Intelectuales nazis: apuestos, cultos y asesinos

Esta entrevista se hizo cuando Creer y destruir salió a la venta: hace año y medio. La pieza no se publicó en el medio que la había comprado por motivos que tienen que ver con la inestabilidad laboral a la que está sometida una periodista autónoma. La promoción del libro caducó, pero no el libro ni lo que cuenta en esta entrevista el historiador francés Christian Ingrao: el papel que tuvieron destacados académicos alemanes en los órganos de represión del Tercer Reich.

Silvia Cruz Lapeña

“Eran apuestos, brillantes, inteligentes y cultivados. Y fueron responsables de la muerte de varios cientos de miles de personas”. Así arranca Creer y destruir Los intelectuales en la máquina de guerra de las SS (Acantilado, 2017), libro en el que el historiador francés Christian Ingrao analiza las trayectorias de 80 intelectuales nazis. El volumen, de más de 500 páginas, nació como una tesis doctoral y sigue siéndolo, pues el redactado acusa la rigidez de tono y forma que exige la academia. El contenido de la investigación, sin embargo, logra suplir en ocasiones la falta de fluidez de la escritura.

Ingrao, autor de otros tres títulos sobre el nazismo sin traducción en España y ex director del Instituto de Historia del Tiempo Presente en su país, buceó en los archivos de la SA y las SS para entender por qué unos hombres de clase media y con una formación académica impecable se unieron a los órganos de represión del Tercer Reich. Al centrarse en ellos, quitó el foco de Hitler y confirmó que ni los campos de concentración, ni el exterminio fueron obra de un único hombre sino fruto de creencias compartidas por toda una generación anclada en la derrota de la Primera Guerra Mundial.

“Fue el primer conflicto bélico en el que se movilizó a los niños y la clase media, a la que pertenecían esos intelectuales, lo recibió con cierta excitación. Perder esa contienda fue un trauma”. Esa derrota, dice el historiador, les inculcó una idea apocalíptica que les acompañó durante buena parte de su vida: la de la muerte colectiva de la nación alemana.

LA GALAXIA ‘VOLKISCH’

Entre sí eran distintos, pero el contexto y la universidad uniformó a unos hombres entre los que había sociólogos, economistas, periodistas, filósofos o historiadores que sirvieron a Hitler como reclutadores y también como legitimadores de ideas racistas y genocidas. Por eso es tan interesante el capítulo que dedica Ingrao al papel de las universidades. “Cuando ellos tuvieron edad de ir a la universidad, los centros del conocimiento ya eran volkisch, palabra que quiere decir folklore pero también tribu o nación y hace referencia al populismo”.

Ingrao ofrece un dato que informa de cómo era el ambiente académico de 1919: al 59% de los universitarios les parecía bien que les pidieran el árbol genealógico para acceder a sus estudios. “Las ideas de estos intelectuales vienen de la República de Weimar. Lo que hizo el nazismo fue sistematizarlas”. Leipzig, Gotinga o Heidelberg son algunas de las universidades en las que coinciden y donde pasan a formar parte de redes estudiantiles poco numerosas pero muy politizadas.

“Los estudiantes ideologizados en los años 20 eran una minoría. Por ejemplo, de los 10.000 de la Universidad de Berlín, 9.600 se declaran apolíticos”. Sólo 400 estaban muy politizados, dice Ingrao, y entre ellos, 300 eran volkisch de extrema derecha y cien eran comunistas. “Y de esos últimos, la mitad eran demócratas, con lo que fue fácil hacerlos callar o sacarlos de escena”, cuenta para explicar la poca resistencia que encontró el nacionalsocialismo.

