Biografía poética de la mujer Limón

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Todo ojo es espiral. Ninguno es en realidad redondo, ni plano, ni de un solo tono. Si todos son de color es porque muchas pinceladas se conjuran para hacerlos parecer azules, marrones, verdes. Son pizquitas, puntos, destellos, una mezcla de la sangre y del entorno que en el caso de Rocío van del zarco al gris pasando por el clorofila. En el medio, como en todos, una pupila. Una que es oscura y centro, el núcleo de su espiral, un lugar que se ha ampliado desde que siendo muy chica leyera versos así:

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.

La madre de Rocío escribió esas líneas de Khalil Gibran en un cartel y lo colgó en la pared de la habitación donde cada noche soñaban sus hijas. Quizás lo puso allí para convencerse, luchando contra su vientre, de que es mejor para la Humanidad darle alas a la prole. Pero el mensaje llegó al futuro y es el primer poema que su niña chiquita, adulta ya y de vuelo largo, recuerda haber memorizado.

Somos lo que leemos, también Rocío. ¿Y quien no lee no existe? Tampoco es eso, pero sí será alguien distinto a quien podría ser, no cabe duda.  Cuesta no creer que de esa imagen infantil yendo a dormir con los ojos clavados en los versos de un libanés de otro siglo no le venga a Rocío la querencia por los versos de gentes dispares y lejanas en el tiempo. Porque ella prefiere la poesía a la prosa y se le vienen a la boca Santa Teresa o William Shakespeare con tanta naturalidad como afina su voz privilegiada.

Pero antes de ser artista, Márquez, de segundo apellido Limón, fue niña. Una enganchada al “mola un pegote” de Manolito Gafotas, el hiriente inocente, el de la tierna ironía, la más bella del mundo. “Es el primer libro que recuerdo, por eso me hizo tanta ilusión conocer a Elvira Lindo”, contesta ella, que dice que tiene “tendencia extremista” incluso en sus hábitos lectores. Lo dice de lejos, por teléfono,  desde uno de sus viajes, y se descubre como una persona de todo o nada que sólo se aferra a un libro si está de humor y si está sola. He ahí un rasguito de carácter, un aroma de citrón.

Pero tiene más:

“’Nobleza hereditaria’ es la vanidad que yo fundo en que, 800 años antes de mi nacimiento muriese uno que se llamó como yo me llamo y fue hombre de provecho aunque yo sea inútil para todo”.

Lo escribió José Cadalso, otro escritor que cita Márquez, autor de Cartas Marruecas. En esas páginas hay una autocrítica amarga y directa al país, España, y al modo en que aquí hacemos las cosas. Hay ahí alergia a la comodidad, que es otra forma de heredar: tumbarse a esperar, a recibir, creer merecer. No es el caso de Rocío.

En un momento de su vida, nadie sabe exactamente cuándo, a Márquez le nació otra voz. En realidad, estuvo ahí desde siempre, hablándole bajito, como si le saliera de una laringe paralela. Un día, vaya usted a saber si fue a causa de un grito, de una injusticia o de un escalofrío, la voz salió, brotó, bramó y entonces, Márquez pasó a ser Limón, un fruto fuerte y recio, ajeno a las modas y las temporadas que sólo se arredra un poquito si hace frío. A partir de entonces, la mujer Limón no temió citar a Simone de Beauvoir porque los libros, en realidad, confirman lo que ya intuimos, y por eso no es casualidad que el que más veces ha regalado a sus seres queridos sea uno de Isabel Escudero. Alfileres lo tituló su autora porque, según explicaba en sus recitales, eran coplas cortas y afiladas y porque “la poesía, si es inocua, no sirve de nada”.

Alfilerito, te clavo
sin que lo sepas.
Debajo de las palabras
se hace la guerra.

Alfileres, una aguja con cabeza, algo que pincha, que señala un camino o sujeta un tejido que será camisa, vestido o falda o no será nada y nada pasará porque a veces lo importante no es lograr, sino apuntar. Como hace aquí la mujer Limón con versos propios con los que dispara flechas de punta cítrica:

Voces que no digan nada
callen o aprendan a hablar,
que con la que está cayendo
no hay tiempo pa’ divagar.

“Alfileres”, dice Márquez Limón alejándose del tópico que lleva a cualquier flamenco a cantarle a Federico García Lorca o a Miguel Hernández cuando ya sabemos todos lo bien que lo hicieron otros: Carmen Linares o Enrique Morente son dos ejemplos. Pero la mujer Limón intuye, quizás ya sabe, que el ojo que sólo observa hacia dentro está condenado a secarse. También que uno que mira a los lados, amplía el radio. Y que sólo el que contempla lo que ocurre fuera y lejos, aumenta el tamaño de su pupila y el de su vida. Eso hace la mujer Limón cuando abre la boca y además de acordarse de su querido Pepe Marchena, se acuerda de Leonard Cohen, el ronco con el corazón licuado que además de cantar sobre el aire, garabateó papeles:

Seguí la carrera
del caos al arte.
Deseo es el caballo,
depresión el carro.

Pero la mujer Limón también lee diarios. El de Erika Irusta, una contemporánea, donde habla de la menstruación, tabú del que muy probablemente nadie compondrá nunca una soleá porque la mujer sigue siendo su envoltorio y no un ente político donde ocurre todo. El otro es el de Frida Khalo y ambas son memorias que tienen en común el uso de una primera persona cruda y sin maquillar que a algunos molesta porque consideran moda lo que no es más que la necesidad vital, para la sociedad y la especie, de que las mujeres no callen más.

Las velas de mi barco
aguantan temporales,
mi bandera es mi canto
que está hecho de retales,
de horas que m’ha dao la vida,
de alegrías y pesares…

Así escribe y canta Rocío en Firmamento, tomando la voz y la palabra en un disco que toma el título de otro poema de Isabel Escudero. Porque la mujer Limón también escribe, lo hace desde pequeña. Siempre verso libre, apenas prosa. Hace poco encontró un cuaderno de cuando tenía ocho años que le trajo muchísimos recuerdos. Seguro que a su cabeza cuajada y ambarina llegó también la visión de aquel cartel lleno de sabiduría que su madre colgó de una pared del cuarto donde soñaba de niña. Versos que aumentaron sus pupilas, sus alas y su volada y que ella asegura que un día no muy lejano va a convertir en canción.

 

  • Artículo publicado en la revista El Canón. Ilustración de Manuel León para el disco Visto en el Jueves.