Maja Aretz, una sirvienta entre dadaístas

En El País Semanal publiqué la historia de Luise Strauss, primera esposa de Max Ernst. Historiadora del arte, curadora, periodista y artista judía nacida en Colonia y asesinada en Auschwitz en 1944. Con este artículo amplío la historia desde abajo y con un personaje clave en su vida: Maja Aretz, la niñera de su hijo Jimmy.

Silvia Cruz Lapeña

Una zapatilla sucia es el origen de la bronca. Corre 1922 y el ofendido es Max Ernst, entonces artista en ciernes. La “culpable”, Luise Strauss, historiadora del arte y su mujer desde hace cuatro años. Es curadora de museos, pero desde que nació Jimmy, se ocupa de él y de atender en casa a los amigos con los que su marido ha formado en Colonia el círculo dadaísta de la ciudad. La discusión, con insultos y portazos, explota porque Max le exige a Lou que cumpla con algo que es tan ajeno para ella como para él: las tareas del hogar.

Hija de un sombrero judío, Luise fue una de las primeras alemanas en obtener un doctorado. Lo consiguió en la Universidad de Bonn y le abrió la puerta a museos tan importantes como el Wall­raf-Richartz. Sabe de coser, de cocinar, de comprar y de limpiar lo mismo que Max, que habiendo sido criado por una madre católica y servidora de él, su padre y sus hermanos, no entiende que su esposa no haga lo mismo.

Por eso Maja forma parte de sus vidas desde muy pronto. Lo que sabemos de ella es su apellido, Aretz, que era católica, y que fue una pieza clave en la vida de Luise y de su hijo. También de la de Max, que no tiene inconveniente en pagarle a Maja con dinero de la beca que le ha concedido el Ayuntamiento de Colonia. Su asignación es parte de los 200.000 marcos que el consistorio ha destinado a ayudar a los creadores que sufren, como la mayoría de ciudadanos, los efectos de la hiperinflación que padece Alemania entre 1921 y 1923. Pero cuando las autoridades saben que Max Ernst, que con sus colegas dadaístas ataca y se burla del modelo de artista burgués, se gasta parte del dinero en una criada, lo tachan de “capitalista” y le retiran la ayuda.

SERVIR EN LOS AÑOS 20

Maja, sin embargo, no se marchó. En ocasiones, en esa casa no hay ni para comer, así que Aretz no siempre recibe su salario, pero tiene cama y alojamiento. “En esos años eso podía considerarse un golpe de suerte”, explica Eva Weissweiler, autora de Notre Dame de Dada, la primera biografía sobre la vida de Luise Strauss. Efectivamente, la situación de Maja puede considerarse privilegiada: no sólo por la crisis económica, también por las condiciones laborales que tienen que aguantar las trabajadoras domésticas en esos años.

Según la historiadora Jill Stephenson, en 1939 hay en Alemania un millón y medio de empleos domésticos, el 99% ocupados por mujeres. Un tercio de las chicas tenían entre 14 y 18 años; otro tercio entre 18 y 25, pues servir es un empleo que muchas aceptan entre la etapa del colegio y la del matrimonio y más de dos tercios viven en casa de su empleador. “La vida es restrictiva y represiva: siempre estaban de guardia, cobraban muy poco; tenían que obedecer las reglas de la casa y a veces tenían incluso que respetar un toque de queda”, dice la experta.

A ninguna de esas normas tiene que someterse Maja Aretz, a quien conocemos por las memorias de Jimmy y las de Luise, así como por las cartas que recibió de esta última cuando se exilió a París. No la hemos “oído”, ni leído nunca y todo lo que sabemos de ella es por boca de otros y por algunas fotografías que la muestran más alta que su empleadora, recia, vestida con trajes sastre de falda, cubierta por sombreros calados hasta las cejas y un semblante un tanto retador. “Me amó, me regañó y me consintió”, dice de ella Jimmy en unas memorias que son un claro homenaje a quien fue su niñera.

