Strummer, Bisbal, Barcelona

Bajo del tren, salgo a la calle y cojo un taxi. “¿Llegas o vuelves?”, me pregunta el dueño. Su pelo oscuro, sus pecas y su descaro me recuerdan a Sandino, invento de Carlos Zanón en ‘Taxi’, propietario de un Prius amarillo y negro que no quiere regresar a casa porque cree que Lola, su mujer, lo va a dejar esa noche. Como él, tampoco yo quiero volver, pero lo hagoaunque vivir en la ficción tiene ventajas. El conductor de la novela es un poquito quien es por The Clash mientras que el mío sintoniza Radiolé porque una cosa es lo que soñamos ser y otra lo que somos. Joe Strummer contra David Bisbal, si los sumo a ambos y los divido entre dos, no salgo yo. Es la fórmula, sencilla, que demuestra que el arte no es la vida.

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Bailar en el espacio

Dos veces por semana, sobrevuelo el Eixample para comprobar si Rudy mantiene la ‘osteria’ de la calle Muntaner donde yo viajaba -con la boca- hasta esa Italia que no sé si podré morder de nuevo. Luego, miro el patio de mi vecina, buscando su pelo cano y los periódicos que lee cada día bajo la luz grisácea de Barcelona. Así recorro ahora mi ciudad, desde lejos, o mejor desde una nada con forma de app llamada Google Earth a la que me acostumbré durante el Primer Confinamiento, cuando comprobé que solo la distancia se reproduce a una velocidad parecida a la de un virus.

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Estamos hechos de tiempo

En ‘You remember the planes’ (‘Recuerdas los aviones’), Paul Auster cuenta una historia ambientada en la epidemia de polio que en los años 50 obligó a separar a miles de niños de sus familias para evitar el contagio. Entre el dolor y la impotencia, se coló el odio y a las piernas infantiles paralizadas de por vida y a los ataúdes blancos se sumó la xenofobia, solo comparable en velocidad y esencia a sus iguales: virus, bacterias y bulos. En medio de esa maraña, el protagonista toma conciencia de que es judío, pues uno averigua quién es de veras cuando se aterra.

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De repente, Nochevieja

Empieza la película. Entre la niebla y la nieve, se ve una casa, pero el director prefiere acercar la cámara a los arbustos cuajados y a la hierba, congelada, rígida, como muerta. De pronto se oye la música, y se ven dos artistas callejeros por una vereda entrando a Milán. Intentan conseguir unas monedas con sus flautas, pero se topan con un organillero que mueve la manivela: con cada giro, aumenta su desventaja y deciden seguir su camino en busca de una esquina que les depare mejor fortuna. Es Navidad, y a medida que se aproximan al centro de la ciudad, aumenta el brillo de las luces, el tráfico y la vida, expresada de esa forma tan humana que son los abrazos, los empujones y los gritos.

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La brecha personal

“Para mí eras la portadora de la puesta entre paréntesis del mundo amenazante donde yo era un refugiado de ilegítima existencia”. Ese que leen ahí, enamorado, es Andre Gorz, discreto discípulo de Sartre, no solo en su repercusión teórica, también en su vida privada. La frase está en ‘Carta a D.’ (Ático de los libros, 2019), dirigida a Dorine, su esposa durante 58 años y escrita antes de suicidarse juntos en el 2007 por la enfermedad terminal de la mujer y el pavor insostenible de aquel hombre a vivir sin ella. Pionero de la ecología política y enemigo de la automoción, a la que culpó de la mutación caníbal del capitalismo, Gorz explica su primera noche de amor, en 1947, la primera de muchas que celebraron en una cama de 60 centímetros –cómo mengua la comodidad en amores, epidemias y posguerras– donde la pasión se volvió necesidad y luego, matrimonio. En la misiva, se arrepiente de haberle amputado a su obra las caricias, los bailes y la luz que Dorine inyectó a su pensamiento.

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