La jaula se volvió pájaro

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Las fotografías que se muestran en La Virreina Centre de la Imatge del último año de vida de Carmen Amaya no la muestran como la mujer alegre que algunos han descrito. En las archiconocidas imágenes del rodaje de la película “Los Tarantos” (Francisco Rovira Beletta, 1963) Carmen tiene el semblante triste. Colita, que es muy dueña de los sentimientos ajenos, la retrató con ese gesto agrio, duro y dolorido, que no doliente. Carmen siempre estuvo enferma, quizás aquellos riñones suyos que tanto malestar le dieron, le dejaron esa expresión en la cara.

Eso y otras cosas, claro.

De la muestra llama la atención la superficialidad con la que se trata al personaje. No las fotos, claro, que son como radiografías del sentir de La Capitana, sino de la muestra en sí, del poco espacio y del monotema sobre su fuerza, su duende y su misterio. Me encantaría que hablaran, aunque solo fuera de vez en cuando, de las cuitas de Carmen Amaya, de sus anhelos, de sus frustraciones de una forma más profunda.

Y de esa otra cosa que nadie mienta, claro.

Por más que la conocieran o admiraran, escritores, periodistas, amigos, flamencos varios, siempre dan descripciones demasiado parecidas sobre su persona. Hablan de sus brazos, de su nervio, de su brío, de dos o tres anécdotas siempre repetidas que dicen muy poco de alguien que representó tanto para la cultura flamenca, la gitana y también “la catalana”. Esto último lo dijo el conseller de Cultura, Ferran Mascarell, en la inauguración del Año Carmen Amaya.

Pero también a él se le olvidó hablar de esa otra cosa, claro.

Artículo completo en Barcelonés.

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