demuestra que el arte no es la vida.

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Ni sexo ni cocaína: música

Lean ‘Filosofía y consuelo de la música’, de Ramón Andrés (Acantilado, 2020). Háganlo: no importa si lo hacen de corrido, eligiendo el capítulo más atractivo o yendo directamente a la conclusión de cada uno, donde el autor elige un poema o una anécdota con la que convence al lector de hasta qué punto la música nos construye, nos cura y nos alienta. En sus páginas se traza la historia del “arte de las musas” siguiendo la historia de las ideas. “La música es también pensamiento. Por eso cabe preguntarse por toda cosa que suceda en ella”, dice el autor recordándonos que también es una ciencia.

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El dios principal

“No es una guerra”, dijeron y repitieron a pesar de que poco a poco hemos visto escorarse los bandos. “Dejad el lenguaje bélico”, pidieron a los periodistas después de que el presidente del Gobierno comunicara el estado de alarma como quien anuncia una batalla. Es cierto que no vemos sangre ni oímos gritos –quizás porque no podemos ir a funerales ni entrar en las UCI–, pero sí hay desconcierto y, a estas alturas, un hedor a autoridad minada. 

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La familia mata

“La familia mata”. Deberían imprimirlo en las cajas de preservativos y en las de píldoras anticonceptivas con el mismo fin que se advierte en los paquetes de tabaco de las consecuencias de fumar, pero no para dejar de hacerlo, sino para evitar olvidar la goma o la toma. Lo que yo no olvido es cómo definió un profesor de Antropología a la familia: “Es la fuente de toda neurosis”, sentenció en clase y yo clavé el bolígrafo en el bloc. “Y ahí vamos, de manera irremediable, al sacrificio”, añadió ante unos veinteañeros aquel hombre –casado, con amante y tres hijos– como si describiera el destino.

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Bailar en el espacio

Dos veces por semana, sobrevuelo el Eixample para comprobar si Rudy mantiene la ‘osteria’ de la calle Muntaner donde yo viajaba -con la boca- hasta esa Italia que no sé si podré morder de nuevo. Luego, miro el patio de mi vecina, buscando su pelo cano y los periódicos que lee cada día bajo la luz grisácea de Barcelona. Así recorro ahora mi ciudad, desde lejos, o mejor desde una nada con forma de app llamada Google Earth a la que me acostumbré durante el Primer Confinamiento, cuando comprobé que solo la distancia se reproduce a una velocidad parecida a la de un virus.

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Estamos hechos de tiempo

En ‘You remember the planes’ (‘Recuerdas los aviones’), Paul Auster cuenta una historia ambientada en la epidemia de polio que en los años 50 obligó a separar a miles de niños de sus familias para evitar el contagio. Entre el dolor y la impotencia, se coló el odio y a las piernas infantiles paralizadas de por vida y a los ataúdes blancos se sumó la xenofobia, solo comparable en velocidad y esencia a sus iguales: virus, bacterias y bulos. En medio de esa maraña, el protagonista toma conciencia de que es judío, pues uno averigua quién es de veras cuando se aterra.

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De repente, Nochevieja

Empieza la película. Entre la niebla y la nieve, se ve una casa, pero el director prefiere acercar la cámara a los arbustos cuajados y a la hierba, congelada, rígida, como muerta. De pronto se oye la música, y se ven dos artistas callejeros por una vereda entrando a Milán. Intentan conseguir unas monedas con sus flautas, pero se topan con un organillero que mueve la manivela: con cada giro, aumenta su desventaja y deciden seguir su camino en busca de una esquina que les depare mejor fortuna. Es Navidad, y a medida que se aproximan al centro de la ciudad, aumenta el brillo de las luces, el tráfico y la vida, expresada de esa forma tan humana que son los abrazos, los empujones y los gritos.

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La brecha personal

“Para mí eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia”. Ese que leen ahí, enamorado, es Andre Gorz, discreto discípulo de Sartre, no solo en su repercusión teórica, también en su vida privada. La frase está en ‘Carta a D.’ (Ático de los libros, 2019), dirigida a Dorine, su esposa durante 58 años y escrita antes de suicidarse juntos en el 2007 por la enfermedad terminal de la mujer y el pavor insostenible de aquel hombre a vivir sin ella. Pionero de la ecología política y enemigo de la automoción, a la que culpó de la mutación caníbal del capitalismo, Gorz explica su primera noche de amor, en 1947, la primera de muchas que celebraron en una cama de 60 centímetros –cómo mengua la comodidad en amores, epidemias y posguerras– donde la pasión se volvió necesidad y luego, matrimonio. En la misiva, se arrepiente de haberle amputado a su obra las caricias, los bailes y la luz que Dorine inyectó a su pensamiento.

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La cuna del tirano

No se deje atraer por los tonos pastel. No caiga en la tentación de decorar su comedor con muebles que parecen sacados de una clase de EGB. Déjese de vinilos, no masque chicles con sabor ‘vintage’. No mire atrás, no lo haga. Y si está a punto de hacerlo, siga leyendo y apunte: la nostalgia es el sentimiento más inútil del mundo. La rabia es capaz de mover montañas, también la esperanza. Y hasta la tristeza ­–sentimiento inequívoco del final de las cosas– le servirá para medirse ante sí mismo, sus miedos y sus sentimientos y por eso nunca, jamás, hay que esquivarla. Ningún tiempo pasado fue mejor, lo que ocurre es que usted está –como yo, ella o nosotros- más solo que ningún otro humano que nos precedió. Que la nostalgia, veneno paralizante que nos atrapa en el entonces, es una epidemia lo demuestran también los libros sobre el asunto. Uno es el de Diego S. Garrocho, ‘Sobre la nostalgia: damnatio memoriae’ (Alianza, 2019) donde reflexiona sobre esa forma tan tramposa de hacer memoria capaz de convertir en condena hasta un momento glorioso de nuestra vida al no poder superarlo o repetirlo.

 

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No hay música en el futuro

Ni el pasado ni el futuro son difíciles. Uno pasó, el otro aún no ha llegado. Al primero hay que enfrentarse, al segundo, solo esperarlo. Complicado es el presente, eso que en la nueva Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo llaman, con un poco de desdén, “cortoplacismo”. El Gobierno de Pedro Sánchez, cuentan, no la ha creado para adivinar el porvenir sino para adelantarse a él y poner remedio a aquellas cosas que puedan necesitarlo. Parece que quieran cambiar algo que hace algo más de 20 años lamentaba en un artículo el catedrático de Filosofía, y hasta hace poco presidente del Senado, Manuel Cruz: que el futuro se hubiera convertido en algo poco deseable. “El tiempo venidero ha perdido los rasgos y las determinaciones que poseía aquella venerable idea, para pasar a ser el espacio de la reiteración, de la proyección exasperada del presente”, decía, criticando que tanta gente -incluida la progresista– volviera sus ojos al pasado para usarlo y abusarlo, también políticamente.

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