Cartas desde París

Amado J.,

te escribo de camino a París. «¿Por qué una carta?», preguntarás. Te la debía. Tenía que responderte desde el mismo lugar desde el que me escribiste sabiendo ya que me querías pero sin querer decirlo. Vengo donde estuviste, pero no me acompañas. Tampoco vienen Scott Fitzgerald ni Kerouac. Crecí con ellos, también contigo, y a ratos mengüé porque el proceso de maduración nunca es constante, pero hoy voy en busca de Davis, Wharton o Pardo, porque un día fueron suplemento, pero en este viaje van a ser mi pan y mi agua. He vuelto a leerlas, a seguirlas y ahora quiero caminar junto a sus casas, recordarlas y probar, si hiciera falta, lo que bebieron.

Tranquilo, no voy a París a reflejarme, voy a morirme. A anular mis ojos tan hechos a lo evidente y probar otras miradas que las revivan, que las traigan de un silencio y un olvido que no merecen. Pero no hablaré de Marianne, ni de Juana de Arco. Ni del dúo de Simones que más me ha hecho pensar, Beauvoir y Weil. Las que deben guiarme en mi paseo son extranjeras porque eso es lo que es cualquiera que viaja y siente la «experiencia insular» de la que habló Susan Sontag.

Me pregunto para qué hicieron este trayecto: para trabajar, para salvar la vida, la cabeza y por amor, cómo no. Discrepo con ellas en ciertas cosas, ya lo imaginas, pero preparando el camino he encontrado alguna hermandad inesperada. «Si yo fuera rica, no tendría casa. Una maleta grande y a viajar siempre», escribió Carmen de Burgos «Columbine», primera corresponsal de guerra española, pero más publicitada por haber sido pareja de Ramón Gómez de la Serna que por su valentía. Por eso, amor, en estas cartas, tú serás sólo inicial y yo nombre y apellidos: no porque yo sea mejor, sólo porque es necesario.

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Ni Kafka, ni Chéjov, ni Poe: los insectos de Leena Krohn son poesía

Dice la información que acompaña este libro que su autora, Leena Krohn, está a la altura de Franz Kafka, de Anton Chéjov o de Edgar Allan Poe, pero lo verdaderamente emocionante de su prosa es la poesía. Su lirismo alcanza la profundidad de las agujas, que sólo se notan cuando ya han tocado nervio y hacen sangre haciendo poco daño.

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Menos libros, más poetisas

Un 43.80% de los griegos reconoce que no lee. Las últimas encuestas indican que en Grecia aumenta el número de lectores, pero también que los nuevos lo hacen por obligación: para pasar exámenes o por trabajo. Esas son las últimas cifras oficiales en un país que ha vivido lo peor de una crisis que ha asolado el mundo entero y que diez años después también ha cambiado radicalmente el sector editorial de la cuna, no sólo de la democracia, también de la poesía occidental. 

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