Todo es retal

Jondo

En Jerez, de camino a la exposición de fotos de Adrián Morillo me perdí tres veces. Buscaba la Universidad de Cádiz y en lugar de andar los más de dos kilómetros que me separaban de ella, acabé recorriendo cinco. Me perdí tres veces y las tres estuve a punto de abandonar mi camino. Me convencí, sin embargo, de que tenía que acabar lo iniciado y me di fuerzas pensando que algo valioso sacaría de allí.

Y lo saqué. Adrián me puso frente a instantes imperfectos e importantes para un artista: esos en los que es más persona que creador, esos en los que duda, en los que nadie lo mira o esos en los que todos los miran y ellos ni siquiera ven. El ojo de Adrián en “Jondo” es una aguja: indica y pincha finamente con su ínfima punta. En sus imágenes vi a gente que yo conozco y me resultó extraña. Adrián los capta en su salsa, en su contexto, pero los enfoca tanto y con tanta intención que, de algún modo, deforma la idea que tenemos de ellos. Y bendito sea su foco por alejarnos del tópico.

Pero saqué algo más. Al salir de la universidad, vi una parada de autobús y me tiré sobre ella. No pensaba volver caminando. Perderse tres veces puede ser poético, extraviarse seis es tragicómico. Me senté en la parada, que estaba vacía, y al instante se acercó una señora y después otra. Le cedí el asiento a la segunda y no me lo aceptó. Quiso que nos apretujáramos y lo compartiéramos. Era tan decidida, que le acepté la propuesta. Y sin darle pie, empezó a hablar.

Artículo completo en De cal y canto.

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