El dios principal

“No es una guerra”, dijeron y repitieron a pesar de que poco a poco hemos visto escorarse los bandos. “Dejad el lenguaje bélico”, pidieron a los periodistas después de que el presidente del Gobierno comunicara el estado de alarma como quien anuncia una batalla. Es cierto que no vemos sangre ni oímos gritos –quizás porque no podemos ir a funerales ni entrar en las UCI–, pero sí hay desconcierto y, a estas alturas, un hedor a autoridad minada. 

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