Ladrillo, turismo y desfachatez

Playa Burbuja Un viaje al reino de los señores del ladrillo es eso que tanta gente dice que escasea y es mentira: periodismo. Lo que pasa es que a veces no está en los medios sino en los libros. El que practican Ana Tudela y Antonio Delgado en este ejemplar autoeditado está hecho a partir de datos y de investigaciones, con esmero y sin prisa, e informa de las consecuencias de la fiebre constructora en la costa mediterránea en el siglo XX.

Tudela y Delgado forman Datadista, un proyecto informativo que huye del ruido y que nació con los Cuadernos de la Corrupción, donde se explicaban de forma sencilla las macrocausas judiciales españolas de los últimos tiempos. De ahí a Playa Burbuja, un libro que han hecho, dicen, también para demostrar que se puede practicar el periodismo lejos de la obsesión actual que tiene los medios por conseguir clics y más clics. Y lo han conseguido.

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Devorar el Douro

Hoy, a media mañana, mi cuerpo se quitó de encima nueve almanaques y medio. Pasó en un coche negro, cuando observaba el modo en que dos hombres jóvenes hablaban y se conocían. Fue en una curva donde sin darme cuenta me sorprendí sumando sus vidas con la mía y las dividí entre tres: así volví a la edad en que dejé de fumar.

Cuando tomé aquella decisión, sentí que estrenaba cuerpo, y no me sentí más adulta, ni más responsable, sino más niña, más limpia, tierna de nuevo. Entonces, como hoy, me volvieron a brotar el paladar y el olfato y un sexto sentido que me hizo creer durante un tiempo que todo tenía arreglo.

Vuelvo a notarlo: desde que hice esa media dejó de dolerme el cuello, no preciso ni las gafas y siento que peso menos. Hay quien lo llama esperanza.

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Clases de periodismo en postales

El periodista no juzga. El periodista no juzga. El periodista no juzga. Esta repetición no es errata, es tatuaje que Caparrós nos recuerda desde El Salvador, donde entrevista a un ex-pandillero de la mara Salvatrucha o en Sri Lanka, donde cohabita con pederastas que se encaman con chiquitos de ocho años. Esas cosas no las hace un periodista porque sea un depravado ni porque crea de veras que todas las voces valen lo mismo, lo hace más bien porque usted, su madre y su abuela tienen derecho a conocer (¿es también obligación?) la parte más repugnante del mundo, del turismo y de los seres humanos.

La albina del dinero

Dos hermanas. Una viva y otra muerta. La primera está maldita por tener «el cerebro bañado de sabiduría blanca», por querer saber y leer. La segunda ha vivido bendecida por una característica única, la de ser una negra albina, rasgo que la convertirá en apetencia sexual de los hombres, es decir, en fuente de beneficios para su familia. «La Dinero y todo Dinero» la llama su gente, la tribu y el vecindario, pero se ha muerto, la han matado, ya no existe y con su asesinato, no generará ni un céntimo. 

Este es el planteamiento de la segunda novela de Trifonia Melibea Obono, escritora y activista de los derechos de los gays y lesbianas nacida en Evinayong, Guinea Ecuatorial, en 1982. En su primera novela, La Bastarda se centraba en el lesbianismo, pero en «La albina del dinero» abre el foco para hablar de las mujeres en su conjunto, de su relación entre ellas y las pone en contexto: el de la sociedad, la Historia y la política de Guinea Ecuatorial.

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Hacer del desamparo un arte: Olivia Laing en Nueva York

«Estaba obsesionada por encontrar relaciones, pruebas físicas de que otras personas habían pasado por lo mismo que yo y, mientras vivía en Manhattan, empecé a reunir obras de arte que parecían articular la soledad o sufrirla». Así describe Olivia Laing el contenido de La ciudad solitaria. Aventuras en el arte de estar solo (Capitán Swing, 2017), libro que es dietario, relato de idas y venidas por la ciudad y crítica, afinada y personal, de obras de arte y de artistas. El lugar no es un pueblo, ni el campo, ni una ciudad pequeña o mediana. Lo que retrata Laing en este libro es cómo se manifiesta la soledad «en las ciudades modernas y más concretamente cómo se ha manifestado en Nueva York a lo largo de los últimos setenta años». 

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Cartas desde París

Amado J.,

te escribo de camino a París. «¿Por qué una carta?», preguntarás. Te la debía. Tenía que responderte desde el mismo lugar desde el que me escribiste sabiendo ya que me querías pero sin querer decirlo. Vengo donde estuviste, pero no me acompañas. Tampoco vienen Scott Fitzgerald ni Kerouac. Crecí con ellos, también contigo, y a ratos mengüé porque el proceso de maduración nunca es constante, pero hoy voy en busca de Davis, Wharton o Pardo, porque un día fueron suplemento, pero en este viaje van a ser mi pan y mi agua. He vuelto a leerlas, a seguirlas y ahora quiero caminar junto a sus casas, recordarlas y probar, si hiciera falta, lo que bebieron.

Tranquilo, no voy a París a reflejarme, voy a morirme. A anular mis ojos tan hechos a lo evidente y probar otras miradas que las revivan, que las traigan de un silencio y un olvido que no merecen. Pero no hablaré de Marianne, ni de Juana de Arco. Ni del dúo de Simones que más me ha hecho pensar, Beauvoir y Weil. Las que deben guiarme en mi paseo son extranjeras porque eso es lo que es cualquiera que viaja y siente la «experiencia insular» de la que habló Susan Sontag.

Me pregunto para qué hicieron este trayecto: para trabajar, para salvar la vida, la cabeza y por amor, cómo no. Discrepo con ellas en ciertas cosas, ya lo imaginas, pero preparando el camino he encontrado alguna hermandad inesperada. «Si yo fuera rica, no tendría casa. Una maleta grande y a viajar siempre», escribió Carmen de Burgos «Columbine», primera corresponsal de guerra española, pero más publicitada por haber sido pareja de Ramón Gómez de la Serna que por su valentía. Por eso, amor, en estas cartas, tú serás sólo inicial y yo nombre y apellidos: no porque yo sea mejor, sólo porque es necesario.

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Ni Kafka, ni Chéjov, ni Poe: los insectos de Leena Krohn son poesía

Dice la información que acompaña este libro que su autora, Leena Krohn, está a la altura de Franz Kafka, de Anton Chéjov o de Edgar Allan Poe, pero lo verdaderamente emocionante de su prosa es la poesía. Su lirismo alcanza la profundidad de las agujas, que sólo se notan cuando ya han tocado nervio y hacen sangre haciendo poco daño.

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Menos libros, más poetisas

Un 43.80% de los griegos reconoce que no lee. Las últimas encuestas indican que en Grecia aumenta el número de lectores, pero también que los nuevos lo hacen por obligación: para pasar exámenes o por trabajo. Esas son las últimas cifras oficiales en un país que ha vivido lo peor de una crisis que ha asolado el mundo entero y que diez años después también ha cambiado radicalmente el sector editorial de la cuna, no sólo de la democracia, también de la poesía occidental. 

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