La brecha personal

“Para mí eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia”. Ese que leen ahí, enamorado, es Andre Gorz, discreto discípulo de Sartre, no solo en su repercusión teórica, también en su vida privada. La frase está en ‘Carta a D.’ (Ático de los libros, 2019), dirigida a Dorine, su esposa durante 58 años y escrita antes de suicidarse juntos en el 2007 por la enfermedad terminal de la mujer y el pavor insostenible de aquel hombre a vivir sin ella. Pionero de la ecología política y enemigo de la automoción, a la que culpó de la mutación caníbal del capitalismo, Gorz explica su primera noche de amor, en 1947, la primera de muchas que celebraron en una cama de 60 centímetros –cómo mengua la comodidad en amores, epidemias y posguerras– donde la pasión se volvió necesidad y luego, matrimonio. En la misiva, se arrepiente de haberle amputado a su obra las caricias, los bailes y la luz que Dorine inyectó a su pensamiento.

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La cuna del tirano

No se deje atraer por los tonos pastel. No caiga en la tentación de decorar su comedor con muebles que parecen sacados de una clase de EGB. Déjese de vinilos, no masque chicles con sabor ‘vintage’. No mire atrás, no lo haga. Y si está a punto de hacerlo, siga leyendo y apunte: la nostalgia es el sentimiento más inútil del mundo. La rabia es capaz de mover montañas, también la esperanza. Y hasta la tristeza ­–sentimiento inequívoco del final de las cosas– le servirá para medirse ante sí mismo, sus miedos y sus sentimientos y por eso nunca, jamás, hay que esquivarla. Ningún tiempo pasado fue mejor, lo que ocurre es que usted está –como yo, ella o nosotros- más solo que ningún otro humano que nos precedió. Que la nostalgia, veneno paralizante que nos atrapa en el entonces, es una epidemia lo demuestran también los libros sobre el asunto. Uno es el de Diego S. Garrocho, ‘Sobre la nostalgia: damnatio memoriae’ (Alianza, 2019) donde reflexiona sobre esa forma tan tramposa de hacer memoria capaz de convertir en condena hasta un momento glorioso de nuestra vida al no poder superarlo o repetirlo.

 

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No hay música en el futuro

Ni el pasado ni el futuro son difíciles. Uno pasó, el otro aún no ha llegado. Al primero hay que enfrentarse, al segundo, solo esperarlo. Complicado es el presente, eso que en la nueva Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia de País a Largo Plazo llaman, con un poco de desdén, “cortoplacismo”. El Gobierno de Pedro Sánchez, cuentan, no la ha creado para adivinar el porvenir sino para adelantarse a él y poner remedio a aquellas cosas que puedan necesitarlo. Parece que quieran cambiar algo que hace algo más de 20 años lamentaba en un artículo el catedrático de Filosofía, y hasta hace poco presidente del Senado, Manuel Cruz: que el futuro se hubiera convertido en algo poco deseable. “El tiempo venidero ha perdido los rasgos y las determinaciones que poseía aquella venerable idea, para pasar a ser el espacio de la reiteración, de la proyección exasperada del presente”, decía, criticando que tanta gente -incluida la progresista– volviera sus ojos al pasado para usarlo y abusarlo, también políticamente.

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No diga diversidad, diga ‘ververipen’

“La diversidad es riqueza”. Lo habrá leído en muchos sitios: periódicos, libros, manifiestos, también en alguna pancarta, pero en el fondo, no quiere decir nada. La diversidad es y ya, lo que enriquece es convivir, preguntar y discutir, –no vale polemizar sin más– con alguien con quien se tienen pocas cosas en común o una idea muy distinta de cómo gestionar la existencia. Si no es así, la diversidad es como una flor de tela en el ojal, que luce mucho y no huele a nada. Así la usan algunas empresas en sus planes de responsabilidad social corporativa: colgándola como una medalla o como un disfraz que calma la conciencia y brilla en el escaparate, en alguna camiseta y en las redes sociales.

No es distinto lo que hacen las cadenas de televisión que en sus informativos hablan de diversidad funcional, sexual, afectiva o racial para después, y en ‘prime time’, emitir ‘Los Gipsy Kings’, un ‘reality’ que es, en realidad, una ficción construida sobre una imagen de los calés tan de retal como la que de los indios nos dieron muchas películas del Oeste. 

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Marcel Proust y Rosalía: cien años no es nada

Horas antes de que Rosalía posara con sus tres Grammy Latinos, llegaba a las librerías ‘Proust, Premio Goncourt: un motín literario’, y la lectura de sus páginas tendió un puente inesperado entre la catalana, el francés y el siglo que media entre sus estrellatos. En ese libro, Thierry Laget analiza los ataques que recibió Marcel Proust tras ganar en 1919 el máximo galardón de las letras galas con ‘A la sombra de las muchachas en flor’.

“Es como una tortilla sin huevos”. Así definió una revista un libro que la mayoría de medios consideró indigno del galardón porque no abordaba la primera guerra mundial, el tema del momento, o porque a sus 48 años Proust les parecía demasiado mayor para recibir ese reconocimiento. Hoy, nadie pone en duda los premios a Rosalía, tampoco –o muy poco– el valor de los mismos, a pesar de que el Grammy nunca ha cotizado en términos artísticos. Sin embargo, el paralelismo entre ambos creadores se ve hasta en la base de sus propuestas: a ella le cuestionan si lo que hace es flamenco, a él que lo suyo fueran novelas y por eso los libreros, influenciados por la crítica, ponían sus ejemplares en el estante de cuentos.

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