El polémico alcalde de los Juegos Olímpicos de Londres*

 

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Boris Johnson es considerado un político ambicioso, de frases escandalosas y mujeriego que busca quitarle el puesto de líder del Partido Conservador a David Cameron.

Orgulloso como está de su formación clásica, Boris Johnson asegura que su modelo a seguir es Pericles, el político que diera nombre al siglo más esplendoroso de la Atenas antigua. De momento, las cosas le van bien: ha tenido éxito en el terreno personal, en el periodismo y en la política y ahora es el alcalde de Londres, la ciudad en la que se centran todas las miradas con motivo de los XXX Juegos Olímpicos. Johnson fue reelegido como edil de la capital británica en mayo pasado y a pesar de que hasta hace poco muchos creían que no era más que un bufón ambicioso, ya son mayoría los que consideran que tiene opciones reales de ocupar el sitio que tanto desea: el de Primer Ministro británico. De esta manera le quitaría el puesto a David Cameron, ex compañero en Eton y Oxford, con quien comparte una relación correcta pero tensa y lazos familiares que se remontan a Jorge II.

Las Olimpiadas le van a proporcionar el escenario más grande jamás imaginado por un hombre de una ambición “sin límites”, como lo define la periodista Sonia Purnell en su libro “Just Boris. The Irresistible Rise of a Political Celebrity” (Aurum, 2011), una biografía basada en 200 entrevistas realizadas a personas que han conocido a Johnson. “Con este evento se juega mucho porque si los Juegos no son un éxito, sus ambiciones de convertirse en el próximo Primer Ministro se verían muy perjudicadas”, explica Purnell a La Vanguardia.com. Para Ricardo Gómez, experto en reputación y asesor de empresas y entidades, la figura del alcalde es vital en un acontecimiento como éste. “Es el vehículo a través del cual una ciudad muestra su cara más amable. Un ejemplo es Maragall y su discurso en Barcelona’92”, explica este experto en comunicación que define al edil londinense como “un enfant terrible de la política”.

Cercano, pero no tanto

Alexander Boris de Pfeffel Johnson cuenta, a sus 48 años, con dos biografías y tres libros dedicados a sus frases más sonadas y con las que siempre consigue molestar a alguien. “Dejad de incomodar a los bancos: sin ellos no somos nada”, decía en su blog hace unos días, lo que provocó una avalancha de críticas y comentarios. Y unas semanas antes, aseguraba que Londres era la mejor ciudad del mundo porque tenía el doble de librerías que Nueva York y una cuarta parte de sus índices de criminalidad. Y tiene para todo el mundo: cuando era diputado en la Cámara de los Comunes se dirigía a sus compañeros con el apelativo de “Old boys” (viejos), en lugar de con el obligado y protocolario “Honourable gentlemen” (honorables caballeros). Por su parte, él es el único político británico que permite y promueve que le llamen por su nombre de pila, aunque esta cercanía que pretende trasmitir se desvanece cuando se sabe que su familia y sus amigos más cercanos le llaman Al. Una doble cara que ya ha demostrado tener en otras facetas de su vida.

Cabría pensar que un orador tan chispeante fue un niño locuaz. Pero lo cierto es que Boris sufrió un grado de sordera considerable hasta los ocho años, lo que lo aisló y acercó a su hermana Rachel, con la que comparte dos cosas que son sellos de la familia Johnson: un pelo rubio platino y una capacidad especial para estar en el lugar adecuado en el momento oportuno. El pelo es herencia de la familia de su bisabuelo, el turco anglófilo Ali Kemal, que fue secuestrado y ahorcado por un grupo de nacionalistas turcos. Una experiencia narrada por su familia cientos de veces y que resultó ser una lección para Boris, “que aprendió que era mejor no mantenerse inflexible en sus posiciones”, como indica Purnell y ratifica Andrew Gimson en su libro “Boris: The Rise of Boris Johnson” (Simon & Schuster, 2006), en el que queda claro que Johnson cambia de parecer y de chaqueta tantas veces como sea necesario siempre que eso beneficie sus intereses.

Artículo completo en La Vanguardia.es.


* Así tituló La Vanguardia mi perfil del Boris Johnson. Mi propuesta tenía otro tono:  “El alcalde también quiere batir su marca” pero ganaron los manuales de SEO.

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