Cuidadoras frente a la muerte

La parca es un tabú. Así lo explica Philippe Ariès en su libro de ensayos ‘Historia de la muerte en Occidente’, donde narra la forma en que la hemos ocultado hasta convertirla en algo que sucede pero apenas se ve. Primero se protegió a los niños de cadáveres, ataúdes y entierros; luego, se mintió al moribundo al no informarle sobre su esperanza de vida. Con el tiempo, también se alejó a la familia, que apenas se encarga ya de amortajar a sus muertos. Luego, avanzado el siglo XX, el tabú se hizo extensible a la enfermedad y a la vejez y eso explica por qué tanta gente no pase ya la última etapa de su vida ni muera en casa. “Es muy duro ver que alguien se apaga. Aunque no sean de mi familia”, dice Lorena Espinola, una mujer de 34 años que trabaja desde los 20 en un geriátrico. La Ley de Dependencia de 2006 multiplicó el sector de los cuidados y el número de empleadas –alrededor del 90% son mujeres– que atienden a quienes ya no pueden valerse por sí mismos. Entre sus tareas: asear, lavar la ropa, dar de comer, evitar llagas, curar, vestir o suministrar medicación. También proporcionan otras cosas imposibles de medir: “Un mimo, un abrazo, escuchar”, dice Carmina Puig, doctora en Antropología de la Universitat Rovira i Virgili, sobre los intangibles del cuidado, acciones sin precio pero con valor. Y aunque no es su misión, también contribuyen a apartar enfermedad, vejez y muerte de nuestras ocupaciones y de nuestras casas.

El reportaje completo en Mujer Hoy.