Formiggini, un suicida en un país sin obituarios

En 2018 se han cumplido 80 años de la aprobación del Manifiesto Racial de Mussolini, el que arrebató la nacionalidad italiana a los judíos e inició su persecución. El mismo año de su entrada en vigor, el editor Angelo Fortunato Formiggini protestó por esas leyes tirándose de un campanario.

“Ha muerto como un judío: tirándose de una torre para evitar un disparo”. Achille Starace, secretario del Partido Fascista, informa del suicidio de Angelo Fortunato Formiggini llamándole cobarde y confirmando que, más pronto que tarde, el intelectual iba a sufrir la misma suerte que otros judíos. Pero su desdén no solo muestra desprecio, también oculta el impacto que la muerte del editor le ha causado al gobierno de Mussolini.

Cuatro años antes, en 1934, los mensajes del régimen para referirse a los hebreos eran muy distintos. “Gracias al renacimiento sionista, una fuerte generación judía se alza en Palestina”, dijo el Duce durante su visita al pabellón judío en una feria celebrada en Bari. Allí, Mussolini elabora un discurso repleto de agradecimientos a una comunidad que le brinda grandes apoyos. Pero cuatro años después, el punto número 9 de su Manifiesto Racial dice así: “Los judíos no pertenecen a la raza italiana”. De esa frase clara y tajante Italia se alinea del todo con la Alemania de Hitler.

Para dejarlo aún más claro, el 5 de agosto de 1938 sale a la calle La defensa de la raza, una publicación quincenal que servirá para divulgar los puntos de un manifiesto que prohíbe a los judíos entrar en Italia, casarse con ciudadanos italianos, trabajar en empresas públicas y privadas de carácter público o ejercer como abogados o periodistas y dedicarse a determinadas actividades intelectuales. Formiggini es uno de los aludidos. Se siente italiano y masón, no judío, pues en su familia hay muchos católicos y él apenas es practicante, pero eso no lo libra de ser perseguido. Por eso el 28 de noviembre de 1938 coge un tren en Roma, va hasta Módena, se dirige a la catedral, sube hasta el campanario y se tira al vacío.

El humor y Joyce

Formiggini nace en 1878 en una familia judía. Estudia Lenguas Clásicas en Módena, Leyes en Bolonia y Letras en Roma, donde se doctora con una tesis sobre la Filosofía de la Risa. El humor es una constante en su vida y en su obra. En las fotos que se conservan en la Biblioteca Estense de Módena siempre luce una sonrisa pícara y socarrona. “Solo la risa distingue a los hombres de los animales”, le dice a Serena Calabi Modigliani hija de su amigo Giulio, fundador de la empresa editora Messageria Italiana, la que se ve obligado a venderle a Arnoldo Mondadori cuando entran en vigor las leyes racistas.

Portada de la ‘La Secchia’, primer título de la colección de Formiggini.

Cuando Formiggini inaugura su carrera como editor aún es profesor de filosofía en el Instituto Convitto Ungarelli de Bolonia. Tras participar en un festival dedicado a Alessandro Tassoni, autor modenés que escribió entre los siglos XVI y XVII, a Formiggini le entra el gusanillo de dedicarse a los libros. Su primer título es La secchia rapita (El cubo secuestrado), un poema heroico-burlesco, género que se mofa de la poesía épica, en el que Tassoni rememora un episodio histórico que había enfrentado a los modeneses con sus vecinos de Bolonia por ver quién se quedaba con un cubo de madera.

En 1908, Formiggini abre su local en Módena aunque al poco tiempo se traslada a Génova, atraído por una vida comercial más intensa. Allí edita la Revista de Filosofía e inaugura El huevo de Colón, el periódico de la alegría humana, una publicación satírica en la que escriben él y algunos de sus amigos. No tarda en labrarse fama de editor singular y con gusto, un hombre que cuida a los autores y los detalles. En un ensayo sobre la historia de los libros y los editores en Italia, Giorgo Montecchi, profesor de Biblioteconomía en la Universidad de Milán, lo retrata como editor contraponiéndolo a Mondadori. Mientras el primero emplea una forma artesanal de trabajar los libros, el segundo aplica una visión más comercial con la que busca un rendimiento del autor a largo plazo. Por algo se conocía a Mondadori en el mundo editorial como Incantabiss, “encantador de serpientes” en el dialecto de Mantova, su tierra natal.

La reputación de Formiggini atrae la atención de muchos autores, entre ellos uno con el que comparte el gusto por el humor sutil y mordaz: James Joyce. El irlandés quiere que el italiano se encargue de convertir en libro los artículos que publica en el diario Il Piccolo della Sera, donde ha recalado recomendado por Italo Svevo para escribir una sección titulada “Irlanda desde el bar”. El libro nunca ve la luz pero entre ambos nace una amistad que se mantendrá por carta.

Roma, el principio del fin

El coste de la vida en Génova hace que el editor se plantee otra mudanza, esta vez a Bolonia, pero estalla la Primera Guerra Mundial, se alista y su plan de cambiar de ciudad queda en suspenso. Lo que no cesa es su actividad: prueba de ellos son las cartas con instrucciones que envía desde el frente a su mujer, la pedagoga Emilia Santamaria, con quien trabaja en la editorial desde el inicio. Al acabar la contienda, sigue con la idea de mudarse pero el matrimonio se lo piensa mejor y cambian de destino: Roma, la ciudad donde nació Emilia será el lugar donde la Casa Formiggini acabe de convertirse en un punto de referencia de la intelectualidad italiana.

