“La Barcelona de hoy es una ciudad antipática”

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Xavier Theros es el autor de ‘Barcelona a cau d’orella’(Ed. Comanegra), una crónica de la capital catalana con fotos de Consuelo Bautista que sigue los pasos y el método de la guía secreta que escribió Josep Maria Carandell en 1974.

La cita es en el Café de la Ópera, un buen lugar para hablar de la Barcelona de todos los tiempos, que es de lo que se encarga Xavier Theros en su nuevo libro. “Barcelona a cau d’orella” (Comanegra, 2013) es una crónica de la capital catalana a la manera de la “Guía secreta de Barcelona” que publicara Josep Maria Carandell en 1974. “Fue uno de los primeros libros que adquirí de adolescente y que me hizo interesarme por la ciudad”, explica Theros, que confiesa que los artículos que lleva diez años publicando en prensa y la multitud de anécdotas, curiosidades y pequeñas tramas que tiene apuntadas en cientos de papeles le han hecho la tarea más fácil. “Lo que me da miedo es actualizarla”, cuenta el poeta, antropólogo y cronista al preguntarle cuántos comercios o bares de los que cita en sus páginas cree que seguirán en pie cuando revise su libro, en una ciudad donde los locales abren, cierran y vuelven a abrir sus puertas con una velocidad pasmosa.

“No soy esencialista”, expone clara y directamente en relación a los comercios centenarios que desaparecen de la ciudad y que él también recoge en su guía. “Hay que tener claro que detrás de un negocio que desaparece hay una persona que quizás ya no puede mantenerlo, o ha recibido una buena oferta por ese local”, dice Theros. Para él, los políticos deberían proteger ciertos lugares que albergan buena parte de la historia de la ciudad, como es el caso del bar Marsella, de 1820, o el London, “el último reducto de una calle tan importante como lo fue siempre Nou de la Rambla”. Pero también tiene claro que no se puede echar en cara a nadie que cierre un local de toda la vida cuando ya no es rentable.

Una cronista discreto
En “Barcelona a cau d’orella”, Theros apunta muchos de los males de la ciudad, pero no hace sangre. Al preguntarle por ese distanciamiento, contesta con firmeza: “La protagonista es la ciudad, no yo” y añade que le parece que ya hay mucha gente opinando de todo. “Si los opinadores se tomaran las cosas en serio, verían lo complejo que es todo como para tener opiniones tan definidas sobre cualquier tema”.

¿Y qué queda de la Barcelona que narró Carandell? “Ha pasado un mundo. La etapa socialista, los Juegos Olímpicos, un enorme cambio urbanístico y arquitectónico… y el descubrimiento de una nueva industria, el turismo, que lo ha cambiado todo”, resume Theros a la velocidad del rayo. “A Barcelona le esperan muchos cambios importantes: en diciembre se produce el final de los alquileres antiguos y eso generará polémica durante 2015. Por otro lado, hay una serie de medidas recogidas en el programa de CiU que pueden significar un cambio importante para la fachada marítima de la ciudad, así como en el Paralelo o el Poble Sec”. Theros enumera y enumera y enseguida se da cuenta de la imposibilidad de abarcarlo todo en unas cuantas frases: “Un cronista puede aventurar pero no saber hacia dónde va a ir la ciudad que explica”.

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Los ‘hostels’ ilegales hacen el agosto en Barcelona

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“En Barcelona, la ocupación de los hostels ha descendido un 30% y la bajada de precios este verano ya ha caído hasta un 40%”. Quien habla es Sergio Jáuregui, propietario de dos albergues juveniles en la capital catalana y tesorero de la Associacio Catalana d’Albergs Turistics de Catalunya (Acatur), una entidad que ha puesto una abogada en nómina para luchar contra la proliferación de los establecimientos ilegales.

Sus cifras chocan con las del número de turistas que han llegado a Barcelona y que una vez más, ha sido de récord. “Estamos hablando de que ya hay cuatro camas ilegales por cada una legal”, explica Sergio a Barcelonés e indica que esos albergues se aprovechan de la llegada de tantos visitantes a quienes ofrecen precios muy bajos que se pueden permitir porque no pagan impuestos, ni tienen que adaptar los locales a “unas normativas muy duras” y muchas veces ni siquiera tienen asegurados a sus trabajadores. Acatur se queja de la permisividad de las instituciones con este tipo de locales, “que pueden operar entre dos y tres años hasta que las autoridades los cierran”.

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La jaula se volvió pájaro

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Las fotografías que se muestran en La Virreina Centre de la Imatge del último año de vida de Carmen Amaya no la muestran como la mujer alegre que algunos han descrito. En las archiconocidas imágenes del rodaje de la película “Los Tarantos” (Francisco Rovira Beletta, 1963) Carmen tiene el semblante triste. Colita, que es muy dueña de los sentimientos ajenos, la retrató con ese gesto agrio, duro y dolorido, que no doliente. Carmen siempre estuvo enferma, quizás aquellos riñones suyos que tanto malestar le dieron, le dejaron esa expresión en la cara.

Eso y otras cosas, claro.