EL HIJO DE OTRA

Una de las tareas que más tiempo ocupa a Maja es la de criar al hijo de Luise. Cuando Max la deja para irse a vivir a París con el matrimonio formado por Paul y Gala Éluard, las dos mujeres se quedan en la vivienda familiar con el niño y Maja toma las riendas de la casa. Se encarga de los horarios de Jimmy, de llevarlo al colegio, de que coma correctamente y de que vaya siempre, haya o no dinero, bien vestido. Por su parte, Luise se ocupa de su formación espiritual, de llevarlo a museos y conciertos, de comprarle libros, de instruirlo en arte, religión o filosofía e incluso de darle consejos sobre su vida sexual. Lo sabemos por Jimmy, que confiesa el pudor que siente cada vez que su progenitora aborda con tanta naturalidad los asuntos sexuales, algo que tampoco es del gusto de Maja. Precisamente son las cuestiones relacionadas con el cuidado y la educación del crío lo que provoca más roces entre criada y señora aunque no hay señales de que compitan, sólo discuten.

Jimmy, Luise y Maja en Colonia (1935).

Luise no es precisamente una madre helicóptero y obedece más al patrón de fémina que en la República de Weimar se llamó “la nueva mujer”. Son profesionales cultivadas entre las que aparecieron las primeras feministas en Alemania. A pesar de su formación, de su estatus y sus relaciones, no eran pocas las que vivían en una libertad sólo aparente. La pintora Marta Hegemann las retrató en sus cuadros sonrientes pero encerradas en casa y vestidas con delantal: una crítica a la diferencia entre la teoría y la práctica feminista, incluso para señoras formadas y bien posicionadas. Luise es una de ellas y lo comprueba en sus carnes cuando se casa con Max. Quizás por eso, en una de sus novelas pone en boca de una chica: “A las mujeres nos falta  experiencia y probablemente, una tradición de siglos como la que ha ayudado a los hombres a ser tan asertivos”.

No todas viven así, pero tampoco todas tienen las opciones de “las nuevas mujeres”. Lo demuestran en este caso la literatura. Los relatos de Marieluise Fleißer, joven escritora que publica sus primeros cuentos en los años 20, inciden en la vulnerabilidad de las mujeres sin recursos. En esos textos habla de inflación y de suicidios, no todos provocados por la falta de dinero. A veces, de lo que carecen es de resolución y de herramientas para salir de escollos que encuentran en una sociedad hecha a medida de los hombres. Fleißer también refleja un tipo de feminismo que no pasa por los libros ni las teorías, sino por el instinto; narra cómo se ayudan las chicas para superar sus problemas y relata situaciones en los que las mujeres aprenden a salir adelante por sus propios medios… pero la vulnerabilidad es un rasgo presente en todas ellas. Lo que está claro es que sus libros no hablan de universitarias emancipadas como Luise, habla de Maja, y no es casualidad que muchas de sus protagonistas sean criadas. Porque hubo avances en esos años, pero no llegaron por igual a todas las clases sociales.

FIEL A LUISE

Uno de los momentos en los que Maja demuestra su fidelidad a Luise es tras las vacaciones que la familia pasa en Tarrenz en compañía de los amigos de Ernst. Allí, en el Tirol, Gala y Max ya no ocultan lo mucho que se gustaban, ni siquiera cuando el niño está delante. Luise vuelve muy triste de ese viaje y poco después piensa en suicidarse, pero cambia esa idea por un plan para volver a ser independiente. Se pone a escribir cartas a directores de museo para conseguir un empleo y a planificar proyectos, pero se lo cuenta a Max, que la abraza, rompe las misivas y le promete que nunca la dejará cuando en realidad, ya ha solicitado la documentación que le permitirá mudarse a París con los Éluard.

Tras la ruptura, Strauss, que está embarazada, viaja a Insbruck para abortar. No cuenta nada en sus memorias ni incluye ningún episodio similar en sus novelas o relatos, pero sí lo explica su hijo Jimmy. Según Jill Stephenson, abortar no era fácil, pero las estadísticas dicen que se practicaban medio millón de abortos en Alemania. Muchos eran decisiones tomadas a causa de la crisis, pero también había otros motivos y por supuesto, lo hacían mujeres de todas las edades, estados civiles y clases sociales a pesar de que podía comportar penas de hasta cinco años de cárcel.