UNA VIDA EN GUERRA

Ingrao explica con pasión su libro. Tiene en la cabeza todos los datos, las cifras y los nombres. Y un temor: que el mecanismo que aumentó los seguidores del nazismo no sea tan raro ni tan del pasado. “Su éxito radicó en que ofrecían un proyecto de futuro”, dice y habla también de la Francia de los años 50 y 60 y de la Siria de 2010. “Esos eran proyectos de izquierda, pero los jóvenes carismáticos y cool de la Alemania de los años 20 eran los nazis con su ideario volkisch ofreciendo un futuro alternativo a la democracia, que ellos relacionaron con el pasado, el fracaso y la derrota. Por eso la gente les sigue”.

Pero, ¿cómo se pasa de las ideas a matar? Ingrao reconoce que le cuesta entender la mentalidad nazi, pero tras sus pesquisas se atreve a apuntar que algo tuvo que ver que fueran hombres que vivieron toda su vida en una dialéctica de guerra. “Desde que pierden la Primera hasta el final de la Segunda Guerra Mundial están en lucha. Para ellos no ha habido descanso, la amenaza de que Alemania va a ser destruida es constante”. De ese modo, su objetivo principal es salvar a su país, a sus mujeres y sus hijos. “Poco importa que para conseguirlo tengan que matar a esposas y niños de otras personas. Es el tipo de cosas que en el universo emocional nazi no se cuestiona”.

SIN LUGAR PARA OPORTUNISTAS

Mujeres de las SS en Bergen-Belsen. / wikicommons

“En todos los casos se conjugan ambiciones científicas con compromiso político”, explica el autor del libro sobre estos intelectuales. Decían ser objetivos, recurrían a la ciencia para explicar sus ideas y por eso dice Ingrao que no pretendían nazificar los avances “sino politizar todos los problemas de la sociedad”. Así convirtieron la Historia, la Sociología, el Periodismo o la Etnografía en sus materias favoritas: a través de ellas justificaban su visión del mundo. “Por ejemplo, plantean la Historia como una lucha racial del siglo XV al XX y sitúan a Alemania como la encargada de mantener unida a la raza nórdica, en lucha constante y a muerte contra la raza judía”.

La firmeza de sus convicciones hacía difícil que se colaran entre sus filas aprovechados u oportunistas. “Es un perfil que no tiene sentido en un movimiento como este. Hay que pensar que su formación universitaria y la militancia son exigentes y además, van de la mano. Quienes acceden a esos puestos y esas carreras están convencidos. De otro modo no hubiera funcionado”.

El de los intelectuales nazis, explica Ingrao, era un mundo de hombres. “La policía está cerrada a las mujeres, excepto en puestos subalternos, como secretarias. Sin ellas la institución no funciona, pero su papel es subterráneo y no aparecen en los documentos a pesar de que muchas actuaron como informantes o confidentes”. Ingrao explica que en los documentos privados sí están y que ha podido leer cartas de esposas y amantes que contestan a otras donde son informadas de matanzas que no condenan. “El papel de la mujer nazi fue muy relevante en la militancia de base, pues de las 35.000 personas que se calculan trabajaron para llevar a cabo la utopía nazi, 18.000 eran mujeres”.

SOMATIZAR LA VIOLENCIA

En el libro de Ingrao se puede seguir el rastro de varios silencios. Uno hace referencia a la Primera Guerra Mundial, de la que apenas hablan o escriben las víctimas que devendrían nazis. Otro está en la falta de información sobre las redes estudiantiles de las que formaron parte y que también callaron. El más llamativo, sin embargo, es el de la ocultación de algunos crímenes. “Choca que hombres que reconocieron auténticas barbaridades nieguen hasta el final haber matado niños”, dice Ingrao.

En el libro, se puede leer que tras 900 interrogatorios, ya perdida la guerra, sólo un centenar de personas hizo referencia al asesinato de críos y sólo uno reconoció haber matado a alguno. “La ejecución de niños es un tabú, como otros que hay en la narración que hicieron los nazis de sus vidas y sus fechorías”, cuenta Ingrao, que no ha encontrado en toda su investigación a un solo hombre que abandonara la lucha. Hay alguna reculada, pero nunca relacionada con motivos morales. “Por ejemplo, un día al jefe de policía de Kiev se le puso en huelga toda la tropa porque no querían matar a miles de judíos con camiones de gas. ‘Fusilar sí, pero camión no’ fue la postura”.