De la muestra llama la atención la superficialidad con la que se trata al personaje. No las fotos, claro, que son como radiografías del sentir de La Capitana, sino de la muestra en sí, del poco espacio y del monotema sobre su fuerza, su duende y su misterio. Me encantaría que hablaran, aunque solo fuera de vez en cuando, de las cuitas de Carmen Amaya, de sus anhelos, de sus frustraciones de una forma más profunda.

Y de esa otra cosa que nadie mienta, claro.

Por más que la conocieran o admiraran, escritores, periodistas, amigos, flamencos varios, siempre dan descripciones demasiado parecidas sobre su persona. Hablan de sus brazos, de su nervio, de su brío, de dos o tres anécdotas siempre repetidas que dicen muy poco de alguien que representó tanto para la cultura flamenca, la gitana y también “la catalana”. Esto último lo dijo el conseller de Cultura, Ferran Mascarell, en la inauguración del Año Carmen Amaya.

Pero también a él se le olvidó hablar de esa otra cosa, claro.

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Sin políticas de empleo para los inmigrantes

18/4/2013

La cifra del paro de los extranjeros es doce puntos superior a la de los autóctonos y un grupo de sociólogos alerta sobre la falta de políticas de empleo que permitan la vuelta al mercado de trabajo de un colectivo que consideran muy vulnerable.

Al finalizar 2011 la tasa de desempleo de la población inmigrante en España doblaba la de los autóctonos. En la última Encuesta de Población Activa de enero de este año, la diferencia entre unos y otros era de doce puntos: 24,23% los españoles, frente a un 36,5% de la población de nacionalidad extranjera. Las diferencias se acortan pero lo que se iguala en este caso es la pobreza. “Muchas veces se ha usado el argumento de que articular políticas específicas para inmigrantes podía generar segregación. Se daba por bueno que los inmigrantes se enfrentan a los mismos problemas que los autóctonos para encontrar empleo. Pero yo creo que esa igualdad no es cierta”, explica Óscar Molina, miembro del QUIT, un grupo de trabajo sobre vida cotidiana y trabajo perteneciente a la Universitat Autònoma de Barcelona. Es coautor del informe “Nuevas estrategias para la Inmigración: recualificación para un nuevo mercado de trabajo” en el que aseguran, entre otras cosas, que no existen políticas de empleo apropiadas para hacer frente a esta situación.

Según Molina, “los trabajadores extranjeros no tienen una serie de recursos sociales que les permitan aguantar mejor y durante más tiempo una situación de desempleo de larga duración”. Es el caso de Enriqueta Rojas, una peruana de 44 años que llegó a Barcelona en 2004. Vive con su pareja y su hijo de 14 años en un piso de Poble Sec. Está en paro desde hace más de tres años y en casa solo entran los 400 euros de ayuda que recibe su marido. “Tenemos amigos e intentamos ayudarnos entre nosotros, pero estamos en situaciones parecidas y al final, no puedes pedirle que te ayude a quien está como tú o peor que tú”. Para ellos, pedirle ayuda a su familia de Lima no es una opción. Al preguntarles por si se plantean volver, la respuesta es rotunda: “No podemos, ni debemos. ¿Qué hago con un chico ya adolescente, que tiene su vida, su colegio, sus amigos, aquí?”.

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Vivir solo sin ser un ‘single’

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19/12/2012

En Barcelona, la cifra de hogares unipersonales se ha doblado en una década. ¿Cuántos viven solos de manera voluntaria y disfrutan de su situación? ¿Qué pasa con la gente que vive sola porque no le queda más remedio? ¿Cómo afrontan una situación tan incierta como la actual?

En los últimos años nos hemos acostumbrado a oír hablar de singles, solteros que tienen trabajo e ingresos y que disfrutan al máximo de su soltería. Es una figura que ha ayudado a eliminar el estigma que pesaba hasta hace poco sobre las personas que decidían vivir sin pareja y sin compañeros de piso y también, no hay que olvidarlo, a crear un nuevo perfil de consumidor o cliente. Sin embargo, tal como apunta el sociólogo de la Universitat Autònoma de Barcelona, Enrico Mora: “Se trata de un concepto que solo es posible en el contexto de las sociedades contemporáneas, fundadas en el individualismo moderno que han facilitado la producción de la persona como individuo” y añade una cuestión importante al tema que nos ocupa:

“No es lo mismo vivir solo sin los recursos económicos suficientes que disponer de una posición social que nos permita satisfacer todas nuestras necesidades”.

Según el Instituto Nacional de Estadística, más de tres millones de personas viven solas en España y en Barcelona, hay más de 200.000 viviendas unipersonales, cifra que representa el 30% de los hogares de la ciudad. En uno de ellos vive Leila Máquez, separada desde hace tres meses. “Me separé porque mi relación ya era insoportable y ahora me hago cargo del alquiler de 750 euros con un sueldo de 950. Es obvio que no me salen los números y por eso mis padres me echan una mano”. No se plantea volver a la casa familiar porque “sería un fracaso”, pero tiene claro que debe buscar un compañero de piso. “Pero voy a esperar un poco, porque ahora mismo no estoy como para compartir espacio con un desconocido”, explica a Barcelonés.

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