Lo que sabemos por Luise es que tras la marcha de Max pasó varias semanas en cama. “Debió ser extremadamente doloroso y peligroso. Y muy caro. ¿Quién la aconsejó? ¿Quién lo pagó? Quizás la experimentada Baronesa Sophie, su nueva amiga en Tarrenz, y cuya identidad no ha sido revelada todavía”, especula Weissweiler. Pero no hay que descartar que fuera Maja, que es quien la atiende esas semanas e incluso pone dinero de su bolsillo para mantener la casa y al niño mientras ella se recupera. Luise, cuyo padre está casado en segundas nupcias después de falleciera la madre de la historiadora, encuentra en Maja una figura materna que vuelve a apoyarla cuando por fin se recupera un poco, se anima y empieza a buscar trabajo. Es ella quien le arregla los trajes para que parezca que estrena ropa cada día cuando en realidad hace años que en esa casa nadie se compra ni un trapo.

ARETZ CONTRA ERNST

Maja también es consejera sentimental de Luise. Sólo a ella le confiesa lo que piensa de verdad sobre Gala Éluard: “Esa mujer rusa… reptadora y resplandeciente, de oscuros cabellos lacios, ojos negros vagamente orientales luminosos y pequeños huesos delicados, que recordaban a los de una pantera. Esta mujer casi silenciosa y avariciosa, que habiendo fracasado en atraer a su marido en una aventura conmigo para conseguir a Max, decidió quedarse con ambos hombres, con el amoroso consentimiento de Eluard”. Ante su hijo, sin embargo, jamás dice una mala palabra sobre Max o las mujeres con las que sale.

La joven Virgen azotando al Niño Jesús delante de tres testigos (1926).

Cuando Ernst inicia su romance con los Éluard, la asistenta confirma su opinión de que el pintor no es el hombre adecuado para Luise. “Sólo Dios sabe qué vio tu madre en él”, le dice a Jimmy, mostrando una animadversión de la que Max es consciente. “A Maja le gusto aún menos que a Jacob Strauss”, le cuenta a su hijo refiriéndose a su suegro, el mismo que le retiró la palabra a Luise por haberse casado con un hombre que no era judío.

Al parecer, el rechazo de Maja, lo inspiró para pintar La joven Virgen azota al Niño Jesús delante de tres testigos. Así se lo explica a su hijo, a quien también le cuenta que los tres que miran en el cuadro son André Breton, él mismo y Paul Éluard; que la criatura es él y que ideó el cuadro pensando en los castigos que Maja le imponía a Jimmy. Los historiadores del Arte creen otra cosa: que Max retrata en ese lienzo la difícil relación que tuvo él con su padre, a quien ve, como a la Iglesia Católica como una cadena que ha intentado oprimirle toda su vida. Por tanto, no hay que descartar que su explicación fuera una pequeña venganza contra Maja.

La asistenta no oculta su antipatía y resopla cuando sabe que Max vuelve a Colonia para visitar al niño. Es el mismo año que ella ha tenido que llevárselo de vacaciones al campo con su familia, donde Jimmy va a misa y disfruta del aire libre mientras su madre se concentra en buscar trabajo y su padre hace dos años que no da señales de vida. El reencuentro de padre e hijo es de lo más agradable aunque Ernst vuelve a marcharse, esta vez a Saigon, y sigue su vida de viajes, arte y fiestas con los Éluard.

“UN ÁNGEL DE LA GUARDA”

Otra de las tareas de Maja fue la de mediadora. Primero, entre Luise y su padre, Jacob Strauss, a quien Jimmy consideró siempre un malvado y Luise un ingenuo. Pero ni uno ni otro se atreven ya a pedirle nada y es Maja quien tiene que informarle de que hay semanas que su hija y su nieto no tienen ni para comprar carbón, tampoco zapatos. Cuando Luise se separa, Maja también media entre ella y el niño. Sucede cuando Strauss, más recuperada, empieza a tener citas. Jimmy pregunta sin parar dónde duerme su madre y Aretz, que siempre replica que Luise está trabajando, tiene que calmarlo porque le enfurece que su madre pueda tener novio.