En la capital, entra en contacto con gente influyente del mundo de la cultura que le abrirá muchas puertas. Es allí donde inicia su colección “Clásicos del humor” de la que llegará a publicar 600 títulos entre reediciones, títulos propios y traducciones. Una de sus aportaciones fue introducir en Italia la obra de otro pícaro, Laurence Sterne, autor de Tristam Shandy. También en Roma anuncia la creación de la Casa de la Risa, un archivo en el que reúne 4.581 libros y piezas relacionadas con el humor y empieza a editar una nueva revista: L’Italia che scrive.

Giovanni Gentile /Wikicommons

Según explica Paola di Pietro Lombardi, una de las historiadoras encargadas de recuperar el legado de Formiggini a principios de los años 80, la revista fue el mejor órgano de promoción de la literatura italiana en Europa y en ella escribieron editores de toda Italia. A financiarla lo ayudan sus nuevos amigos del Instituto para la Promoción de la Cultura Italiana. Entre ellos, Giovanni Gentile, ministro de la Instrucción Pública, el mismo que dos años más tarde se encargará de defenestrarlo para colocar a hombres afines al régimen fascista en su lugar. Ocurre tras la Marcha sobre Roma (1922), la que acabó con Mussolini asumiendo el cargo de primer ministro.

Es ahí cuando empieza el calvario y el fin de Formiggini, que había sentido admiración por el Duce, pero nunca había comulgado con su partido ni sus jerarcas, que hicieron todo lo posible para anularlo. Por ejemplo, demorando la publicación de un diccionario de personalidades italianas que también contaba con patrocinio público. Empieza a tener problemas económicos, pero acaba de entender la gravedad de su situación cuando se entera de que su local, ubicado en la Plaza del Campidoglio, está afectado por una de las muchas reformas de espacios públicos que organiza Mussolini para aumentar las tasas de empleo. Formiggini sigue editando, traduciendo y peleando, pero cuando se encuentra batallando para no perder su empresa se aprueban las leyes raciales y es entonces cuando se da cuenta de que es su vida lo que está en juego.

 

Un final diseñado

“Formiggini diseñó su trágico epílogo en protesta contra la legislación racial: quería reclamar su condición de italiano y no aceptó que el régimen lo discriminara al considerarlo como judío”, explica a Boletín Descartes el historiador Matteo Al Kalak pocos días después de que el Ayuntamiento de Módena haga público que le ha puesto el nombre del editor a la calle en la que se suicidó. De ese modo conmemoran el 80 aniversario de la aprobación de las leyes raciales y la muerte de Formiggini, que en su día quedó silenciada, pues como informa Al Kalak, “el régimen prohibió su funeral, que se hizo en privado y en secreto”.

El gobierno de Mussolini, preocupado por el impacto de esa muerte, también impidió que se informara del deceso siguiendo las normas de la censura fascista, que tuvo entre sus objetivos crear una imagen de país estable y feliz. Por eso obligó a los medios a suprimir las secciones de sucesos y según indica Philip V. Cannistraro en La fabbrica del consenso, fascismo e mass media, llegaron a dictar medidas tan ridículas como prohibir que se informara de catástrofes meteorológicas, de epidemias, los obituarios y por supuesto, los suicidios, especialmente si era el de algún banquero. La consigna era la siguiente: solamente se informa de lo que beneficie al régimen. “Lo que es nocivo, se evita”, indicó Mussolini de su puño y letra en una carta enviada en 1926 a todos los periódicos y emisoras de Italia.

De ocultar la muerte de Formiggini se cuidaron especialmente porque les afectó y no podían calibrar su impacto: no era un agitador, ni un revolucionario, era un intelectual prestigioso al que habían borrado, de la noche a la mañana y por racismo, del censo de los italianos. Si es cierto, como opinan algunos historiadores que la persecución de a los judíos fue el suicidio intelectual de Italia, el de Angelo Fortunato fue el primer paso, y el más literal, de esa pérdida. “Formiggini no se inspiró en los ideales antifascistas, como sí hicieron los miembros de la resistencia. Lo que hizo fue protestar contra las leyes raciales que lo llevaron al colapso económico y le impidieron continuar su trabajo como editor y protagonista cultural. Pero ni al hacerlo dejó Formiggini de apelar al líder”, explica Al Kalak. Como prueba, su catálogo y su final: uno de los primeros títulos que edita es un ensayo sobre la obra periodística de Mussolini, a quien va dirigida una de las tres cartas que envió antes de matarse.

La segunda era para el Rey Umberto. La tercera, para su querido amigo Giulio Calabi, que la recibió en su exilio de París y a quien le explica el motivo de su suicidio: sacudir a la opinión pública. También le aclara por qué se ha matado con los bolsillos llenos de dinero: no quiere que los fascistas puedan achacar su muerte a problemas económicos. Al Kalak dice que Formiggini “diseñó” su final y es cierto. No hay más que prestar atención a los detalles: se mató en la misma ciudad donde nació y en el mismo lugar, la Torre della Ghirlandina, donde Tassoni recreó la historia de La secchia rapita, su primer libro como editor. “¡Italia, Italia, Italia!”, chilló mientras caía de una altura de más de 80 metros sabiendo que ni su salto ni su voz aparecerían en una prensa donde no existían los suicidios, los terremotos, ni las gripes. Pero, ¿y si Formiggini le estaba hablando al futuro?

Unas palabras escritas pocos días antes de su muerte insinúan algo así: “Ni con hierro, ni con plomo, ni con fuego se puede salvar la libertad. Solo la palabra puede hacerlo y eso es lo primero que el tirano apaga. Pero el silencio de los muertos reverbera en los corazones de los vivos”.

 

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