Adoquín, perro, caballos o reguetón: por qué los políticos españoles ya no temen al ridículo

La chanza de Pablo Casado a Pedro Sánchez diciéndole que hasta su partido lo echó para que no se presentara a otras elecciones o el tono despectivo con el que Santiago Abascal hizo su “propuesta patriótica” frente al resto de “partidos progres” son dos ejemplos de que la burla es una herramienta básica para achicar al adversario a base de ridiculizarlo. Durante el debate de este lunes que tuvieron los cinco candidatos que se disputan la presidencia el próximo 10 de noviembre se vieron más ejemplos de un arma dialéctica que ya describió Aristóteles. Lo que el pensador griego no recogió en sus escritos, quizás porque entonces no hacía falta, es cuál es la utilidad de que un político se ponga en ridículo a sí mismo. Es lo que hizo Albert Rivera con el adoquín que blandió desde su atril para hablar de un tema tan serio como los altercados de Barcelona.

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