A veces Luise abusa de la confianza de su asistenta dejando a Jimmy con ella durante largas temporadas. Por ejemplo, cuando se va a Praga a encontrarse con un amante, previo paso por Italia, donde va de vacaciones y desde donde plasma en su diario las relaciones que tiene con un gondolero o un joven estudiante. “¿Qué encontraron todas estas personas en mí? No era bonita, ni repugnante, pero tampoco vistosa. (…) Ni pudo deberse a mi juventud, pues en ese tiempo ya tenía treinta y pocos años. Incluso hoy, cuando me acerco a los 50, esa atracción inexplicable se ha mantenido fiel a mí”. Luise se está recomponiendo en todos los aspectos y pendiente de su bienestar sigue Maja.

La criada los sigue cuando madre e hijo dejan el centro de Colonia y se mudan a una casa en el barrio de Sulz en 1930. Allí, en esa vivienda de paredes azules y muebles de color verde pálido, los tres son felices durante un tiempo. “Maja fue nuestro ángel de la guarda hasta que los eventos de 1933 pusieron fin a nuestra íntima comunión”, escribió Jimmy. Ese año incendian el Parlamento y a Luise, que entonces trabajaba de periodista y escribiendo discursos para el alcalde de la ciudad, Konrad Adenauer, los oficiales nazis le registran la casa. Por su parte, Jimmy tiene problemas en el colegio por ser hijo de una judía y un artista degenerado. Y ante las primeras detenciones de conocidos, Luise pone rumbo a París con la esperanza de que pronto podrán reunirse los tres allí. Con Jimmy quedará en la capital francesa en varias ocasiones, pero a Maja no volverá a verla en su vida.

BORRADAS DE LA HISTORIA

El exilio destroza a Luise, pero nada sabemos de lo que le hace a Maja. Si la vida de Strauss ha quedado silenciada durante décadas, la de Maja y las mujeres que hicieron viable la existencia de otras, aún no la ha contado nadie con nombres y apellidos. Cuando Luise llega a París tiene que empezar de nuevo y lo hace dando clases de alemán y cogiendo cualquier trabajo que le ofrecen. Mientras, en Colonia, el niño se queda con Maja, pero luego pasa a la tutela de su abuelo Jacob, con quien no se lleva bien. Nada se sabe de lo que le espera a la criada, pues Strauss le escribirá casi hasta el final de sus días, pero no queda rastro de las respuestas de la asistenta.

En sus misivas, Strauss informa a su confidente de que se ha mudado a un piso en la calle Toullier 11, donde vivió Rainer Maria Rilke; que ha empezado a colaborar en el Pariser Tageblatt con el nombre de Lou Ernst; o que ha escrito su primera novela, Zauberkreis Paris, que se publicaría en 1936. También le explica que sale mucho, con hombres distintos cada vez, que no quiere atarse, que nunca más se casará. Llegado el día, le habla de Fritz Neugass, con quien tiene una relación sana, libre y abierta. Es fotógrafo y con él viajará durante tres meses por Grecia y compartirá reportajes que publican juntos en periódicos franceses, suizos, ingleses y estadounidenses.

Con él se imagina una vida compartida con Maja y Jimmy, pero en cuanto tiene que hacer planes de mudanza, comprar muebles, pensar en organizar una vida familiar… Luise se viene abajo y desiste de la idea. Ha vuelto a ser libre en París. No tiene horarios, ni ataduras, ni presiones. Y cuando la amenaza nazi se vuelve real para ella, ya es demasiado tarde para pensar en reagrupar a Jimmy y a Maja, que vive en Alemania, donde el Gobierno de Hitler vigila incluso a las criadas: por un lado haciendo leyes que fomentan su contratación al reducir los impuestos a sus empleadores y por otro, prohibiendo a las menores de 45 años servir en familias judías.

En 1940, Neugass y Strauss empiezan una carrera hacia cualquier lado huyendo de la persecución de los alemanes. Luise quiere emigrar a Estados Unidos pero no lo consigue. Sí lo logran Max, Jimmy y Fritz, pero ninguno puede hacer nada por llevarla hasta América y librarla de la muerte que la espera en 1944 en una cámara de gas de Auschwitz. Con su desaparición no sólo se borra su historia, también la de Maja, que aún hizo una última labor para su familia postiza y querida: guardar fotos y cartas que servirán para que ninguna de las dos desaparezca del todo.

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