Tres lecciones sureñas

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Dos relatos, uno de Flannery O’Connor y otro de Truman Capote recuperados por Nórdica Libros hablan de los pueblos y algo que parece imbatible: la mezquindad.

Nórdica Libros promete que los relatos de su colección Minilecturas duran lo mismo que una película y cuestan lo que una entrada de cine. Lo segundo es cierto. Lo primero no, son algo más cortos, pero no importa. Si siguen editando alhajas como las que acaban de sacar al mercado, destinaré los euros que ahora me gasto en ver bodrios a ampliar mi joyero literario. La cosa va de pueblos, de pueblerinos y de los que creen no serlo.  Una coja, su madre y una criada con dos hijas nacidas para parir son los personajes que Flannery O’Connor presenta en La buena gente del campo, que ni es tan buena y a veces, ni siquiera parece gente. El chico católico piadoso y bondadoso resulta ser un monstruo para una joven deformada y muy formada que tiene datos pero poca vida.  Y aquí está la primera lección que se aprende en un pueblo: el conocimiento no es el arma adecuada para combatir la mezquindad. En los pueblos de los que habla O’Connor (en todos, diría yo y permítanme la sinécdoque) se concentra la maldad como si fuera una pastilla de Avecrem.

De esto sabe algo también Truman Capote. En  Niños en su cumpleaños, el relato seleccionado por Nórdica para Minilecturas, está mi Capote favorito: el sencillo, el brutal,  el del trazo fino. Sus ojos se centran en una niña. La niña nueva que llega de la ciudad. Una niña que en realidad es una mujer de diez años por obra y gracia de los tirabuzones, el maquillaje y una capacidad resolutiva que no tiene ninguno de los adultos del pueblo. Una niña así no quiere vivir en un pueblo. Su sueño es irse. Pero la mata el autobús de las seis justo antes de partir . (No desvelo nada, lo explica Capote en la primera página). Y de esta manera, se queda allí para siempre. La segunda lección: ningún forastero se sale con la suya en un pueblo.

Literatura sureña, la llaman. A mi me gusta más hablar de literatura de pueblo. Porque ninguno, no importa en qué punto de Google Maps se encuentre el pueblo, te ahorra la atosigante pastilla de Avecrem. Capote lo tiene claro y mata a su protagonista : “¿No querías huir? Pues jódete y muere”, parece decirle el pueblo estupefacto. Pero no quiero ser tosca. No la mata sólo la mezquindad ajena, de la misma manera que a la coja de O’Connor no la engaña sólo el chico piadoso que resulta ser un refinado torturador. A ambas las destroza la pastilla de Avecrem mezclada con su propia soberbia y su falta de perspectiva. Ahí va la tercera lección que nos dan estos dos grandes: sentirse superior no significa serlo. Al que llega a un lugar pequeño se le pone la nariz respingona de tanto mirar con asco un mundo que parece hecho a la medida de un liliputiense. Un pensamiento tan pueblerino como tantos otros. Y es que todos venimos de ahí.

Por cierto, le escatimaré unos euros a Nórdica para ir al cine cuando a alguna sala se le ocurra pasar Wise Blood, otra joya de Flannery O’Connor que John Huston convirtió en película.

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