Enrique Morente y Edipo o el valor de un traspié

Hago un llamamiento a la censura. Propongo que en el octavo año de la muerte de Enrique Morente evitemos palabras como “revolución” o “genio”. No es que no lo definan, es que dichas así, sin explicarlas, no dicen nada. Lo que sugiero es que ahondemos y también, por qué no, le honremos recordando algún traspié del cantaor que se autodefinió como “el eterno discípulo”.

Yo me quedo, por afinidades, con su participación en El mito de Edipo Rey, obra que se estrenó en el Festival de Teatro Clásico de Mérida en 1982, de la compañía de José Luis Gómez, dirigida por Stavros Doufesis y a partir de la traducción que firmó otro inclasificable, Agustín García Calvo. El de Granada fue elegido para interpretar, junto a la cantante Natalia Duarte, lo que le encargaron en una obra que fue problemática desde el inicio, también para Enrique, de quien se quejó el equipo griego porque no entraba a tiempo o no llegaba a algunas notas.

La propuesta se puede ver en la web de RTVE. La aparición de Morente es corta y no de las más lucidas. No todo fue culpa suya, algo tendría que ver lo de meter el flamenco con calzador con una dirección musical que corrió a cargo de la parte griega. Apenas he encontrado algo escrito sobre una pieza que giró poco y casi no se dijo nada sobre el cantaor, pero siempre he creído que experiencias de ese tipo enriquecen a un artista tanto como sus éxitos.

Con esa idea en la cabeza vi en su día el documental Omega, dirigido por José Sánchez Montes y Gervasio Iglesias, donde me pareció que la angustia de Morente ante la producción del disco era real pero era antigua. El miedo que se le adivina ante la incertidumbre del proyecto con los Lagartija Nickno era nuevo para él, pero parece como si los tropezones hubieran hecho el efecto de curtirlo, no de arredrarlo.

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Las flamencas de LaboratoriA: a la justicia por la belleza

“Reniego de mi sino”, cantan Anna Colom y Cristina López en un esbozo de seguiriya. “Reniego de mi sino”, dicen en el mismo tono y con las mismas palabras que emplearon en su día Tomás Pavón o Chocolate. Pero es 2018 y si hasta el lugar donde cantan, El Dorado, prefiere llamarse Sociedad Flamenca a llamarse peña, está claro que nada significa hoy lo mismo que hace 50 años.

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David Lagos, creador flamenco

Mauri Buhigas / La Bienal
Mauri Buhigas / La Bienal

En el escenario del Café Alameda había cuatro hombres y un vaso negro. No se preocupe si no reparó en el detalle que anoche fue una noche para pulverizar esquemas y permitirle al futuro colarse por los oídos. El cantaor podría haber optado por una botellita de agua para aliviar su garganta y enfrentarse el vértigo, pero el suyo no era un recital al uso, por eso el recipiente no era de cristal, ni de plástico, ni era botella y era oscuro.

Si usted usa con frecuencia frases como “no le des más vueltas” o “así ya está bien” no entenderá lo del vaso ni quién es David Lagos, que tras estrenar Hodierno en la Bienal de Sevilla acaba de ponérselo complicadísimo a cualquier flamenco, a los de la ortodoxia, a los de la heterodoxia y mucho peor a los que venden humo. Porque la brecha temporal en el imaginario sonoro que abrió anoche el jerezano no está al alcance de nadie más que de él.

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Diez años sin Mario Maya, el flamenco que anticipó el futuro

“En el bis está el peligro”. La frase es de Mario Maya y la recuerda Isabel Bayón, que lo define como la mayoría de sus compañeros: culto, disciplinado y con un oído musical fuera de serie. “No le gustaban las obras largas y lo del bis es porque decía que el final era muy importante, pues puede destrozarte un buen espectáculo”, rememora la bailaora sobre un artista que falleció hace diez años.

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Juan Ramón Lucas: “Mi entrada en el flamenco fue muy fuerte: con un concierto de Agujetas y en La Unión”

Juan Ramón Lucas / foto: Desirée Rubio de Marzo

El periodista de Onda Cero ha publicado ‘La maldición de la Casa Grande’, una novela que explica la historia de Tío Lobo y de la Sierra Minera de Cartagena de finales del XIX, donde abundaba el flamenco, la desigualdad y una explotación laboral que el madrileño ha narrado sin concesiones.

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