Otra ocasión perdida de entender a Céline

L.-F._Céline_c_Meurisse_1932Todo sucedió en cuestión de horas. El ministro de Cultura francés, Frederic Miterrand, anuncia la Selección de Celebraciones Nacionales para 2011, un listado de las personalidades de la cultura a las que hay que conmemorar. Serge Klarfeld, un conocido cazador de nazis y presidente de la asociación de familiares de deportados judíos en Francia exige que se retire de la lista a Louis-Ferdinand Céline por su antisemitismo. Enseguida salta la polémica, sobre todo cuando otros personajes entran en escena. “Céline es un excelente escritor pero un perfecto cabrón”, dice por la radio el alcalde de París, Bertrand Delanoë. ¿Resultado? Que el ministro de Cultura da un paso atrás y Céline sale de la lista de los celebrados.

Javier Calvo, escritor, tiene clara su postura a este respecto: “Me parece estúpido que se ponga un calendario de celebraciones nacionales por el aniversario de la muerte de un escritor. No me interesa ninguna clase de institucionalización, y es más, no me creo que sea buena para la literatura”. Pero puestos a hacerlas, ¿es de recibo que un escritor a quien todos reconocen su brillantez como autor sea excluido de unos actos pensados para ahondar en su obra? “Fue un hombre de un antisemitismo virulento pero es también el autor de una obra que, con la de Proust, domina la novela francesa de la primera mitad del siglo XX”. Habla Henri Godard, uno de los mayores expertos en la obra de Céline y a quien el Gobierno francés había encargado un ensayo para iniciar las celebraciones de su obra. Un ensayo titulado muy acertadamente ¿Debemos, podemos celebrar a Céline? en el que el académico daba por superada las reticencias que hasta el momento habían existido con el autor francés.

En la misma línea se expresa el editor de Periférica, Julián Rodríguez: “Entiendo, por una parte, el sentimiento de esas familias respecto a todo lo que suene o recuerde al antisemitismo de Céline. Pero, por otra parte, he de confesar que me gustan mucho los libros de Céline, que están llenos de contradicciones, por supuesto, pero que son, sin duda, obras maestras. Como lo son los poemas de Ezra Pound, otro antisemita manifiesto”.

Una obra inmensa, un hombre nefasto

Que la obra de Céline es relevante en la historia de la literatura francesa y universal casi no da lugar a ninguna discusión. Lo que se pone de nuevo en la palestra es el viejo debate nunca resuelto: ¿hay que juzgar a los escritores por razones extraliterarias?

A Céline se le ha leído poco. Eso queda claro con sólo mirar las opiniones que se han vertido estos días en todos los medios de comunicación. “Viaje al fin de la noche” o “Muerte a crédito” son dos cumbres de la literatura francesa del siglo XX, un vómito a la cara del lector de un escritor con indigestión, asqueado de la vida y de los hombres en general. Y de los judíos en particular. “La misantropía muy pronto encuentra al judío en su camino”, dice George Steiner (Extraterritorial, Siruela, 2002) a propósito del enigma Céline, en el que considera que coexisten “un talento literario de primer orden con una evidente bestialidad moral”.

También es cierto que sobre Céline se ha escrito mucho pero pocas cosas han quedado claras y quizás este habría sido un buen argumento para dedicarle un año e intentar profundizar en uno de los autores más contradictorios y complejos del siglo XX. Algunos estudiosos (entre ellos Erika Otrovsky en Céline an his Vision, University Press, Nueva York, 1968) han mantenido la distancia a la hora de ahondar en la obra de un autor que obliga a mojarse y han querido relativizar las opiniones que vierte Céline en Bagatelles per una massacre, Le beaux traps y L’ecole de cadaveres, los tres panfletos que dan pie a la polémica.

Hace unos años era imposible encontrar un ejemplar de los que se editaron en los años 30, pero ahora internet da la posibilidad de acceder a ellos. No hay más que echarles un ojo para ver que Céline no es tibio, habla de matar a todos los judíos, acabar con unos seres a los que considera abortos podridos que pudren todo lo que hay a su alrededor. Estas y otras lindezas son las que se pueden encontrar en estos panfletos. Sus apologistas se empeñen en usar una herida de guerra que recibió Céline en la cabeza para quitar hierro a sus opiniones. Que si confundía la realidad con la literatura, que si tenía un miedo enfermizo a una nueva guerra desde que cayó herido… Su obra posterior demuestra que Céline era perfectamente consciente de lo que decía y escribía y que más que un loco era un cretino. Mandó a la mierda al mismísimo Hitler pero, ¡cuidado!, no se retractó jamás de las barbaridades vertidas en los tres libros citados anteriormente.

Para Steiner, Céline y Jonathan Swift tienen mucho en común y quizás sus panfletos hasta podrían interpretarse en clave de humor negro, bestial y salvaje. Sin embargo, es cierto que Swift nunca intentó matar a un niño para que comieran los pobres (Una humilde propuesta, Alianza, 2002) y por el contrario, hay pruebas suficientes para saber que Céline se reunió con el gobierno nazi de Francia en Sigmaringen y que por eso fue a la cárcel aunque él asegurara que todo había sido un plan de Andre Malraux y otros escritores franceses de izquierdas para quitarlo de en medio por el gran éxito de Viaje al fin de la noche.

Su mujer, Lucette Almanzor, se pasó medio vida intentando que no se editaran los libros de la discordia. Fue a los tribunales en varias ocasiones para secuestrar las obras porque su marido había prohibido que se editaran al considerar que podían malinterpretarse. ¿Una postura sincera o un intento por ahorrarse problemas en sus últimos días de vida? Sea como fuera, estas cosas ya no se tienen en cuenta a la hora de juzgar a Céline, cuyos panfletos no dejan lugar a dudas sobre su antisemitismo pero cuyas obras literarias permanecen y ganan cuanto más tiempo pasa.

“Es un caso muy excepcional, porque normalmente no coinciden en la misma persona méritos literarios tan altos con posturas políticas tan odiosas. Quizá Hamsun, cuyo legado en Noruega es tan incómodo como el de Céline”, nos cuenta Miguel Aguilar, editor de Random House Mondadori. Por fortuna es un caso excepcional, lleno de contradicciones, que plantea cuestiones que deberíamos si no resolver, si plantearnos. Sartre en “¿Qué es la literatura?” (Losada, 2004) lanzaba un órdago y pedía que alguien le dijera una buena novela escrita por alguien que defendiera el antisemitismo. Con Céline perdió la apuesta. Porque tal como dice Steiner, la cultura no nos libra de la barbarie.

“Un hombre puede tocar las obras de Bach por la tarde, y tocarlas bien, o leer y entender perfectamente a Pushkin, y a la mañana siguiente ir a cumplir con sus obligaciones en Auschwitz y en los sótanos de la policía”. (Extraterritorial, Siruela, 2002).

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