No diga diversidad, diga ‘ververipen’

“La diversidad es riqueza”. Lo habrá leído en muchos sitios: periódicos, libros, manifiestos, también en alguna pancarta, pero en el fondo, no quiere decir nada. La diversidad es y ya, lo que enriquece es convivir, preguntar y discutir, –no vale polemizar sin más– con alguien con quien se tienen pocas cosas en común o una idea muy distinta de cómo gestionar la existencia. Si no es así, la diversidad es como una flor de tela en el ojal, que luce mucho y no huele a nada. Así la usan algunas empresas en sus planes de responsabilidad social corporativa: colgándola como una medalla o como un disfraz que calma la conciencia y brilla en el escaparate, en alguna camiseta y en las redes sociales.

No es distinto lo que hacen las cadenas de televisión que en sus informativos hablan de diversidad funcional, sexual, afectiva o racial para después, y en ‘prime time’, emitir ‘Los Gipsy Kings’, un ‘reality’ que es, en realidad, una ficción construida sobre una imagen de los calés tan de retal como la que de los indios nos dieron muchas películas del Oeste. 

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