Marisol, ni Salinger ni Bansky

Octubre de 2019. En la mesa de un restaurante malagueño se repite una pregunta: “¿Irá Marisol a recoger el Goya de Honor?”, preguntan los invitados al Congreso de Periodismo de la Fundación Manuel Alcántara. “Pepa no irá”, replican los periodistas del lugar casi al unísono descartando llamarla por su nombre artístico.

Que Marisol sólo existe ya en el imaginario colectivo quedó claro en esa comida, también en la desaparición de aquella niña-chica-mujer prodigio que no vive escondida, pues aunque evita los focos, no evita la luz, que recibe directa en el lugar que eligió hace años: el Paseo de la Farola del barrio de La Malagueta, una lengua de tierra que se cuela en el Mediterráneo.

Allí saca a su perro, pasea con su pareja de más de dos décadas, Máximo Stecchini, y se la puede ver con su hermana Vicky, casi la única, además de sus hijas, con quien comparte su rutina diaria en un enclave desde donde se ve el muelle de los ferris que van a Melilla, el bloque de La Equitativa, edificio que albergaba en tiempo una compañía de seguros, o la catedral de Málaga. No es un rincón oscuro, al contrario: es de los más luminosos del Mediterráneo y por él camina ella casi a diario, siempre con gafas de sol y apenas molestada por sus vecinos.

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