La violencia les afectaba. En Creer y destruir es muy interesante conocer cómo afrontaron los intelectuales nazis sus carnicerías. Los casos son variados y van de la frialdad absoluta de Otto Olhendorf hasta la ambivalencia de Walter Blume: “Que Dios coja confesado a quien sorprenda disfrutando allí de la tarea”, le dijo a su tropa cuando entró en Rusia un hombre que vomitaba tras cada ejecución y que procuraba matar a sus víctimas lo más alejado de ellas.

“Lo espeluznante es que superaba ese asco y ese miedo para seguir cumpliendo con su tarea”, cuenta Ingrao. Según lo indagado por el autor, sí hay algo que comparten los 80 hombres a los que ha seguido el rastro: el mensaje de que toda crueldad estaba prohibida. “Otra cosa es que entendían ellos por crueldad”.

LOS INTELECTUALES NO SE SUICIDAN

Cada cual hizo con la violencia cometida lo que pudo, pero ninguno se echó atrás, ni siquiera al final. La inminente derrota de Alemania provocó miles de suicidios entre las filas nazis, no sólo entre los oficiales, también entre civiles y militantes de base. “Cuando las tropas soviéticas entran en Berlín en 1945, hay 18.000 suicidios en los dos primeros días. Hasta 4.000 personas se tiran al río. La pulsión suicida es enorme en la Alemania de ese último año de guerra”, explica el historiador.

Pero la élite académica parece inmune a ese instinto: ninguno de los intelectuales estudiados por Ingrao tomó la decisión de quitarse la vida. “Tengo una teoría, pero no puedo demostrarla con documentos: eran niños de la Gran Guerra y vivieron en una lucha constante toda su vida, pero en realidad esta era la primera contienda que perdían. Era una generación distinta a la de los oficiales y el suicido era algo que no se planteaban”.

Otto Ohlendorf y Heinz-Jost durante el Juicio a las Einsatzgruppen. / wikicommons

Los hombres estudiados por Ingrao siguieron caminos muy parecidos: de la universidad y la militancia en asociaciones estudiantiles volkisch a las SA, después a las SS y finalmente a las SD, el servicio de inteligencia del Tercer Reich. De este organismo llegó a ser jefe Olhendorf. Su caso es uno de los que más llama la atención de Ingrao por tratarse de un “nazi puro” que confesó todos sus crímenes con orgullo aún sabiendo que su declaración le costaría una pena de muerte. Es muy conocida su declaración en el Juicio a los Einsatzgruppen, posterior a Nuremberg, en el que se le acusó de haber dirigido a un grupo que mató a más de 90.000 personas en el frente oriental. Allí hizo declaraciones como esta:

– Antes, ¿cómo se ejecutaba a las mujeres y los niños?

– Del mismo modo que a los hombres, fusilándolos.

“Confesó todo con una frialdad impactante. Fue una figura clave del Tercer Reich porque también pasó por el Ministerio de Economía y jamás se arrepintió”. Ingrao afirma que “ni los historiadores alemanes son capaces de entender el modo de operar y sentir de los nazis, que tampoco fue homogéneo” y asegura que aquella idea de nación amenazada y en guerra ya no existe. “La mató Stalin cuando sacrificó a parte de su pueblo para darles de comer a los alemanes”, dice refiriéndose al Pacto Ribbentrop-Mólotov que firmó con Hitler y que convirtió en aliados a los dos dictadores durante 22 meses. “Que quien debía destruirlos los ayudara fue un golpe para ellos. Yo creo que ahí murió el nazismo”.

Acabas de leer un artículo publicado en Boletín de descartes.
¿Y qué es Boletín de descartes? 
Ir a portada