Podéis llamarme Farruco

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Un rato antes del estreno de Cara y cruz, se encendían las luces navideñas que adornan estos días las calles de Barcelona. Pero a la Sala Apolo le salió otro ornato: la cola que se formó para entrar a ver bailar a tres “farrucos” por el precio de uno. En la hilera se apiñaba muchísima gente joven, algo que alegró el ambiente porque no siempre sucede que en un evento flamenco la media de edad del público augure futuro. Los “farrucos” siempre generan expectación y esta vez había interés en ver la propuesta de Barullo tras haber ganado el pasado verano El Desplante del Festival de Cante de las Minas de La Unión.

La cosa empezó más de media hora tarde y con una pretensión innecesaria: la de explicar el espectáculo con las voces en off del bailaor y su madre, La Faraona, que vino a explicar quién era el chico. Y ese prólogo, además poco ensayado, no hacía falta. Porque en cuanto Barullo empezó a bailar, a la función le pasó como a las buenas novelas: que beben de otras más viejas pero se explican solitas.

Barullo empezó sentado y con el torso desnudo, pero fue anudarse una camisa al ombligo, arrancar por bulerías y ni nombrar sus apellidos le habría hecho falta, pues cada uno de los elocuentes golpes que fabricó con sus caderas parecían decir con gusto y con esmero: “Podéis llamarme Farruco”. Y es que, salvando las diferencias de bagaje, edad y corpulencia, sus piernas y sus caderas, parecieron las de su abuelo. Hasta el sombrero lucía Barullo, hasta el bastón.

Reseña completa en Deflamenco.com.

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