Por qué no uso reloj

singla

En Ámsterdam se hace de noche muy pronto. Ayer, en concreto, creo que sucedió antes de lo normal. Eran algo más de las tres cuando entré en el Huis Marseille, el museo en el que se expone Dancing Light con la colaboración de la Bienal de Flamenco de Países Bajos, una muestra donde se contrapone el movimiento de la danza con la quietud de la foto. Capturas de distintas épocas, estilos y latitudes que un día quisieron congelar lo imparable.

Vagué por la salas, me encontré con el Israel Galván de Pedro G. Romero, ese Israel que baila al son de una música que hace él mismo golpeándose el cuerpo. Vi un vídeo de Vicente Escuderode 1955, “Bailes masculinos primitivos de España”, que empezaba con una introducción impresa en la que se recomendaba muy encarecidamente a los bailaores que movieran las manos, pero sin llegar al nivel de floritura de las mujeres.

Subiendo plantas, casi ahogadita por la calefacción y mi falta de fondo, entré en una sala y al girarme, vi a La Singla. No a la de ahora, sino a la de antes. A la que retrató Xavier Miserachscuando era una cría. He sentido un escalofrío y me he sentado a mirarla y a ver cómo la miraban. No hubo persona que entrara en la sala que no quedara prendada del rostro de una Antonia preadolescente, con el pelo revuelto y haciendo ademanes de bailaora con carácter.

A una pareja que hablaba en inglés, le ha llamado la atención la explicación del folleto que informaba de que la niña, aún siendo sordomuda, bailaba y seguía el compás sin ningún problema. La han mirado y admirado, le han escrutado los ojos, se han alejado y acercado a la imagen y han hecho otros comentarios que no he oído. Han pasado largo rato mirando a La Singla. Si es que La Singla es esa cría que está ahí capturada.

Un día me la encontré en un homenaje a Carmen Amaya y después de decirme al oído una picardía que nos tuvo riendo un buen rato, me lanzó lo siguiente: “Mira qué te digo: si hubiera sido por mi, no habría bailado en la vida.” Me chocó. Como me choca que sigan hablando de ella como la bailaora muda, cuando hace siglos que La Singla habla. Y habla, además, que se le entiende ‘tó’.

Luego me he dado cuenta de que yo tampoco podía dejar de mirarla en ese allí y ese entonces que no son los de ahora. La pareja cambió de sala dejando solita a esa gitanilla chica, morena, preciosa y capturada. Me pregunto cuántos de los que la han visto allí reflejada se habrán preguntado después qué ha sido de ella. Si vivirá, si será feliz, si bailará o habrá aborrecido el baile que le sirvió de sustento. Quise ofrecerme para informarles de que ya no es morena, ni luce melena. No saben que habla por los codos, fuma y se tiñe de rubio. Y pensando todo eso me agarró una pena doble.

No es que no me gusten las fotos, es que me entristecen. Me pasa también con los cumpleaños. Y casi con cada cosa que mide el tiempo. Como con la Navidad o los relojes. Llevé alguno hasta los nueve años. Un día lo miré en mi muñeca y estaba parado. Y como no podía saber desde cuándo, me entró un pavor que se me clavó en la nuca. Jamás he vuelto a usar uno.

 

Artículo completo en De cal y canto.

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